Operacion medusa, capitulo 26.

 El avión aterrizó suavemente en el aeropuerto de Pekín, y la rampa se extendió hacia la pista como un pasillo dorado. Martín, con el corazón palpitante, se sintió embriagado por la emoción del momento. Mientras caminaba hacia la salida, la sensación del suelo firme bajo sus pies lo llenaba de confianza.

A su lado, Juan se mantenía fiel a su estilo, vistiendo la misma ropa raramuri que había llevado en su viaje. Sus pantalones de algodón y su camiseta de color tierra parecían aún más desentonados en este entorno vibrante, donde la modernidad y la tradición cohabitaban. 

El aire olía a una mezcla de fideos recién cocinados y el intenso aroma del té que emanaba de un café cercano. Las voces de la multitud llenaban el espacio, un murmullo incesante que resonaba en los oídos de Martín. A medida que se acercaban a la salida, se encontró absorbido por la energía de la ciudad, sus ojos brillando con expectativa.


Al descender la escalera del avión, Martín observó un gran letrero iluminado que decía "Juan Sánchez" en letras rojas y brillantes. 

Se acercaron al letrero y, allí, en medio del ajetreo del aeropuerto, encontraron al traductor que habían contratado. Un hombre de mediana edad, con gafas de marco grueso y una sonrisa amplia, se presentó como Wei. 


Mientras Wei comenzaba a explicarles los detalles de su estadía, Martín desvió la mirada hacia un pequeño letrero en la esquina, donde las letras apenas eran visibles. “Martín Rodríguez”, decía en un tono más discreto, como si su nombre fuera una nota al pie en una historia mucho más grande. La sensación de humildad lo invadió.

La televisión parpadeaba con imágenes vibrantes y colores saturados, mientras el sonido de los comentaristas llenaba el aire de emoción y expectativa. En todo México, la gente se apiñaba frente a las pantallas, sabiendo que en menos de una hora comenzaría el combate más esperado de la historia. La euforia se sentía en cada rincón del país, desde las grandes ciudades hasta los pequeños pueblos perdidos entre las montañas. En San Benito el Alto, la cantina del presidente municipal estaba llena de un murmullo nervioso, mientras los parroquianos gritaban el nombre de juan.

La cantina olía a mezcal barato y tabaco rancio, con el suelo de tierra bien pisada bajo las botas de los pocos clientes que habían sido invitados a ver el evento allí. 


—Comadre, somos la crema y nata de este pueblo —dijo el presidente municipal, con una sonrisa torcida, mientras su voz, algo pastosa por los tragos, intentaba sonar imponente.


Mama Grande, la anciana madre de Juan, no levantó la mirada. Ella, envuelta en su rebozo de colores desvaídos, apretó los labios y dio una larga calada a su cigarro, el humo formando una nube espesa entre ellos. Sus arrugas profundas y ojos afilados delataban la sabiduría y dureza de quien ha vivido más de lo que podría contar.


—Pinche viejo mamón —respondió ella, su voz grave y ronca. El insulto cayó como una piedra pesada sobre la mesa. La cantina entera pareció quedarse en silencio por un momento, hasta que las risas reprimidas de los otros presentes estallaron.


El presidente municipal, sin inmutarse, soltó una carcajada. Sabía que la anciana siempre le respondía con ese tipo de lenguaje directo y crudo. En el fondo, la respetaba por su carácter. Mientras tanto, el ruido de la televisión seguía narrando la preparación del combate, y los parroquianos miraban de reojo la pantalla, su atención dividida entre la conversación y lo que estaba a punto de suceder.


A kilómetros de allí, en la capital, la esposa de Martín y sus hijos estaban pegados a la televisión. La pequeña sala de su casa, decorada de manera sencilla pero con cariño, estaba iluminada solo por el resplandor azul de la pantalla. Los niños, inquietos pero fascinados, mantenían los ojos bien abiertos, mientras la esposa de Martín, sentada en el sillón con las manos apretadas en su regazo, no podía contener la mezcla de orgullo y nerviosismo que sentía. El sonido de la transmisión llenaba la casa, cada palabra de los comentaristas resonando en sus oídos como un eco lejano.


El sudor le perlaba la frente. Su corazón latía rápido, anticipando el momento en que Juan aparecería en la pantalla. 


—Ahí viene mi tio —dijo uno de ellos, con los ojos brillando de emoción.


La hora se acercaba, y la nación entera contenía el aliento.

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