Operacion medusa, capitulo 23.
El ambiente en la oficina de Martín estaba impregnado de un aroma a café recién hecho y el suave tintineo de copas que resonaban en el fondo. Las paredes decoradas con obras de arte contemporáneo y las plantas tropicales colocadas estratégicamente aportaban un aire de sofisticación que contrasta con la frialdad de la realidad corporativa. Martín, erguido y confiado, se movía por su espacio como un príncipe en su castillo, disfrutando de la sensación de poder que le otorgaba su nueva posición como CEO.
En ese momento, Laurel entró en la oficina, luciendo cada día más confundido y molesto. Sus cejas fruncidas y su mandíbula apretada revelaban la lucha interna que experimentaba. Martín, por el contrario, sonreía con desdén, disfrutando de la confusión de su antiguo jefe.
—Martín, ¿por qué no he tenido la oportunidad de conocer a mi jefe? —preguntó Laurel, su voz tensa.
—No te estreses, Laurel —respondió Martín, con un tono despreocupado—. Lo importante es que tu empleo ya está establecido. Quedas contratado como ejecutivo.
Laurel salió de la oficina, su mente dando vueltas como una peonza. Caminó hacia su cubículo, donde un compañero estaba organizando algunos documentos.
—Oye, ¿tú no conoces el nombre de nuestro jefe? —preguntó Laurel, incapaz de ocultar su frustración.
—Sí, Martín Rodríguez. Excelente persona —respondió su compañero, sin mirar hacia arriba.
—Deja de bromear —respondió Laurel, pero justo en ese momento, un tercer compañero pasó junto a ellos.
—¿Cómo ves a este cabrón? —preguntó Laurel, señalando a su compañero—. Dice que Martín Rodríguez es nuestro jefe.
—Porque lo es —respondió el segundo compañero, con una sonrisa.
—¿Jefe de piso? —inquirió Laurel, sintiéndose cada vez más indignado.
—No, CEO de la empresa —aclaró el primer compañero, divertido ante la confusión de Laurel.
—Déjenme trabajar —murmuró Laurel, alejándose rápidamente, su cabeza dándole vueltas mientras trataba de procesar la situación.
A medida que avanzaba la tarde, la oficina se llenaba de un murmullo constante de empleados despidiéndose. Martín, con una sonrisa de satisfacción, se topó de nuevo con Laurel en el pasillo.
—No creerás la broma —dijo Laurel, tratando de mantener la calma.
—¿Cuál? —preguntó Martín, disfrutando de la incertidumbre en los ojos de Laurel.
—Me dijeron que tú eres el CEO de la empresa.
—Lo soy —respondió Martín, con la misma confianza que había mostrado desde su llegada.
Decidido a demostrarlo, Martín llevó a Laurel a su oficina. Al abrir la puerta, las letras en la entrada brillaban con un dorado sutil: “Director General”. Laurel se quedó paralizado, la incredulidad pintada en su rostro.
—Esto es absurdo —murmuró—. Solo faltaría que me dijeras que el dueño es Juan Sánchez.
—Lo es —respondió Martín, con una sonrisa triunfante.
La expresión de Laurel se tornó en incredulidad total.
—Pero es un vil indígena —dijo, su voz temblando entre la risa y la desesperación.
—Hizo mucho dinero con publicidad, ¿no has visto los juguetes? —contestó Martín, con superioridad—.
—Sí, pero yo pensé que los producía alguna compañía como Mattel —respondió Laurel, su mente luchando por comprender.
Martín se cruzó de brazos, disfrutando de la confusión de su antiguo jefe, cuando de repente, el rostro de Laurel se palideció y su cuerpo se desvaneció en el aire. Se desmayó, cayendo al suelo con un ruido sordo, dejando a Martín solo en la oficina, con el eco de su antigua opresión resonando en sus oídos.
Juan se movía con sigilo entre la espesura del monte, las hojas secas crujían bajo sus botas de cuero gastado mientras avanzaba con el arco en mano. Su respiración, lenta y controlada, se entremezclaba con el susurro del viento entre los árboles. El olor a tierra húmeda y musgo lo envolvía, junto con el sonido lejano de algún arroyo escondido entre las colinas. Estaba buscando un venado, atento a cualquier movimiento entre los arbustos.
De repente, a lo lejos, divisó una delgada columna de humo elevándose desde una peña en la ladera del monte. Se acercó con cautela, sus pasos cada vez más suaves, hasta que lo vio. Un hombre sentado al borde de la roca, con una pipa en la mano, el humo de tabaco rancio flotando en espirales perezosas hacia el cielo. Juan se acercó más, y el hombre lo miró con ojos oscuros y penetrantes, cargados de una calma casi inquietante.
—¿Qué deseas? —preguntó el hombre, sin moverse ni un ápice, su voz profunda resonando como un eco entre las rocas.
—raro ver gente aquí —respondió Juan, sorprendido por la presencia de alguien en un lugar tan remoto.
—Bueno, yo vivo aquí desde hace mucho tiempo —respondió el hombre, exhalando una nube de humo que parecía desvanecerse antes de tocar el aire.
Juan lo observó con curiosidad. El hombre tenía una piel curtida por el sol y las arrugas de su rostro sugerían que había vivido más años de los que parecía.
—¿chamán? —preguntó Juan, intrigado por su aura de misterio.
—Algo así. ¿Habías escuchado de mí? —preguntó el hombre, alzando una ceja, como si supiera más de lo que dejaba entrever.
—Sí. ¿Poder seguirte? —inquirió Juan, atraído por la figura enigmática ante él.
—Bien —respondió el hombre, sin vacilar.
Durante los días siguientes, Juan proveyó comida, cazando pecaríes y recolectando frutos que compartía con el hombre. Una tarde, ambos estaban sentados junto al fuego, el crepitar de las llamas y el aroma de carne asada llenando el aire. El crepúsculo pintaba el cielo de un color carmesí, y las sombras de la noche comenzaban a estirarse sobre ellos.
El hombre rompió el silencio con una pregunta inesperada.
—Juan, ¿conoces mi edad?
Juan lo miró a los ojos, intentando calcular sin éxito.
—No —respondió, intrigado.
—Cien años —dijo el hombre, su voz suave y cargada de un conocimiento ancestral—. Y tengo un secreto.
Con manos fuertes, el hombre sacó de su chaleco una pequeña botella de vidrio oscuro. La movió frente al fuego, y el líquido en su interior reflejó un brillo extraño.
—Una gota de esto puede matar a un toro, pero en el cuerpo correcto, hace milagros —dijo, entregándole la botella a Juan. El aroma metálico del líquido impregnaba el aire.
Juan lo recibió, sintiendo el peso del frasco en su mano.
—Es una amalgama. El ingrediente secreto está al borde de la extinción. Cuídate de no exceder la dosis —le advirtió el hombre, su mirada ahora seria, como si cada palabra tuviera el peso de un destino inevitable.
Con la botella bien guardada, Juan caminó de regreso al pueblo. La tierra crujía bajo sus pies, y el aire nocturno era fresco y pesado, cargado con la promesa de algo extraordinario. El milagro que le habían prometido aguardaba en su futuro, y cada paso lo acercaba a esa posibilidad desconocida.
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