El enterrador, temporada 2, capitulo 2
Hack y Yosarian estaban reclinados en sus asientos en la nave, que se movía suavemente a través del vacío del espacio, como si el universo mismo se tomara un respiro. La luz tenue de los paneles de control parpadeaba suavemente, creando sombras danzantes sobre las paredes metálicas de la cabina. El aire estaba impregnado con el olor a aceite caliente y plástico quemado, un recordatorio constante de las reparaciones que nunca parecían acabar. El zumbido suave de los sistemas de la nave, casi imperceptible, acompañaba el silencio que los envolvía.
Yosarian, con la vista fija en el vacío estelar a través de la ventana, se llevó una mano al rostro, frotándose la piel áspera de días sin rasurarse. Su cuerpo todavía sentía el peso de las batallas pasadas, el dolor que no se había ido del todo. Estaba cansado, más de lo que quería admitir. Los músculos le dolían y su mente, siempre alerta, empezaba a pedir descanso. Después de un largo suspiro, se giró hacia Hack, que estaba más cómodo, descansando con los pies sobre la mesa, con una sonrisa burlona en su rostro.
"Creo que necesito ir a una cantina", dijo Yosarian, su voz grave y ligeramente ronca, como si cada palabra costara un esfuerzo. Los recuerdos de las últimas peleas aún rondaban su mente, pero un deseo palpable de desconectar, de ser solo un hombre por un rato, lo impulsaba. La necesidad de un trago, de un ambiente ruidoso y vibrante, lo llamaba.
Hack dejó escapar un resoplido y se acomodó en su silla, moviendo su hombro con cierto desdén. “¿En serio, Yosi? ¿Una cantina? No creo que sea la mejor idea. No olvides que la emperatriz no olvida fácilmente. El dinero que pusieron por tu cabeza fue solo el principio. No es un juego.”
Yosarian miró a Hack con cansancio, el dolor en su rostro mezclado con una ligera sonrisa. "La recompensa fue retirada, Hack. ¿Recuerdas? Lo dijeron en la transmisión. No hay nada que temer ahora. Ya no soy su objetivo."
Hack frunció el ceño, su mirada fija en Yosarian con una mezcla de preocupación y escepticismo. "Tal vez, pero hay otras formas de atacar. No solo te persigue con dinero, Yosarian. Hay muchas maneras de hacer que un hombre se sienta como un objetivo sin que lo digan en público."
Yosarian cerró los ojos un momento, y cuando los abrió, sus pupilas reflejaban una mezcla de agotamiento y desafío. “He estado huyendo durante años, Hack. Y ya no puedo más. Necesito descansar. ¿Qué hay de malo en tomarnos un respiro? Solo unos días, nada más.”
Hack se quedó en silencio, observando la firmeza de Yosarian. El ruido constante de la nave parecía intensificarse por un momento, como si también estuviera esperando una respuesta. Finalmente, Hack suspiró, rindiéndose ante la presión de su compañero. “Está bien, Yosi. Pero no te olvides de que estaré alerta. Si alguien nos busca, no voy a dejar que nos pillen desprevenidos.”
Yosarian sonrió débilmente, su mirada suavizándose un poco. "Gracias, amigo", dijo, ya sintiendo un leve alivio al pensar en un descanso, aunque breve. La nave continuaba su curso, deslizándose en la quietud del espacio, mientras un sentimiento de calma, aunque momentáneo, llenaba el aire.
días siguientes a su pequeño "robo" a los 250 gramos de zorgon fueron un torbellino de juerga y caos. Yosarian se deshizo de parte la bolsa de zorgon con una rapidez inusitada, intercambiándola por copas de licor de buena calidad y la compañía de viejos conocidos del ejército. Cantinas de mala muerte, de esas donde la luz parpadea con la misma irregularidad que el pulso de sus clientes, fueron el escenario de sus tres días de desenfreno. La música electrónica retumbaba en los rincones, un latido constante que se sumaba al ruido de conversaciones ruidosas y risas forzadas. El aire estaba denso, cargado de humo y olor a comida frita, a menudo mezclado con el tufo a alcohol derramado y cuerpos apretados entre sí. Yosarian se movía de un lugar a otro, un trago tras otro, buscando algo que no podía encontrar, algo que no tenía nombre, pero que sentía que necesitaba.
