Operacion medusa, capitulo 24.
Juan estaba en la cantina del pueblo, una luz tenue iluminaba el lugar, y el aire olía a polvo y tabaco rancio. Frente a él, una botella de bacanora descansaba sobre la mesa de madera desgastada. El líquido cristalino brillaba bajo la luz débil, prometiendo una ráfaga de calor con cada trago. Juan, con la mirada fija en la botella, tomó su primer sorbo. El fuego líquido recorrió su garganta con una rapidez inusitada, y cuando miró nuevamente, se dio cuenta de que ya había consumido la mitad de la botella.
Un escalofrío le recorrió la columna, pero ignoró la advertencia que su cuerpo le enviaba. Llevó la botella a sus labios una vez más, y el bacanora desapareció casi por completo. Quedaba apenas un tercio del contenido, y con los sentidos ya embotados por el alcohol, tomó una decisión temeraria. Recordó la pequeña botella de vidrio oscuro que el hombre en la montaña le había dado. El vigorizante.
Sin pensarlo mucho, Juan sacó el frasco de su bolsillo, sintiendo el vidrio frío y liso bajo sus dedos. Desenroscó la tapa, y un olor metálico le llenó las fosas nasales. "Solo una gota", recordó vagamente las palabras del hombre. Pero en su estado, no le importó. Levantó el frasco y bebió hasta la última gota de aquel líquido espeso y oscuro. El sabor era amargo, tan fuerte que le revolvió el estómago, así que, para quitarse el mal sabor, bebió el resto del bacanora de un solo trago. El alcohol quemó su garganta, pero fue un alivio temporal.
De repente, un retorcijón violento sacudió su estómago. Juan dejó caer la botella vacía al suelo, que se rompió en mil pedazos, el sonido resonando por toda la cantina. Se agarró el abdomen con ambas manos, como si pudiera calmar el dolor con solo apretarse. Las paredes a su alrededor comenzaron a tambalearse, y una niebla oscura nubló su visión. Sus piernas fallaron, y cayó al suelo, su cuerpo pesado como si el mismo monte lo estuviera aplastando.
El presidente municipal, un hombre robusto de rostro curtido, que estaba sentado en una mesa cercana, se levantó de inmediato y corrió hacia él.
—¡Ahijado, qué te pasa! —exclamó, su voz llena de preocupación.
Juan, apenas consciente, murmuró entre dientes.
—Debió ser... el alcohol...
—¡Imposible! —replicó el presidente, con tono firme—. Yo compro del bueno. Eso no puede ser.
A las pocas horas, Juan fue trasladado con el huesero de San Ignacio el Bajo, un pueblo cercano. El aire del lugar era denso, impregnado del aroma de hierbas secas que colgaban del techo. El huesero, un anciano de manos ásperas y mirada aguda, lo observó por unos minutos antes de hablar.
—Esto no es cosa del alcohol —dijo en voz baja—. Es medicina antigua.
Rápidamente, el huesero comenzó a preparar una infusión con plantas que sacaba de frascos polvorientos. El vapor de la mezcla llenó la pequeña habitación con un olor terroso y amargo. Colocó el brebaje cerca de los labios de Juan, y con movimientos firmes, le hizo beberlo, confiando en que la sabiduría de las plantas podría combatir el veneno que corría por sus venas.
Una semana después, el sol apenas comenzaba a colarse por las ventanas de la pequeña habitación donde Juan había estado postrado. La luz dorada iluminaba el polvo suspendido en el aire, creando un ambiente cálido, casi irreal. Juan se levantó lentamente de la cama, sus músculos rígidos y adoloridos después de tantos días sin moverse. El aire tenía el olor fresco de la mañana, mezclado con un leve aroma a hierbas medicinales, el mismo que impregnaba cada rincón de la casa del huesero. Respiró profundo, agradecido de estar de pie.
Mientras Juan recuperaba sus fuerzas, en el despacho del presidente municipal, Martín y Andrés Samuel Sopes, dos figuras respetadas en la región, ya se habían enterado de lo sucedido. Decidieron visitarlo en persona, dispuestos a expresar su preocupación y lealtad. La oficina del presidente municipal era un lugar austero, con paredes pintadas de blanco desgastado y muebles de madera oscura que crujían al moverse. El aroma a cuero viejo y papeles acumulados durante años impregnaba el ambiente.
Martín hablaba con fervor sobre la amistad. Su tono era solemne, como si cada palabra que pronunciaba cargara el peso de la historia y la lealtad entre los hombres.
—La amistad—dijo Martín, sus ojos clavados en los del alcalde—, Juan es más que un amigo para mí, es un hermano, y lo que le sucedió no puede pasar desapercibido, es inaceptable que usted no me informara.
Andrés Samuel lo miraba.-!Juan no es solo importante para este pueblo, señor presidente! —exclamó Samuel, señalando con un dedo en el aire—. ¡Juan es vital para la nación! Necesitamos su presencia en el torneo.
El presidente municipal, sentado detrás de su escritorio, observaba a los dos hombres con una expresión que combinaba confusión y sorpresa. No solo por el fervor con el que hablaban, sino también porque era la primera vez que veía a Samuel en persona. Hasta ese momento, lo conocía solo por ser presidente de la nacion, y nunca había escuchado a Martín en su vida.
—Es la primera vez que lo veo, presidente —dijo el hombre con un tono más neutral, rascándose la barbilla—. Y nunca había escuchado de usted, Martín.
Martín frunció el ceño, claramente molesto por la falta de reconocimiento. Sin decir una palabra, se inclinó hacia el escritorio del presidente municipal y sacó de su bolsillo una tarjeta de presentación, entregando con un movimiento brusco. El líder del pueblo sorprendido por el gesto, tomó la tarjeta con perplejidad, sus dedos rozando el papel suave y bien impreso.
—Tenga —dijo Martín, su tono seco—. Ahora sabrá quién soy.
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