Kill demon, capitulo 8.
Habían pasado horas desde el último combate, y Judith se encontraba en el segundo nivel, un espacio cavernoso enterrado en las profundidades del Vaticano. El aire aquí era más denso, sofocante, cargado de una humedad que empapaba su piel. La oscuridad era casi tangible, interrumpida solo por la débil luz de antorchas colgadas en las paredes de piedra, que proyectaban sombras danzantes y deformes a lo largo del corredor. El eco de sus pasos resonaba, como si los muros mismos la observaran en silencio. Había liberado cinco demonios, cada uno más imponente y temible que los anteriores.
El suelo de piedra rugosa bajo sus pies tembló levemente cuando el primero de los demonios surgió de las sombras. Su cuerpo masivo estaba cubierto por escamas negras que relucían bajo la luz parpadeante de las antorchas. A su alrededor, el aire crepitaba como si estuviera cargado de energía eléctrica. El demonio dejó escapar un rugido que resonó en las entrañas de la caverna, un sonido tan profundo que Judith sintió cómo le vibraba el pecho. Su aliento era fétido, un hedor sulfuroso que impregnaba el aire y quemaba sus pulmones.
Otro demonio se arrastraba por las paredes, su cuerpo alargado y retorcido se movía como una serpiente inmensa, mientras sus garras arañaban la piedra, dejando surcos profundos a su paso. El sonido de las garras raspando la roca era agudo, casi insoportable, como un chillido que resonaba en el cráneo de Judith. Un tercer demonio, cubierto de espinas que destellaban como obsidiana, emergió detrás de él, sus ojos brillando con un rojo infernal, fijos en Judith como si fuera un premio a reclamar.
Sin embargo, Judith no retrocedió. Su cuerpo emanaba una energía casi palpable, una fuerza oscura que resonaba con los demonios. Podía sentir el poder de los cinco seres resonando en el aire, una mezcla de odio, hambre y una maldad primigenia que llenaba cada rincón del lugar. Los demonios avanzaron, sus pasos pesados retumbaban en el suelo como truenos lejanos, pero Judith estaba lista.
Con un movimiento rápido, levantó ambas manos y desató una ráfaga de energía oscura. El aire vibró con un zumbido bajo, como si la misma realidad se estuviera partiendo en dos. Las llamas oscuras que brotaron de sus dedos envolvieron a los demonios en una tormenta de caos. El calor que emanaba era abrasador, sofocante, haciendo que el ambiente se llenara de humo acre, cargado de azufre y cenizas.
Los demonios rugieron, sacudiéndose dentro del fuego, pero Judith no cedió. Sus ojos, brillando como dos brasas ardientes, se clavaron en ellos, mientras la oscuridad a su alrededor parecía alimentar sus poderes. Los crujidos de las espinas al quebrarse, los gruñidos ahogados por el fuego y el olor a carne quemada llenaban la caverna, mezclándose con los ecos de la batalla.
Finalmente, cuando el último demonio cayó, el silencio regresó, pero el aire seguía vibrando con la energía residual del enfrentamiento. Judith respiró hondo, sus sentidos aún embriagados por el poder que emanaba de su cuerpo.
Judith se encontraba de pie en medio de la penumbra, rodeada por los restos humeantes de los demonios que había derrotado. La energía en el aire aún vibraba, como una cuerda tensa que no había sido liberada. A su alrededor, los cuerpos inertes de los cinco demonios comenzaban a desintegrarse lentamente, sus formas monstruosas reduciéndose a montones de cenizas. El olor a azufre y carne quemada impregnaba el ambiente, espeso y nauseabundo, pero Judith no parpadeó ni retrocedió. Sentía su estómago retorcerse, pero no por el asco, sino por el hambre insaciable que ahora la dominaba.
Los demonios, aún agonizantes en sus últimos momentos de existencia, emitían unos gemidos bajos, guturales, que resonaban en las paredes de la caverna como ecos lejanos. Sus cuerpos despedían una energía oscura, un poder crudo que fluía como un río invisible, y Judith lo sentía palpitar a su alrededor, llamándola, tentándola. Su propia esencia, una mezcla entre lo humano y lo sobrenatural, reaccionaba a esa energía. Era como una conexión primal, una necesidad de devorar, de absorber aquello que había destruido.
Sin dudarlo, se acercó al primer demonio. Su piel, aunque carbonizada por el fuego de la batalla, aún latía con una oscura vitalidad. Judith se inclinó sobre el cuerpo, su respiración profunda, lenta. Cuando abrió la boca, un destello oscuro brotó de su interior. Sus colmillos, afilados como cuchillas, brillaron por un instante bajo la tenue luz de las antorchas. Hundió los dientes en la carne del demonio, y el sabor amargo y metálico de su sangre la golpeó con fuerza. Era denso, casi viscoso, y cada gota que pasaba por su garganta quemaba como ácido, pero al mismo tiempo, era embriagador. Sentía cómo esa energía demoníaca se derramaba en su interior, fusionándose con su propia esencia.
Cada mordida era una explosión de sensaciones. El calor de la carne demoníaca era abrasador, quemándole la lengua y la garganta, pero con cada bocado, una oleada de poder recorría su cuerpo, envolviendo sus músculos y llenando sus venas. El sabor de la carne cambiaba, mezclándose con una especie de energía eléctrica que hacía vibrar sus dientes y resonaba en sus huesos. Podía sentir los gritos de los demonios aún en su boca, su esencia resistiéndose, pero no tenía oportunidad. Judith devoraba no solo la carne, sino también su alma, absorbiendo todo rastro de poder y vida que aún les quedaba.
El segundo demonio fue más fácil, su cuerpo ya debilitado por el fuego, y Judith lo consumió con una voracidad inhumana. La carne de este era más amarga, su sangre más espesa, como alquitrán, pegándose a su lengua y bajando lentamente por su garganta. Pero Judith no se detenía. Cada pedazo, cada trago de esa oscuridad líquida, la hacía sentir más fuerte, más imparable.
Conforme avanzaba, el resto de los demonios cayeron ante su hambre insaciable. Sus ojos brillaban con un fulgor oscuro, y sus manos, cubiertas de sangre negra y espesa, temblaban con el exceso de poder que fluía por su cuerpo. La caverna misma parecía resonar con su energía, vibrando con una intensidad palpable.
Cuando terminó, Judith se levantó, la boca aún manchada de sangre demoníaca. El aire estaba cargado de esa energía oscura que ahora era parte de ella, y los restos de los demonios se habían desvanecido por completo, absorbidos por su hambre, el papa no podía hacer sino mirar con horror.
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