Kill demon, capitulo 9.

 Judith y el papa se encontraban en el último piso, un espacio vasto y oscuro, donde el único foco de luz provenía del centro: una jaula imponente, adornada con símbolos sagrados, estrellas de David y cruces cristianas. En su interior, suspendido en el aire, flotaba un objeto resplandeciente como una perla. La intensidad de su luz era cegadora, similar a la de un sol atrapado en una diminuta esfera, proyectando destellos que reverberaban en las paredes y envolvían el lugar en un resplandor dorado y sagrado. 


Judith avanzó, sintiendo el calor de la luz acariciarle el rostro. Alzó su mano, extendiéndola hacia la jaula, con la intención de liberarlo. Pero al tocar la barrera invisible que rodeaba la perla, sintió una fuerza impenetrable, un poder que rechazaba cualquier intento de penetración. Su mano fue empujada hacia atrás por una energía que la hizo estremecerse. 


El papa, observándola en silencio, finalmente habló. 


—Lleva mil quinientos años encerrado —dijo con una voz grave, casi reverencial—. Hemos intentado romperlo con todos los artefactos eclesiásticos posibles. Solo puede ser abierto con una combinación que yo conozco.


El brillo de la perla reflejaba en los ojos del papa, que, tras una pausa, dio un paso hacia la jaula y extrajo de sus ropajes una llave. Pero no era una llave cualquiera; era un objeto extraño, de aspecto maleable, que cambiaba de forma entre sus dedos. La textura de la llave parecía ondular como una corriente de agua bajo su control.


—La clave me fue comunicada hace cincuenta años. Espero recordarla —susurró, y un temblor recorrió su voz.


Con cada movimiento, el papa sudaba a mares, su mano temblorosa intentando moldear la llave. Su respiración era pesada, mientras manipulaba el objeto polimórfico con precisión. La llave, después de varios ajustes, se adaptó finalmente a la cerradura de la jaula. Al insertar la llave y girarla, un sonido metálico resonó en la habitación, y la barrera luminosa se desvaneció en un susurro, como si un pesado aliento escapara al liberar siglos de encierro.


La jaula se abrió, y de la perla surgió un destello. Judith retrocedió, parpadeando ante la súbita e intensa emanación de luz. Aquel resplandor se expandió hasta tomar forma: una figura etérea, iridiscente, flotaba frente a ellos. Su presencia no era de este mundo. Un halo de energía pulsaba alrededor del ser, alterando el aire con una intensidad que Judith sentía en cada fibra de su cuerpo. Era como si el ambiente mismo fuera desgarrado por la presencia de aquella entidad, haciendo vibrar el suelo bajo sus pies y el aire en sus pulmones.


En ese instante, Judith comprendió la verdadera naturaleza de lo que había sido liberado. El ser flotaba, proyectando una sombra inmensa que se cernía sobre ella y el papa. Sus ojos no tenían forma definida, pero en ellos Judith sintió una mirada penetrante, una inteligencia antigua y despiadada. Los símbolos religiosos en las paredes parecían atenuarse, incapaces de contener la pureza de aquella esencia, que era tanto poder como amenaza.

Judith cargó su mano con una energía oscura y, con un grito feroz, lanzó un ataque de garras infernales hacia el demonio. La fuerza del ataque desgarró el aire, enviando un estruendo que resonó por toda la sala. Unas líneas de fuego oscuro cruzaron la distancia entre ellos, creando una estela ardiente que chisporroteaba y crepitaba al avanzar. El ataque impactó de lleno, o al menos eso parecía, en la densa y etérea figura del demonio. Sin embargo, el ser permaneció inmóvil, sin mostrar ni el más mínimo atisbo de dolor o sorpresa. Los restos del fuego se extinguieron en su superficie sin dejar rastro, como si aquella entidad estuviera completamente fuera del alcance del daño.


Antes de que Judith pudiera reaccionar, el demonio se envolvió en una oscuridad tangible, y de él surgió un vórtice de llamas rojas y negras que rugían con una fuerza abrumadora, como un huracán infernal desatado desde lo más profundo del abismo. En un instante, Judith sintió una presión en el pecho que la arrastraba sin control, como si mil manos invisibles la empujaran hacia el centro de la tempestad. El fuego la envolvió, quemando con una intensidad tal que incluso el aire se hacía difícil de respirar. Su piel se estremecía, y cada aliento era una mezcla sofocante de calor y cenizas.


