Operacion medusa, capitulo 30.

 La atmósfera en el estadio era sofocante. Las luces, intensas y cegadoras, caían directamente sobre los combatientes, mientras la multitud rugía como una bestia gigante que clamaba por sangre. Juan respiraba con dificultad, el sudor le recorría la frente y se evaporaba al instante bajo el calor de las luces. Frente a él, el superhumano mongol, imponente y musculoso.


Juan rememoró su propio encuentro con Mariana, cuando su mera presencia parecía alterar la gravedad de la sala. 


El rugido de la multitud se desvaneció en su mente cuando se lanzó hacia adelante con un movimiento explosivo. Su puño derecho cortó el aire con una velocidad letal, directo al rostro del mongol. La adrenalina lo hacía sentir cada fibra de su cuerpo en tensión. El mongol, preparado para un choque frontal, levantó ambos brazos en una guardia impenetrable, sus músculos hinchándose bajo la piel tensa, listo para noquearlo de frente.


Pero Juan, con una precisión milimétrica, bajó en el último segundo, esquivando el contragolpe que se proyectaba como un martillo, rozando apenas su cabeza. El aire desplazado por el golpe silbaba en sus oídos. Aprovechando la apertura, Juan descargó su puño con toda la fuerza que su cuerpo podía reunir contra el abdomen del mongol. El impacto fue como golpear una pared de piedra, pero el efecto fue inmediato: el gigante se dobló ligeramente, el aire escapándole en un gruñido involuntario.


El corazón de Juan latía desbocado, como un tambor de guerra, mientras sus pies barrían el suelo en un movimiento rápido y preciso. Las piernas del mongol se desestabilizaron y, antes de que pudiera reaccionar, Juan le propinó un rodillazo devastador en el rostro. Sintió el crujido del hueso al impactar contra su rodilla, seguido por una ráfaga de sangre que salpicó su pierna, cálida y espesa.


Pero la batalla no había terminado. El mongol, a pesar del daño, se levantó con una velocidad que desafiaba su tamaño. Sus ojos, inyectados en sangre, ya no mostraban la calma inicial. Ahora eran los de un animal herido, rabioso, dispuesto a aplastarlo. El estadio estalló en gritos ensordecedores, la energía en el ambiente se volvía eléctrica, cargada de tensión. Juan se preparó nuevamente, su cuerpo vibrando con el pulso del combate. Sabía que lo peor estaba por venir.

El mongol rugió con furia, impulsando su enorme puño hacia el rostro de Juan. El aire vibró con la potencia del golpe, pero Juan, rápido como un felino, lo esquivó por milímetros. Los ojos de Juan captaron el siguiente movimiento del mongol, un golpe de martillo que parecía inevitable. Pero entonces, como en un reflejo aprendido en los campos de entrenamiento, Juan utilizó una técnica ancestral que había aprendido de su primer oponente: el agarre africano.


En un solo movimiento fluido, Juan bloqueó los antebrazos del mongol, sujetándolos con fuerza mientras su propia respiración se hacía pesada y entrecortada. Los músculos del mongol se tensaron al sentir la restricción, su piel ardiente bajo el agarre de Juan. Podía sentir la resistencia brutal, la lucha de su oponente por liberarse, pero Juan no cedió.


Aprovechando la cercanía, Juan alzó su pierna y, con un pisotón seco y preciso, aplastó el pie del mongol. Un crujido sordo resonó, el dolor recorrió al gigante como una chispa, arrancándole un gruñido. No hubo tiempo para tregua. Con el mongol atrapado en el agarre, Juan inclinó su cabeza hacia atrás y la impulsó hacia adelante con toda la fuerza que su cuerpo podía reunir. Un cabezazo brutal impactó contra la frente del mongol. El sonido del hueso contra hueso resonó en sus oídos, agudo y ensordecedor. La sangre comenzó a manar de la frente del mongol como de la propia, pero Juan no se detuvo.


Una y otra vez, su cabeza golpeaba como un ariete contra el cráneo de su oponente. Cada impacto enviaba ondas de dolor que recorrían su propio cuerpo, pero también sacudían al mongol. Los ojos del gigante comenzaron a enturbiarse, el dolor y la sangre oscureciendo su visión. La multitud, invisible en la periferia de la visión de Juan, rugía con una mezcla de horror y admiración.


Finalmente, el mongol, a punto de desmoronarse, encontró un resquicio de fuerza. Con un impulso colosal, empujó a Juan hacia atrás, liberándose del agarre. Juan sintió el impacto del empujón en su pecho como si lo hubiera golpeado un tren. Su cuerpo fue lanzado hacia atrás, y sus pies se deslizaron por el suelo de la arena, rugoso y polvoriento. Logró estabilizarse en el último segundo, respirando con fuerza, sus costillas protestando con cada inhalación.


