Operacion medusa, capitulo 27.

 Mariana Viazanovska caminaba con pasos firmes hacia la casa del anciano, a pesar del inmenso peso del alce muerto que cargaba en la espalda. El frío helado envolvía el aire, mordiendo su piel a través de las gruesas capas de abrigo. El viento sibilaba entre los árboles cercanos, y cada exhalación suya se transformaba en nubes de vapor. Frente a la puerta de madera desgastada, golpeó con el pie, demasiado cargada para usar las manos. El sonido retumbó en el silencio de la tarde invernal.


El anciano abrió la puerta, sus ojos arrugados se clavaron en la enorme bestia que descansaba en la espalda de Mariana. Con las mejillas enrojecidas por el viento, ella le sonrió con modestia.


—Le traje un poco de carne —dijo, inclinándose levemente bajo el peso del animal.


El anciano asintió sin sorprenderse demasiado, y con un gesto de la mano, la invitó a pasar.


—Pasa —murmuró en voz baja, apenas audible por el crujido de la madera bajo sus pies.


Mariana entró a la modesta casa, el cálido aroma a madera quemada le envolvió el rostro, reconfortante tras el implacable frío del exterior. El fuego chisporroteaba en la chimenea, sus llamas proyectando sombras danzantes en las paredes. La cocina era sencilla, pero acogedora, con estantes de madera llenos de utensilios de metal y frascos de conservas. Con un suspiro de alivio, Mariana dejó caer el alce sobre la mesa de la cocina, su cuerpo pesado golpeando la madera con un sonido sordo.


—Tiene televisor? —preguntó, mientras se quitaba las capas exteriores de abrigo, permitiendo que el calor de la casa la abrazara.


El anciano, moviéndose lentamente, se dirigió hacia una esquina de la sala donde un televisor antiguo descansaba sobre un mueble lleno de polvo.


—Sí, pero es viejo —respondió, sus dedos temblorosos rozando el botón de encendido, que chirrió al girarse.


El aparato parpadeó y después de un zumbido prolongado, una imagen borrosa apareció en la pantalla.


—¿Sintoniza los canales? —preguntó Mariana, con los ojos fijos en la pantalla, mientras se acercaba para ajustar los controles.


—Sí, pero apenas lo uso. Duermo casi todo el día —respondió el anciano, acomodándose en una silla cercana.


Con dedos ágiles, Mariana ajustó la antena hasta que la imagen se volvió clara. En la pantalla, un estadio inmenso se desplegaba ante sus ojos, lleno de un millón de personas. Las cámaras se centraban en dos figuras imponentes. A la derecha, un hombre robusto, Juan Sánchez, y frente a él, el "superhombre ruso", un clon barato genético destinado a replicar sus habilidades. Mariana reconoció de inmediato los trazos de su propio ADN en aquella monstruosidad. Alrededor de ellos, un campo de fuerza invisible los separaba del resto, una burbuja de poder que los aislaba del mundo exterior.


El rugido de la multitud resonaba en el televisor, como un trueno que retumbaba a través de los altavoces. Fuera, el viento seguía aullando en la oscuridad del invierno, pero dentro de la casa, Mariana no podía apartar los ojos de la pantalla, envuelta en la tensión del inminente combate.

El superhombre ruso se lanzó con una velocidad abrumadora hacia Juan, su enorme puño cortando el aire con un silbido feroz. El golpe parecía inevitable, cargado de una fuerza que podría derribar paredes, pero en el último segundo, Juan lo esquivó con una gracia casi felina, moviéndose apenas lo suficiente para evitar el impacto. El sonido del puño del ruso al cortar el aire resonó como un trueno, y la multitud contenía el aliento.


Sin perder tiempo, Juan respondió con un puñetazo de potencia similar, dirigido directamente al torso del ruso. El golpe impactó con un sonido seco y profundo, como el eco de una piedra arrojada en un pozo, enviando ondas de choque que se sintieron en la atmósfera electrizada del estadio. La reacción fue inmediata: el superhombre ruso, ligeramente tambaleante, extendió su brazo en un intento desesperado por contraatacar, sus dedos resplandeciendo con un brillo azul helado.


Mariana, viendo la pelea desde la distancia, reconoció de inmediato la técnica. El ruso estaba intentando congelar el brazo de Juan, ralentizar su velocidad y desgastarlo poco a poco con el frío intenso. Sin embargo, para sorpresa de todos, el efecto fue mínimo. Un ligero vapor blanco se desprendió de la piel de Juan, pero su brazo apenas se entumeció. Mariana sonrió para sí misma, con una mezcla de orgullo y envidia. "Yo lo hubiera hecho mejor,” pensó. 

Mientras tanto, el combate continuaba con ferocidad. Juan, aprovechando su ventaja, no dejó que el ruso se recuperara. Con una agilidad asombrosa, levantó su pierna y lanzó una patada directa a la cara del superhombre ruso. El sonido del impacto fue brutal, como el crujido de una rama rota en un bosque silencioso. La cabeza del ruso giró violentamente hacia un lado, y su cuerpo titubeó.


Juan no perdió tiempo. Con una serie de rápidos y potentes golpes, descargó una ráfaga de puñetazos sobre su oponente, cada uno más fuerte que el anterior. Cada golpe retumbaba en el estadio como si fueran explosiones, la carne contra carne resonando con fuerza. El público gritaba en éxtasis, el rugido de miles de voces fusionándose en una sola ola de emoción.


Finalmente, el cuerpo del superhombre ruso cedió. Sus piernas flaquearon y, como un titán derribado, cayó de rodillas, antes de desplomarse completamente sobre el suelo de la arena, noqueado. Un silencio momentáneo invadió el estadio, seguido de una explosión de júbilo. Los comentaristas en la televisión no podían contener la emoción en sus voces, mientras México entero se llenaba de alegría.


En San Benito el Alto, el pequeño pueblo de donde era originario Juan, la euforia también se desbordó. La plaza central se llenó de gritos y festejos, y el turismo, que había decaído, comenzó a regresar. La cantina vibraba con el eco de las celebraciones, y en todo México, se hablaba de Juan como un héroe nacional. Al mismo tiempo, la empresa que compartia con Martin subió de valor.

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