Mientras el torbellino continuaba absorbiéndola, Judith cerró los ojos y se concentró. Desde el fondo de su ser, invocó una oleada de energía ardiente, alimentada por su propia determinación y furia. Con un grito gutural, liberó una onda expansiva de energía que brotó de su cuerpo como una erupción, una fuerza incandescente que golpeó en todas direcciones, desgarrando el huracán con una fuerza que hizo vibrar el suelo. La oscuridad y las llamas a su alrededor se disiparon en un instante, y Judith cayó de pie, jadeante, con el cuerpo ardiendo de adrenalina.


Al abrir los ojos, el entorno había cambiado por completo. Ya no estaba en aquella sala oscura y opresiva, sino en el corazón de un bosque sombrío. Todo estaba sumido en una penumbra casi irreal, donde las sombras de los árboles se extendían largas y retorcidas, como si estuvieran vivas y acechantes. El suelo estaba cubierto de hojas secas que crujían bajo sus pies, y el aire, frío y denso, olía a tierra húmeda y a madera en descomposición. 


A lo lejos, el sonido del viento agitaba las copas de los árboles, creando un murmullo constante, casi hipnótico, que ocultaba los movimientos del demonio. Judith sintió un escalofrío recorrerle la columna mientras buscaba a su enemigo. Sabía que la segunda ronda había comenzado, y en esta ocasión, el demonio ya no subestimaría sus habilidades. Escuchó un susurro profundo, como un eco que reverberaba en la negrura del bosque, y se giró rápidamente, alerta.


De las sombras, una figura difusa comenzó a formarse, los ojos del demonio brillando como carbones encendidos, observándola. Judith tensó sus músculos, su respiración entrecortada en la fría noche del bosque. Sabía que cada segundo contaba y que, en esta ronda, la victoria o la derrota dependerían de su capacidad para mantener la calma y encontrar una nueva estrategia.

Judith corría en círculos alrededor del demonio, liberando una serie de ondas expansivas que resonaban en el aire como truenos. La fuerza de cada explosión empujaba al ser astral hacia atrás, sacudiendo su etérea figura y cubriendo el bosque en un brillo titilante de energía pura. El demonio, que intentaba una y otra vez formar aquel huracán infernal, parecía incapaz de concentrarse. Cada vez que sus brazos fantasmales comenzaban a girar, una nueva onda expansiva de Judith lo interrumpía, haciendo que el vórtice se desvaneciera antes de formarse por completo.


Mientras Judith se desplazaba rápidamente, notó algo peculiar: en el centro de la figura difusa del demonio brillaba una esfera, pequeña y familiar. Era la perla que había visto antes, aquella que había contenido al ser. Esa perla parecía ser el núcleo que mantenía unido al demonio. Decidida, Judith concentró toda su energía en una poderosa onda expansiva y, con una garra extendida, lanzó un golpe directo hacia la perla. Al contacto, el impacto resonó en el aire como un eco metálico, y el demonio se tambaleó, su forma astral temblando como si fuera un humo desestabilizado.


Pero el demonio, herido y furioso, respondió de inmediato. Una energía oscura salió disparada de sus ojos, impactando a Judith con un ataque directo a su mente. De inmediato, sintió un dolor abrasador que la hizo caer de rodillas. La visión del bosque se desvaneció, y su consciencia descendió a un abismo profundo y oscuro, como si hubiera sido arrastrada a su propio subconsciente. 


Allí, en la penumbra, Judith se vio a sí misma en forma humana, frente a un espejo. Su reflejo no era humano, sino una versión demoníaca de sí misma, con ojos rojos brillantes y una sonrisa feroz. La figura en el espejo extendió una mano hacia ella, invitándola a fusionarse. Judith retrocedió, confundida, mientras su otra mitad la observaba intensamente, susurrando: "¿Quién eres?". Las palabras resonaban en su mente, como una reverberación sin fin que llenaba cada rincón de su psique. Judith, presa del conflicto, sentía que su identidad humana se desmoronaba lentamente bajo el peso de aquella presencia demoníaca que exigía control.


En ese mismo instante, en el mundo exterior, el demonio astral, aprovechando la debilidad de Judith, logró generar nuevamente el huracán infernal. Las llamas giraban con un calor opresivo, y el rugido del vórtice llenaba el bosque con un estruendo ensordecedor. 


