Operacion medusa, capitulo 28.
El estadio rebosaba de energía, vibrante por los gritos y aplausos de millones que miraban el espectáculo. Los murmullos se alzaban como olas, chocando contra las paredes metálicas de la gigantesca arena. En el centro del campo, un zumbido agudo indicó que el campo de fuerza se había activado, encerrando el ring en una burbuja chisporroteante que aislaba a los dos combatientes del resto del mundo. La luz del campo crepitaba con una intensidad azulada, mientras el ambiente se volvía pesado, cargado de tensión.
Frente a Juan, se alzaba el irlandés, un gigante con una musculatura ligeramente superior y una estatura que lo aventajaba por unos centímetros. Sus hombros anchos y su pecho pronunciado proyectaban una sombra imponente, pero Juan no retrocedió. Los ojos de su oponente lo miraban fijamente, el rostro endurecido por la concentración, mientras el zumbido del campo de fuerza se fundía con el latido acelerado de su propio corazón.
Sin previo aviso, el irlandés se arrojó contra él, su velocidad desbordando la expectativa de la multitud. El primer golpe lo impactó con la fuerza de un martillo, directo en el costado de Juan. El aire escapó de sus pulmones con un gruñido sordo. Sintió el dolor arder como un fuego en su abdomen, pero no se dejó vencer. Antes de que el irlandés pudiera rematar su embestida, Juan giró sobre sí mismo, lanzando una patada poderosa hacia el costado de su oponente. Sin embargo, el irlandés desvió el golpe con el brazo, el sonido del impacto resonando en el aire, seco y metálico.
Sin perder un segundo, el irlandés inició una feroz ráfaga de puñetazos de arriba hacia abajo. Cada golpe caía como un martillo, aplastando el aire alrededor de Juan, quien bloqueaba y retrocedía, sintiendo el eco de los impactos sacudirle los huesos. Los golpes descendían sobre él como una tormenta, cada uno más rápido y fuerte que el anterior, y Juan apenas podía mantenerse en pie bajo la intensidad del ataque.
Fue entonces cuando lo vio: una pequeña apertura en la postura de su oponente, justo en el centro de su torso. El irlandés había bajado la guardia en el momento más crucial, concentrado en aplastar a Juan. Aprovechando el instante, Juan reunió todas sus fuerzas y lanzó un golpe directo al pecho del gigante. El impacto fue contundente. El irlandés gruñó, el aire escapándole de los pulmones con un gemido ahogado, tambaleándose hacia atrás.
Juan no dejó que su oponente recuperara el aliento. Imitando su táctica, se abalanzó sobre él con una lluvia de golpes, replicando el mismo método que su adversario había usado. Sus puños golpearon con precisión implacable, uno tras otro, cada impacto resonando como el eco de un trueno en la arena. El cuerpo del irlandés comenzó a ceder bajo el asalto, sus movimientos torpes, su mirada nublada.
Finalmente, con un último golpe seco, el gigante cayó al suelo. La respiración de Juan era pesada, pero victoriosa. El estadio estalló en una ovación ensordecedora mientras el campo de fuerza se desactivaba, dejando a Juan solo en el ring.
En la penumbra de habitación, iluminada solo por la tenue luz del atardecer que se filtraba a través de las cortinas, Julius estaba sentado en su cama. Sus padres lo miraban desde el umbral de la puerta, con los rostros llenos de preocupación.
—Quiero ir con el abuelo —dijo Julius, cruzando los brazos con determinación, su voz firme pero tranquila.
Su madre, sentada a su lado, lo miró con una sonrisa amable pero un tanto forzada. Se inclinó hacia él, acariciando suavemente su cabello oscuro.
—¿Para qué, hijo? —preguntó—. Allá no hay nada más que hielo y frío. Será mucho mejor llevarte a la playa, donde el sol brilla y puedes nadar.
Julius bajó la mirada hacia el suelo de madera bajo sus pies, sus pensamientos lejos de la arena dorada y las olas. La playa no le importaba, su mente estaba en otro lugar, caminando con Mariana por los caminos helados del pequeño pueblo donde vivía su abuelo.
—Prefiero ir con el abuelo —insistió, su voz un poco más alta, como si la idea de la playa no tuviera peso alguno frente a lo que realmente deseaba.
Su padre, apoyado en la puerta con los brazos cruzados, intervino, con una sonrisa comprensiva pero desconcertada.
—Pero, hijo, ¿qué es lo que tanto disfrutas de estar allá? —preguntó, buscando entender el deseo de su hijo de pasar el tiempo en un lugar tan remoto y frío.
—Es mi único abuelo —respondió al final, con un leve encogimiento de hombros, escondiendo la verdad tras una excusa que sabía que sus padres aceptarían.
El silencio llenó la habitación por un momento. Su madre lo observó, buscando algo en su expresión, pero al final solo asintió. Sabía que Julius no cambiaría de opinión.
Días después, Julius estaba en la vieja casa de su abuelo, un lugar que olía a madera vieja y aire frío. La chimenea ardía suavemente en la sala principal, llenando el espacio con un calor reconfortante. A través de las ventanas empañadas, podía ver el paisaje helado que se extendía más allá de la casa, blanco y brillante bajo el sol invernal.
Sentado en una de las sillas de la cocina, Julius esperaba. Sabía que Mariana llegaría pronto para ver la gran batalla de Juan Sánchez. El sonido de pasos en la nieve a lo lejos le hizo girar la cabeza hacia la puerta, y una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios mientras se preparaba.
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