Operacion medusa, capitulo 28.

 Días habían pasado desde su visita al anciano, y ahora Mariana se encontraba en lo profundo del bosque, cazando un alce junto a Julius, el nieto de diez años de aquel hombre que la había acogido. El invierno había endurecido el suelo bajo sus pies, cada paso crujía sobre la nieve congelada. El aire era frío, seco, y cada exhalación formaba pequeñas nubes de vapor que se desvanecían rápidamente en la brisa helada. Julius caminaba a su lado, luchando por no quedarse atrás, su mirada fija en Mariana, quien para él era una heroína. No dejaba de admirarla desde que la había conocido, impresionado por su fuerza y determinación.


El sol apenas asomaba entre las copas desnudas de los árboles, bañando el paisaje en una luz pálida y difusa que hacía que todo pareciera inmóvil, como si el bosque entero contuviera la respiración. Las ramas desnudas crujían bajo el peso de la nieve acumulada, y el viento, aunque leve, zumbaba entre los árboles, elevando pequeños remolinos de nieve en el aire.


Mariana se detuvo de repente. Sus ojos afilados se fijaron en una sombra que se movía entre los árboles. Allí, a unos veinte metros, estaba el alce. El animal, grande y majestuoso, pastaba entre los arbustos, aparentemente ajeno a su presencia. Su enorme cornamenta se alzaba como una corona, y el espeso pelaje marrón oscuro lo camuflaba parcialmente entre los troncos.


—Quieto —susurró Mariana a Julius, quien se detuvo de inmediato, sus ojos agrandándose por la emoción.


Ella avanzó unos pasos más, sin hacer ruido, con cada movimiento calculado. De repente, el alce levantó la cabeza, sus orejas girando en dirección a ellos. Mariana, rápida como un relámpago, saltó hacia el animal. Julius contuvo la respiración, viendo cómo Mariana, sin armas, se abalanzaba sobre la criatura con una destreza que nunca había visto. El alce intentó escapar, pero ella fue más rápida, agarrando sus cuernos con ambas manos. 


La lucha fue breve pero intensa. El alce forcejeó, moviendo su cabeza violentamente, pero Mariana mantuvo el agarre firme, usando toda su fuerza. Julius observaba con la boca abierta, sus ojos brillando de asombro. Mariana logró girar el cuello del alce con un movimiento preciso y calculado. El sonido de la bestia cayendo al suelo resonó por todo el bosque, seco y definitivo, el eco vibrando en el aire gélido.


El silencio regresó, roto solo por la respiración agitada de Mariana y el susurro del viento entre los árboles. Julius corrió hacia ella, sin poder contenerse.


—¡Eso fue increíble! —exclamó, con los ojos llenos de admiración. Sus mejillas estaban sonrojadas por el frío, pero no parecía notarlo, absorto en la hazaña que acababa de presenciar.


Mariana, aún recuperando el aliento, le sonrió. 


—Solo fue cuestión de paciencia —dijo, con una tranquilidad que contrastaba con la ferocidad del momento anterior.


Julius no pudo evitar reír emocionado, mientras el viento, cargado de promesas y respeto, se llevaba las últimas huellas del combate en la nieve.

Juan estaba en el centro del ring, rodeado por la energía vibrante del campo de fuerza que chisporroteaba a su alrededor, cerrando la arena. Frente a él se encontraba el superhumano inglés, un oponente que no solo era fuerte, sino también modificado neurológicamente. Podía predecir el golpe más probable de su oponente con solo una fracción de segundo de anticipación, gracias a sus ojos mejorados, capaces de leer microgestos y tensiones musculares.


El zumbido del campo de fuerza llenaba el ambiente con una vibración baja, mientras los dos combatientes se observaban. El suelo metálico bajo los pies de Juan estaba frío, pero el calor del combate que se avecinaba comenzaba a inundar sus venas, acelerando su respiración. Sintió la tensión en el aire, el choque inminente entre su fuerza bruta y la habilidad sobrenatural de su contrincante.


Con un rugido, Juan se lanzó hacia adelante, su puño derecho dirigido al rostro del inglés con toda su fuerza. El impacto parecía inminente, pero en el último instante, el superhumano inglés se movió con una velocidad sobrehumana, esquivando el golpe con facilidad y devolviendo un puñetazo que cortó el aire con un sonido seco. El golpe conectó con el costado de Juan, pero él lo resistió, su cuerpo fortalecido absorbiendo el impacto como si no fuera más que una molestia.


Sin perder el ritmo, Juan giró sobre su pie derecho e intentó una patada con su pierna izquierda, apuntando al torso del inglés. Pero, de nuevo, su oponente se anticipó. Con una agilidad asombrosa, saltó y esquivó la patada, devolviendo un golpe desde arriba que Juan apenas logró bloquear con el antebrazo. El sonido de los cuerpos colisionando resonó por el ring, pero la fuerza detrás de cada ataque apenas hacía mella en la concentración de Juan.


Fue entonces cuando lo notó. Un pequeño detalle, casi imperceptible. El inglés mantenía su mirada fija en todo momento.


Juan tomó una decisión audaz. Se lanzó de frente, como si fuera a atacar directamente con un golpe al torso. Tal y como esperaba, el inglés esquivó con un movimiento fluido y lanzó un golpe en respuesta. Pero esta vez, Juan estaba listo. Con un movimiento rápido y preciso, atrapó la muñeca del inglés antes de que el puño pudiera alcanzarlo. Sintió la piel tensa y fría bajo sus dedos mientras su propia fuerza se imponía.


Con la otra mano, cubrió el rostro del inglés, cegándolo.  comenzó a lanzar una serie de patadas brutales, cada una conectando con una fuerza demoledora. El sonido de los golpes era seco, resonante, como martillos contra metal. El cuerpo del inglés, antes tan ágil y seguro, comenzaba a tambalearse bajo el implacable asalto de Juan.


Finalmente, tras varios golpes más, el superhumano cayó al suelo, inconsciente. El campo de fuerza vibraba, pero el ring estaba en silencio, roto solo por la respiración entrecortada de Juan, victorioso.

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