Los vasos se vaciaban con rapidez, y a cada sorbo, el mundo se tornaba más borroso, más lejano. Los recuerdos de la nave, de Hack, de la emperatriz, se desvanecían como sombras, reemplazadas por una falsa sensación de libertad, una promesa de paz que nunca llegaba. Las luces de neón bañaban su rostro con colores violetas y azules, mientras las risas de los demás se desvanecían en un murmullo indistinto. Se le hacía difícil distinguir entre la realidad y la intoxicación que se apoderaba de él.
En una cantina particularmente sucia, al borde de la madrugada, Yosarian se encontró atrapado en una conversación con un par de veteranos del ejército, rostros desfigurados por el tiempo y la guerra, pero cuyas voces todavía tenían ese tono de camaradería. Los recuerdos de misiones pasadas, de batallas compartidas, llenaban la conversación, y Yosarian no pudo evitar reírse, aunque fuera de forma vacía, mientras escuchaba.
Sin embargo, como todas las cosas buenas, su pequeña burbuja de diversión estalló. El dinero que Hack le había dado se agotó más rápido de lo que pensaba. El brillo de las luces y la euforia comenzaron a desvanecerse, y con el último trago en la mano, Yosarian sintió el peso del cansancio en sus hombros. El mareo, la resaca de días de excesos, lo había alcanzado, y con una última mirada hacia la multitud, se dejó caer sobre la silla.
Cuando despertó, el aire era frío y seco, un contraste inmediato con la calidez del bar. Abrió los ojos lentamente, un dolor punzante que le atravesaba la cabeza. El sonido de su respiración era más grave de lo normal, y algo dentro de él sabía que no estaba en el lugar adecuado. Intentó moverse, pero el cuerpo le respondía lentamente, y cuando intentó levantarse, la sensación de desorientación fue tan severa que no pudo evitar caer de nuevo sobre el frío suelo. El metal bajo él no era como el de la nave; este era más áspero, más duro. Un golpe sordo resonó cuando sus manos tocaron el suelo, y entonces notó la luz tenue filtrándose desde una rejilla alta en la pared.
Se dio cuenta de inmediato: estaba en una celda.
El aire, cargado de desinfectante y humedad, se colaba en sus pulmones con cada respiración, y la jaqueca se intensificó. El dolor lo arrastraba hacia la inconsciencia, pero logró mantener la lucidez suficiente para darse cuenta de lo que eso significaba.
Hack estaba furioso. Su rostro, siempre imperturbable, ahora mostraba una irritación palpable. Sus ojos, acostumbrados a ver patrones donde otros solo veían caos, chisporroteaban con energía mientras observaba la pantalla que iluminaba la pequeña sala. Junto a él, Mollo, el sapo gigante que rara vez se apartaba de su lado, croaba en un tono grave, mostrando su propia incomodidad. El grosor de su piel verde resbaladiza, cubierto de manchas negras, brillaba a la luz de las pantallas como si el animal tuviera su propio resplandor. El zumbido constante de los sistemas de computadoras era el único sonido en la habitación, y el aire denso de la nave se mezclaba con el leve aroma a humedad de Mollo y a aceite quemado de las terminales.
"Te lo dije, Yosarian... Te lo dije," gruñó Hack, apretando los dientes mientras sus dedos volaban sobre el teclado. "Estratégicamente eres un maldito desastre".
Mollo asintió con su cabeza bulbosa, sus ojos rojos como rubíes brillando con curiosidad, pero también con la desconfianza propia de los seres que sabían que el caos se estaba aproximando. Su lengua, enorme y prensil, salió y se deslizó hacia el lado de Hack, como si el sapo intentara, con un gesto involuntario, calmar al hombre que estaba al borde de la desesperación.
Hack no tenía tiempo para calmarse. En cuestión de segundos, logró hackear la base de datos del gobierno de Nueva Europa, un sistema blindado por capas de seguridad virtual. Cada pulsación en el teclado parecía ser una descarga eléctrica que lo mantenía alerta, sin descanso. Sabía que el tiempo se deslizaba entre sus dedos, y la información que encontró solo agravó su ansiedad.
"Maldita sea... lo hizo," murmuró, sus ojos recorriendo la pantalla con una rapidez casi imposible de seguir. La noticia estaba ahí, como un golpe directo a su pecho: Yosarian había sido inculpado de asesinar al hijo del presidente del consejo. La sentencia era clara y brutal: pena de muerte, en dos días. Sin derecho a juicio, sin posibilidad de apelación. Todo estaba arreglado.
Hack se puso de pie, su silla girando hacia atrás con un chirrido metálico. Golpeó la mesa con frustración, y Mollo dio un salto en su asiento, emitiendo un croar de sorpresa.
