El enterrador, capitulo 6, temporada 2.

 La cantina, un espacio mugriento y ruidoso en medio del bullicioso paradero espacial, estaba impregnada de humo y olores mezclados: metal caliente, aceite quemado y la inconfundible fragancia dulzona del licor barato. Las luces parpadeaban con un tono amarillento, proyectando sombras inquietantes sobre las paredes metálicas corroídas por el tiempo. El murmullo de conversaciones apagadas y el sonido del cristal al chocar se rompieron bruscamente cuando la puerta principal se abrió con un chirrido estridente.


Uno tras otro, veinte hombres de traje negro ingresaron con precisión militar. Sus botas resonaban al unísono contra el suelo de metal, cada paso un eco implacable que parecía absorber el aire del lugar. El líder, un hombre alto y de mirada fría, se detuvo al frente, sus ojos como cuchillas de obsidiana recorriendo la sala hasta fijarse en su objetivo.


“Yosarian Porta Milenium,” anunció, su voz era como el filo del acero raspando una superficie áspera. “Entréguense de inmediato.”


Las conversaciones cesaron. Todos los ojos se posaron en Yosarian, sentado tranquilamente en la esquina, con la espalda apoyada en la pared y los pies cruzados bajo la mesa. Parecía inmune a la tensión que se había apoderado del lugar, como si los hombres de negro fueran una simple distracción. Al otro lado de la sala, un hombre de cabello blanco, envejecido pero con una fuerza aún evidente, se levantó lentamente. Sus manos se apoyaron en la mesa con un temblor leve.


“¿De qué acusan a este hombre?” preguntó, su voz grave y autoritaria resonando con la dignidad de alguien que ya había visto demasiado.


El líder de los hombres de negro giró lentamente hacia él. “No es asunto suyo”, respondió con desdén, sin molestarse en ocultar su desprecio.


El silencio se volvió denso, como si cada molécula de aire se hubiera condensado en una anticipación sofocante. Yosarian se levantó con calma, como si todo estuviera ensayado. Sin decir una palabra, sus movimientos fueron elegantes, casi coreográficos, y en cuestión de milisegundos, los demás en la cantina lo imitaron. Cada hombre y mujer en ese espacio desgastado se alzó con una sincronización impecable, como piezas de un rompecabezas encajando en su lugar.


El primer disparo rompió el hechizo del momento. El destello azul del láser iluminó el espacio, dejando una marca chamuscada en la pared trasera. Le siguieron docenas de disparos, una sinfonía caótica de luces y sonidos que retumbaban en las paredes. El humo llenó el aire, denso y picante, mezclándose con el olor metálico de la sangre derramada. Las mesas volaban, el vidrio estallaba, y el zumbido de los proyectiles cruzaba de un lado a otro, buscando carne y hueso.


Yosarian, moviéndose con la agilidad de un depredador, esquivó un disparo que pasó rozando su oreja. En sus ojos no había miedo, solo la fría determinación de alguien que había vivido al borde de la muerte demasiadas veces. El líder de los hombres de negro cayó, atravesado por un disparo que nadie vio venir. En ese instante, Yosarian sonrió.

La cantina se había convertido en un campo de batalla infernal. Las luces parpadeaban erráticamente, bañando las paredes de metal en un tenue resplandor que acentuaba las sombras de los combatientes. El aire, espeso por el humo de los disparos láser, olía a ozono quemado, sudor y sangre fresca. Las mesas volcadas y los fragmentos de vidrio esparcidos por el suelo crujían bajo los pies de quienes aún quedaban en pie, mientras el eco de los gritos y los disparos se mezclaba en una cacofonía ensordecedora.


Los hombres de negro caían uno tras otro, sus cuerpos desplomándose pesadamente sobre el suelo metálico con golpes sordos. El destello azul de los disparos láser iluminaba fugazmente sus rostros rígidos y desencajados. Yosarian se movía con una precisión calculada, cada disparo suyo encontraba su blanco sin error. A su alrededor, los demás combatientes luchaban con la misma furia, sincronizados como si fueran una sola entidad guiada por un propósito común.


El olor acre del metal derretido se hacía cada vez más intenso, mientras las llamas comenzaban a lamer los bordes de las mesas destrozadas. El calor se volvía sofocante, y el sudor resbalaba por los rostros de los combatientes, mezclándose con la sangre. Uno de los hombres de negro, jadeante y con el traje manchado de quemaduras, intentó levantar su arma, pero un disparo certero de Yosarian lo detuvo. Cayó de rodillas, y luego se desplomó, sin emitir más que un gorgoteo ahogado.


A medida que la batalla se prolongaba, los invasores iban cayendo hasta que solo quedó uno. El último hombre, más joven que el resto, con el rostro pálido y los ojos desorbitados por el terror, respiraba con dificultad. Sus manos temblaban al empuñar su arma, sabiendo que estaba solo y que el desenlace era inevitable. El silencio, roto solo por el crepitar del fuego y el zumbido ocasional de una lámpara dañada, se cernió sobre la cantina como una sombra opresiva.


Yosarian, aún de pie, apuntó su arma hacia el último hombre con una calma inquietante, sus ojos fijos en él, imperturbables. “No tenías por qué venir”, dijo con voz serena pero cargada de amenaza. 


El hombre retrocedió un paso, sus botas resbalando en un charco de sangre. “No quiero morir…”, murmuró, con la voz quebrada.


“Entonces corre”, respondió Yosarian sin bajar su arma.


El joven no necesitó más invitación. Giró sobre sus talones y salió corriendo, sus pasos resonando desesperados mientras se alejaba por el pasillo exterior de la cantina. El aire frío del exterior le golpeó el rostro como una bofetada, pero siguió corriendo sin mirar atrás, dejando atrás la masacre y la promesa de la muerte que había esquivado por poco.

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