Pero entonces, en su subconsciente, la parte bestial de Judith lanzó un grito feroz, desgarrando el espejismo mental en el que estaba atrapada. De pronto, se sintió arrastrada de vuelta al mundo real, aunque aún aturdida por los ecos de su mente, donde las dudas sobre su identidad seguían resonando. Desorientada, pero llena de ira, Judith dejó que su parte demoníaca tomara el control. Rugió con una potencia capaz de cortar el viento, liberando una energía intensa que logró impactar una vez más al demonio astral, desintegrando su huracán. La criatura etérea se tambaleó, debilitada y furiosa.


Entonces, como si el golpe los hubiese transportado, ambos se encontraron de nuevo en el Vaticano, en aquella sala de altos muros y silencio denso. Judith respiró con dificultad, sabiendo que la tercera ronda estaba a punto de comenzar. La tensión en el aire era casi palpable, y el demonio la observaba fijamente, sus ojos refulgiendo con un odio profundo.

Judith cargó de frente hacia el demonio con un rugido que retumbó en los muros del Vaticano, su mirada fija en la perla brillante que flotaba en el núcleo de la criatura etérea. El demonio, reaccionando al ataque, liberó una serie de ráfagas de fuego infernal que se propagaban en ondas expansivas. Cada ráfaga era un muro de calor abrasador que desbordaba el espacio, iluminando todo con un resplandor rojizo que danzaba en las sombras. Judith sintió la presión de las explosiones, el fuego quemando su piel, el aire cargado de ceniza raspando su garganta y llenándola de un sabor metálico y acre, como el hierro.


Pero no se detuvo. Su cuerpo ardía, pero su voluntad era inquebrantable. A cada paso, esquivaba o absorbía el fuego, sus movimientos rápidos y feroces. La distancia entre ellos se acortaba con cada avance. Al estar cerca del demonio, este redobló sus ataques, lanzando ráfagas cada vez más potentes, acompañadas de un eco profundo y estremecedor, como si el mismo suelo del Vaticano temblara bajo el peso de la energía desatada.


Finalmente, con una maniobra ágil, Judith saltó por encima de la última onda expansiva, lanzándose directamente hacia el núcleo de la criatura. Extendió su garra, sintiendo el calor abrasador del demonio y el poder de la perla que pulsaba en su centro, como si tuviera vida propia. En el instante en que sus dedos tocaron la perla, el demonio emitió un grito desgarrador, una mezcla de furia y desesperación. La criatura respondió tratando de aferrarse a la perla, envolviendo las manos de Judith con tentáculos de fuego y sombras.


La lucha que siguió era una danza violenta. Judith tiraba de la perla, mientras el demonio intentaba arrancarla de su agarre, generando ondas de energía que explotaban en destellos cegadores y vibraciones que sacudían la habitación. Cada vez que el demonio tiraba, Judith sentía que su propia fuerza se drenaba, como si estuviera peleando contra el peso de un océano oscuro que amenazaba con ahogarla. Pero ella se aferró con todo su ser, su respiración pesada y profunda, sus músculos tensos al límite.


El demonio cambió de estrategia, redoblando el ataque con sus tentáculos de fuego, envolviendo a Judith en una prisión abrasadora que le quemaba la piel y hacía que el dolor se convirtiera en un ardor insoportable. Sin embargo, en medio del sufrimiento, Judith sentía la energía dentro de ella, una fuerza que crecía con cada segundo que mantenía el agarre sobre la perla. Se dio cuenta de que, al estar en contacto con el objeto, su propia energía se fundía con la de la perla.


En un último acto de fuerza, Judith concentró toda su energía y lanzó un grito de guerra, un sonido que se fundió con el eco de las llamas y resonó como un trueno. Tiró de la perla con una fuerza descomunal, y finalmente, en un instante decisivo, la perla cedió. Judith apretó el objeto con tal intensidad que la superficie empezó a agrietarse, y luego, en un estallido brillante, la perla se rompió en mil pedazos. El demonio emitió un alarido final, disolviéndose en el aire en un torbellino de sombras y cenizas que se desvanecieron en silencio.


Judith cayó al suelo, respirando agitadamente. El calor y el eco de la batalla aún resonaban en el ambiente, pero la victoria era suya.

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