Operacion medusa, capitulo 29.

 El estadio vibraba con la energía de millones de espectadores, un mar de rostros expectantes iluminados por luces parpadeantes que transformaban la noche en un espectáculo de colores vibrantes. El aire estaba impregnado de una mezcla de sudor, emoción y el electrizante aroma de la adrenalina, creando una atmósfera densa y casi palpable. En el centro de la arena, un campo de fuerza chisporroteaba, encapsulando a los dos combatientes en un entorno que parecía sacado de un sueño de ciencia ficción.


El superhumano chino se encontraba frente a su oponente. Sus ojos, oscuros como la noche, destilaban una feroz determinación. Frente a él, el superhumano mongol se erguía como una montaña, su altura imponente y su ancha estructura lo hacían parecer casi inquebrantable. Su piel bronceada brillaba bajo las luces, y los espectadores no podían evitar recordar a Mariana, la guerrera legendaria que había dejado su huella en sus corazones.


Sin previo aviso, el superhumano chino se lanzó hacia adelante como una flecha. La velocidad de su movimiento era sobrehumana; sus piernas se movían con una agilidad que desafiaba toda lógica. Cada golpe que lanzaba parecía un destello de luz, impactando con fuerza en la formidable figura del mongol. Pero el sonido de su puño chocando contra la carne dura era un eco vacío. El mongol, como una roca en medio de una tormenta, absorbía los golpes sin inmutarse, su rostro reflejando una calma inquietante.


El público, que antes rugía de emoción, comenzó a murmurar entre sí, la incertidumbre impregnando el aire. Los ojos se abrieron de par en par ante la ferocidad de los ataques del superhumano chino, que seguía lanzando puñetazos con una velocidad inhumana. La piel del mongol parecía estar hecha de acero, cada impacto resonaba sin dejar rastro de daño, como si su cuerpo estuviera protegido por una armadura invisible. El sudor caía de la frente del chino, cada golpe fallido incrementaba su frustración y la tensión en el aire.


Finalmente, el mongol encontró su oportunidad. Con una agilidad sorprendente para su tamaño, esquivó un golpe que venía directo a su cara y, en un movimiento casi imperceptible, respondió con un gancho devastador. El impacto fue como el estruendo de un trueno, un sonido seco que resonó en el estadio, reverberando en el pecho de los espectadores. El superhumano chino, sorprendido y desbalanceado, fue lanzado hacia atrás, su cuerpo girando en el aire antes de estrellarse contra el campo de fuerza.


El silencio se hizo presente por un breve instante, un suspenso colectivo que mantuvo a todos al borde de sus asientos. Luego, estalló en un rugido ensordecedor cuando el superhumano chino cayó, inconsciente, el resplandor del campo de fuerza parpadeando mientras se desvanecía. Los rostros de los espectadores mostraban asombro y admiración, la energía que había llenado el estadio se transformó en una mezcla de reverencia y incredulidad. 


El superhumano mongol, de pie y triunfante, respiraba profundamente.

El aire en Siberia era tan frío que el aliento de Mariana se condensaba en nubes blancas frente a su rostro, cada inhalación quemaba su garganta y sus pulmones se sentían como si estuvieran congelados desde dentro. La nieve crujía bajo sus botas, un sonido bajo y agudo que rompía el silencio inmenso del bosque. Los pinos, cargados de hielo, se alzaban como gigantes blancos a su alrededor, sus sombras alargadas proyectadas por la tenue luz del sol invernal. El viento silbaba entre las ramas desnudas, llevando consigo el eco distante de algo perturbador.


De repente, ese eco se convirtió en un sonido claro y escalofriante: un rugido. Instintivamente, Mariana se detuvo. Sus músculos, tensos por el frío y el cansancio de la cacería, se prepararon para el combate, pero esta vez el rugido no provenía de una presa. Era algo mucho más salvaje. Entre el ulular del viento, escuchó algo que la hizo estremecer: el grito de Julius.


"¡Julius!" exclamó, su voz resonando en el vacío blanco que la rodeaba. Su corazón latió con fuerza, acelerando su ritmo a medida que su instinto la impulsaba a correr en dirección al sonido. Cada paso en la nieve profunda la ralentizaba, pero la adrenalina la empujaba, el miedo ardiendo en su pecho mientras sus ojos, afilados por años de caza, escaneaban el horizonte.


Finalmente, el claro se abrió ante ella, y lo que vio la dejó momentáneamente sin aliento. Julius estaba en el centro de un lago congelado, el hielo bajo sus pies comenzaba a resquebrajarse con un crujido amenazante que resonaba como el latido de una bestia colosal. A su alrededor, un círculo de lobos, enormes y grises como sombras vivientes, observaba con ojos feroces. El miedo en el rostro de Julius era palpable, sus ojos se abrieron de par en par mientras miraba hacia el suelo helado, sabiendo que su vida pendía de un hilo.


De repente, un rugido mucho más profundo brotó de su garganta. No era un rugido de miedo, sino de algo más... algo primitivo y poderoso. La adrenalina se disparó por el cuerpo de Julius como una ráfaga eléctrica, haciendo que sus músculos se tensaran y su respiración se volviera pesada, salvaje. El hielo bajo sus pies cedió con un crujido ensordecedor, las fisuras se extendieron como relámpagos a través de la superficie congelada, y los lobos, desconcertados, retrocedieron antes de huir, como si algo en Julius los hubiera intimidado.


Mariana llegó justo cuando el último lobo desaparecía en la espesura del bosque. El lago, aún temblando bajo las fisuras, reflejaba el pálido resplandor del cielo invernal, y Julius permanecía allí, de pie, respirando agitadamente, pero sin caer en el agua helada. Sus ojos estaban encendidos con una energía que Mariana reconoció de inmediato.


Al acercarse, su mirada se encontró con la de él, y vio lo que había ocurrido, lo que había cambiado. Un brillo carmesí se extendía por sus venas, algo que le era muy familiar. Mariana, con una sonrisa seria y satisfecha, se detuvo a unos pasos de él.


—Veo que cambiaste—dijo, sus palabras cortando el aire como el filo de un cuchillo. Sabía lo que significaba: su sangre, mutada por algo más allá de lo humano, había pasado a Julius, transformándolo para siempre.


El viento aullaba, pero ahora, entre ellos, había un silencio compartido. Un vínculo sellado por la sangre y el destino.


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