"¡Infelices!" exclamó Hack, su rostro palideciendo mientras miraba la pantalla. La noticia se deslizaba a través de la base de datos con frialdad. "Tendieron una trampa."
El aire en la sala se volvió denso. La tensión era palpable, un nudo en el estómago que lo ahogaba. Hack necesitaba encontrar una salida, y rápido. En su mente, las piezas comenzaron a encajar, pero sabía que no sería fácil. No podía hacer mucho solo con los recursos limitados de la nave. Tenía que actuar antes de que la máquina implacable de Nueva Europa lo aplastara todo.
"Voy a solucionarlo," dijo finalmente, sin miramientos, con la voz cargada de determinación. Sabía que su próximo movimiento sería crucial, y no podía fallar. Yosarian no podía morir.
Hack se apresuró a hacer cálculos, a preparar sus herramientas de hacking, y a movilizarse hacia la red clandestina que había usado tantas veces. Mollo, aún inquieto, observaba cada movimiento de su compañero, como si también intuyera la magnitud del desastre que se avecinaba.
El tiempo estaba en su contra, y Hack lo sabía.
Las horas habían pasado rápidamente, y Hack sentía la presión ardiendo en sus venas. El sudor frío recorría su frente mientras caminaba por los pasillos de la prisión, disfrazado con una capa larga y una gorra que cubría parcialmente su rostro. El olor de la mugre y el metal oxidado de las paredes de la cárcel lo envolvían, mezclados con el acre perfume de la desolación que siempre se respiraba en esos muros. Cada paso era calculado, pero la adrenalina en su sistema lo mantenía alerta.
A su lado, un guardia lo observaba con desconfianza, sin decir palabra. Hack lo miró de reojo, notando el cansancio en los ojos del vigilante, pero también su falta de interés en cuestionar al repartidor. Con un gesto que denotaba autoridad, Hack le mostró la identificación falsa que había preparado, un pedazo de papel desgastado que fingía ser un pase oficial para entregar la "última cena" del prisionero. El guardia lo escaneó brevemente y asintió sin mucho entusiasmo.
Finalmente, Hack llegó a la celda donde Yosarian se encontraba. Al abrir la puerta, una oleada de aire frío lo envolvió, mezclándose con el olor metálico de la prisión. La luz tenue de las lámparas de seguridad iluminaba las paredes grises y húmedas. Yosarian estaba allí, sentado sobre el suelo de concreto, la mirada perdida en el vacío. Sus ojos, al ver la figura de Hack, brillaron brevemente con sorpresa y esperanza.
—¿Hack? —intentó hablar Yosarian, su voz débil, como si cada palabra le costara más de lo que podría soportar.
Pero Hack lo interrumpió con un gesto rápido de la mano, pidiendo silencio. Los ojos de Yosarian se fijaron en él, confundidos, pero entendiendo que debía seguir las instrucciones.
Sin perder tiempo, Hack sacó de su capa un pequeño plato de comida, que contenía lo que parecía una mezcla insípida de proteínas procesadas. De entre la comida, dejó caer un pequeño papel doblado, cubierto por la capa de comida para disimularlo. Yosarian observó el gesto, pero no dijo nada. El guardia vigilante, apenas unos pasos detrás de Hack, no pareció notar el cambio.
Hack inclinó la cabeza, una señal de que debía actuar rápidamente. Luego, sin una palabra más, dio media vuelta y se dirigió a la puerta de la celda. Antes de salir, su mirada encontró la de Yosarian una última vez. En sus ojos brillaba una mezcla de determinación y desesperación. No podía fallar.
Cuando la puerta se cerró tras él, Yosarian, sin dudar, tomó el papel escondido en la comida. Con manos temblorosas, lo desplegó y leyó las líneas rápidas y precisas de Hack. La información era clara, casi brutalmente directa: "El sistema de la cárcel fallará a las dos de la tarde. Tendrás cinco minutos para escapar antes de que todo se cierre, después de escapar tendras que buscarme donde siempre acordamos."
El impacto de las palabras llegó como una corriente de electricidad a través de su cuerpo. Sus ojos se cerraron por un momento mientras trataba de asimilar lo que esto significaba. La jaqueca que había tenido toda la mañana palidecía frente a la nueva ola de adrenalina que se desató dentro de él.
Se sentó en el suelo, respirando profundamente, preparándose mentalmente para lo que estaba por venir. Todo dependía de esos cinco minutos. Cinco minutos para escapar del infierno en el que se encontraba.
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