El mongol no perdió tiempo. Ciego de rabia y dolor, corrió hacia él, sus pisadas retumbando como truenos en el suelo. Juan observó, sus ojos brillando con una mezcla de concentración y determinación. Cuando el mongol lanzó su primer golpe, Juan se movió con gracia, esquivándolo con una ligera inclinación de su cuerpo. Los golpes siguieron, fuertes y precisos, pero Juan, danzando como una sombra, se desplazaba con elegancia. Sentía el aire desplazado por cada golpe, y en cada esquive, lanzaba su propio contraataque: un puñetazo en el costado, un golpe rápido a la mandíbula.


El mongol seguía atacando, pero cada vez más desorientado por la velocidad y agilidad de Juan. Mientras danzaba entre los golpes, Juan lo castigaba con ataques rápidos y certeros, haciendo retroceder poco a poco al gigante, consciente de que la victoria estaba cada vez más cerca.

El sonido del impacto resonó en todo el coliseo como un trueno. Juan apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de sentir el martillazo del puño del mongol estrellarse contra su brazo. Fue como si un poste de hierro lo hubiera golpeado. El dolor se extendió rápidamente, desde el punto de impacto hacia todo su cuerpo, quemando cada nervio. Juan apretó los dientes, su brazo entumecido, pero no podía detenerse.


El mongol, al ver la oportunidad, intensificó sus ataques. Cada golpe venía como una avalancha, sin descanso. Juan retrocedía con cada golpe que caía sobre él, sus pies arañando el suelo polvoriento. El mongol lo seguía, lanzando sus puños con una brutalidad casi inhumana, como si quisiera aplastarlo de una vez por todas. Los golpes resonaban en el aire, chocando contra el cuerpo de Juan, que trataba de absorber el impacto, pero el dolor era constante, profundo.


Juan podía sentir el cansancio empezar a instalarse en su cuerpo, el sudor empapándole la frente, mezclándose con la sangre que ahora corría desde una herida recién abierta sobre su ceja. Respiraba con dificultad, el aire denso y caliente raspaba su garganta, mientras sus piernas se movían hacia atrás, cada vez más cerca de la esquina de la arena.


Finalmente, su espalda chocó contra algo sólido: la pared de energía. No tenía más espacio para huir. Su mente buscaba una salida, pero su cuerpo, ahora adolorido y desgastado, apenas podía seguirle el ritmo. El mongol, con los ojos inyectados en furia, lanzó otro puñetazo. Juan lo bloqueó apenas a tiempo, pero el impacto se sintió como si sus huesos estuvieran a punto de romperse. 


Sabía que no podía seguir esquivando. Tenía que enfrentarlo de frente. Los golpes del mongol seguían cayendo, implacables. Juan apenas tenía tiempo de bloquear o desviar los ataques, y los que lograban conectarse lo sacudían hasta la médula. Un golpe al abdomen lo hizo doblarse ligeramente, el dolor irradiando desde sus entrañas. Sintió cómo el sabor metálico de la sangre le llenaba la boca, una señal de que la batalla estaba cobrando un precio alto en su cuerpo.


Con cada nuevo golpe, Juan también empezó a sangrar. Un puño del mongol le cortó el labio, otro le abrió una herida en la frente. La sangre brotaba en su rostro, deslizándose en líneas oscuras y cálidas sobre su piel, mezclándose con el sudor que ahora le nublaba la vista. Pero Juan no soltaba el agarre. Sabía que ceder significaría el fin.


Cada respiro que tomaba se volvía más pesado, y con cada golpe que recibía, el dolor se volvía una constante, un compañero inquebrantable. Sin embargo, aunque estaba arrinconado y sangrante, Juan no estaba listo para caer. Se mantendría en pie. Esperaba, en medio de aquella tormenta de golpes, el momento preciso para contraatacar.

El mongol abrió ambos brazos, buscando envolver a Juan en una presa destructiva. Ese gesto, aunque brutal, dejó expuesto por un instante su torso, creando una pequeña oportunidad. El dolor pulsaba en cada parte del cuerpo de Juan, especialmente en su brazo adolorido, pero su mente trabajaba con claridad, impulsada por la adrenalina y la necesidad de sobrevivir. No había tiempo que perder. En un destello de memoria, recordó las técnicas que había aprendido de un oponente japonés, un luchador que dominaba los puntos de presión y los nervios del cuerpo humano.


Con precisión quirúrgica, Juan lanzó su mano hacia el pecho del mongol, buscando un nervio específico, justo debajo del esternón. El impacto fue rápido, directo, como un rayo que atravesaba el aire. Sintió el leve hundimiento de la carne bajo sus nudillos al golpear el punto exacto. El mongol soltó un gruñido sofocado, sus ojos se abrieron con sorpresa mientras el aire se le escapaba de los pulmones. Por un breve instante, su masiva figura se tambaleó, vulnerable.


Sin dudarlo, Juan se abalanzó. A pesar del dolor lacerante que recorría su cuerpo, su instinto de lucha lo impulsaba. Sus puños volaron, una y otra vez, conectando con la carne y los huesos del mongol. Cada golpe resonaba con un sonido sordo, como martillazos sobre madera. Juan sentía cómo sus nudillos se abrían lentamente, la piel desgarrándose con cada impacto, pero no se detenía. Su aliento era errático, sus pulmones ardían, pero la necesidad de derribar a su enemigo lo mantenía en movimiento.


