Operación medusa, capitulo 25.
Habían pasado tres días desde que Juan había caído en cama, debilitado por el misterioso veneno. Sin embargo, lo que parecía una lenta recuperación se convirtió en algo extraordinario. En solo tres días, Juan pasó de la demacración total a transformarse en algo completamente diferente. Su cuerpo y espiritu habían crecido, excediendo los dos metros de altura. Su musculatura, antes marcada, pero normal, se había desarrollado hasta un punto casi irreal; sus brazos eran mas gruesos, y su espalda se había ensanchado de tal manera que parecía desafiar las leyes de la naturaleza.
El tercer día, Juan y Martín caminaban por la pista de un pequeño aeropuerto, la brisa suave agitaba ligeramente sus ropas. El ruido lejano de los motores de un avión privado zumbaba en el aire mientras ambos se acercaban a la aeronave. Martín, caminando al lado de su amigo, no podía evitar lanzar miradas furtivas hacia la imponente figura de Juan. El nuevo tamaño y la fuerza de Juan eran aún mas intimidantes, y aunque lo conocía de toda la vida, no podía evitar sentir una mezcla de asombro y temor.
El aire olía a queroseno y césped húmedo, una combinación extraña pero familiar para Martín, que lo transportó de inmediato a recuerdos enterrados de otro tiempo. Mientras subían al avión, el sonido metálico de sus pasos sobre la escalera resonaba con un eco sordo. Una vez dentro, el interior era lujoso, con asientos de cuero blanco que desprendían ese aroma a material nuevo y limpio, tan diferente a lo que Martín estaba acostumbrado.
Mientras el avión despegaba y el sonido ensordecedor de los motores llenaba la cabina, Martín se reclinó en su asiento y cerró los ojos por un momento. Los recuerdos del primer torneo inundaron su mente. Eran tiempos duros. Recordó vívidamente los colchones incómodos del albergue donde dormían, con las sábanas ásperas que picaban la piel y el constante zumbido de los ventiladores que apenas mitigaban el calor sofocante. Dormir se había vuelto un lujo, algo que simplemente no podían permitirse entre el estrés y la presión de la competencia.
Y la comida… Martín apretó los dientes al recordar aquellos días. Comer se sentía como un acto de supervivencia, no un placer. En lugar de disfrutar de una comida decente, se veían obligados a comprar alimentos de segunda.
Pero todo había cambiado. Ahora estaban en un avión privado, volando hacia China, un destino tan lejano como lo eran sus nuevas vidas. Mientras las nubes se extendían ante ellos como una alfombra blanca interminable, Martín giró la cabeza para observar a Juan. El gigante que había nacido de su amigo parecía imparable, y por primera vez en mucho tiempo, Martín sintió que tenían una oportunidad real.
Mariana Viazanovska avanzaba a paso firme por la helada Siberia, su corpulento ser desafiando el viento cortante que soplaba en ráfagas. La nieve crujía bajo sus botas de cuero, una sinfonía sutil en medio del silencio gélido que la rodeaba. En la distancia, un pequeño hogar de madera se alzaba ante ella, con humo saliendo de su chimenea, un faro de calidez en un paisaje desolador. Al acercarse, tocó la entrada con firmeza, su mano cubierta por un guante de lana sintiendo la rugosidad de la madera.
De repente, la puerta se abrió y llego regueando un viejito a las puertas del corral, mientras se apoyaba en un bastón. Sus ojos, oscuros y curiosos, la miraron como si la conocieran de toda la vida. Sin embargo, su expresión se tornó cautelosa al acercarse más, como si evaluara su presencia. A pesar de la frialdad del exterior, un aire de calidez emanaba del interior de la casa.
—Pasa, pasa —dijo el hombre, gesticulando con su mano temblorosa.
Mariana entró, y un aluvión de olores la envolvió: el aroma terroso de la madera, mezclado con el leve olor a carne asada que provenía de la cocina. Al girar la vista, notó varios perros dispersos por el suelo, acurrucados en mantas viejas. Sus miradas eran inquisitivas, y sus colas moviéndose con alegría apenas contenida.
—Lindos perros —comentó Mariana, sonriendo.
—Sí, son los hijos de una camada que una mujer me dejó hace tiempo —respondió el hombre, sus ojos brillando con un atisbo de nostalgia—. También era bastante alta y de mirada penetrante, se parecía a usted, pero de complexión menos robusta.
Mariana sintió una extraña conexión con aquellas palabras, una resonancia que la llevó a recordar a Juan, el único amor que había conocido. Sus pensamientos se desvanecieron al recordar la razón de su visita.
—Dicen que usted siempre sabe a dónde enviar a los fugitivos —dijo, manteniendo su voz firme.
El anciano asintió, una sonrisa astuta cruzando su rostro arrugado.
—El mejor lugar yace en los fríos, justo a donde envié a la mujer que le mencioné. Unos meses después partió, no supe a dónde.
El hombre se movió lentamente hacia un pequeño escritorio en una esquina de la habitación. Sacó un mapa desgastado, sus bordes amarillentos del tiempo. Se lo entregó con manos temblorosas, y Mariana sintió el peso de esa información, una guía hacia lo desconocido.
Días después, mariana se encontraba en una cabaña más pequeña, el silencio del entorno era casi abrumador. La madera crujía con cada movimiento, el frío exterior golpeando los vidrios como un tambor lejano. Mientras ordenaba, su mano tropezó con algo duro, cubierto de polvo. Al despejarlo, descubrió una foto amarillenta de una mujer: una rubia extremadamente delgada, con una mirada intensa que parecía atravesar el papel.
Mariana se detuvo, la imagen era un recordatorio escalofriante de la supervivencia en un lugar tan inhóspito. Le asombraba que aquella mujer hubiera logrado sobrevivir en el frío, en un mundo donde la naturaleza se tornaba implacable. Así, Mariana entendió que su camino habia terminado.
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