Los golpes de Juan eran incesantes, como una tormenta. El sudor le corría por la frente y la sangre seguía brotando de las heridas abiertas en su rostro. Podía sentir cómo sus músculos gritaban de agotamiento, cada fibra de su cuerpo pidiendo descanso. Sin embargo, la imagen del mongol seguía delante de él, enorme, resistente como una roca. Aunque Juan golpeaba con todas sus fuerzas, su oponente no caía.


El mongol, aunque sofocado y aturdido por el golpe en el nervio, se negaba a rendirse. A pesar de los continuos ataques, su cuerpo permanecía firme, sus piernas plantadas en el suelo como si fueran raíces profundas. Juan sentía la resistencia bajo cada uno de sus puños, como si estuviera tratando de derribar una montaña. Cada golpe que lanzaba era devuelto con una vibración que le recorría los brazos, como si su oponente absorbiera la fuerza de sus ataques sin ceder un solo centímetro.


El sonido de los puños chocando contra el torso y la mandíbula del mongol resonaba en la arena. El público guardaba silencio, atrapado en la tensión de la batalla, mientras el eco de los golpes se mezclaba con la respiración agitada de ambos luchadores. Juan podía sentir el calor del cuerpo del mongol, el sudor de ambos mezclándose en una batalla que parecía interminable. A cada golpe, el mongol retrocedía un paso, pero no caía. 

Juan, con el pecho agitado y los puños sangrantes, sabía que aún no era suficientes.

El sonido del golpe del mongol retumbó en el aire como un trueno. El puño del gigantesco luchador impactó directamente en el rostro de Juan con una fuerza devastadora, y el mundo a su alrededor pareció explotar en luces cegadoras. El dolor recorrió su cráneo como una descarga eléctrica, dejándolo aturdido, como si todo su cuerpo se hubiera desconectado por un instante. Sintió el sabor metálico de la sangre en su boca mientras retrocedía tambaleante, intentando recobrar el equilibrio.


Pero no hubo respiro. Los golpes del mongol llegaron en una ráfaga implacable, uno tras otro. Juan sintió sus costillas crujir bajo el impacto de un puñetazo brutal. Su visión se nublaba y despejaba en oleadas, pero su cuerpo se movía casi por instinto, respondiendo a cada ataque con un golpe propio. A pesar de la confusión que lo invadía, lanzó un puñetazo que conectó con el hombro del mongol, sintiendo el choque de sus nudillos contra el músculo duro. El mongol gruñó y respondió con otro golpe al estómago, empujando todo el aire fuera de los pulmones de Juan.


Ambos combatientes tambaleaban. Los rostros ensangrentados, los cuerpos agotados, pero ninguno dispuesto a ceder. Juan sintió cómo sus piernas temblaban, sus fuerzas disminuyendo, pero sabía que no podía detenerse. Los rugidos sordos del público parecían lejanos, como si estuvieran en otra dimensión, separados de la cruda realidad del combate. Cada golpe que daba era un acto de pura voluntad, mientras la fatiga amenazaba con consumirlo.


En un instante de claridad, Juan vio la oportunidad. El mongol, a pesar de su resistencia inhumana, estaba debilitado. Sus enormes brazos bajaron por un segundo y Juan, casi como un reflejo, levantó ambas manos y las llevó hacia las orejas de su oponente. El sonido hueco del impacto resonó en el aire cuando sus palmas aplastaron los oídos del mongol. El hombre soltó un rugido ahogado, tambaleándose hacia atrás, su equilibrio roto por el dolor y el aturdimiento repentino.


Juan cayó de rodillas, exhausto, sintiendo el frío del suelo contra su piel ardiente. Todo su cuerpo temblaba de manera incontrolable. Frente a él, el mongol finalmente se desplomó, su gigantesca figura cayendo al suelo como un árbol que ha sido talado. Por un segundo, el silencio reinó en el estadio. Solo el eco lejano de su propia respiración agitada resonaba en los oídos de Juan, junto con el latido ensordecedor de su corazón.


Entonces, el asistente holográfico apareció, flotando en el aire sobre el campo de batalla. Con su voz suave pero precisa, preguntó: "¿Desea seguir?"


Juan apenas podía escuchar las palabras a través del zumbido en sus oídos. Cada parte de su cuerpo gritaba de dolor, su visión seguía borrosa, y sus piernas temblaban como si estuvieran a punto de derrumbarse. Pero en algún lugar profundo dentro de sí, una chispa de determinación ardía con fuerza. Lentamente, con un esfuerzo titánico, se levantó. Sus piernas casi no respondían, tambaleándose bajo su propio peso, pero lo hizo. Con la sangre escurriendo por su rostro y el cuerpo lleno de moretones, respondió con voz ronca: "Sí."


Había ganado el torneo.


El rugido ensordecedor del público llenó el estadio en ese momento, pero Juan solo podía sentir el alivio pesado en su pecho mientras respiraba hondo, de pie, victorioso, aunque al borde del colapso.

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