Kill demon, capitulo 7.
Judith se encontraba en el cuarto privado del Papa, un espacio decorado con una opulencia contenida, donde las paredes estaban adornadas con tapices antiguos y el aire era denso con el olor a incienso y cera de velas. La tenue luz que entraba a través de las ventanas filtraba apenas los detalles del entorno, proyectando sombras largas y deformadas sobre los muebles barrocos. El crujido de las alfombras bajo los pies del Papa era el único sonido que rompía el silencio.
Su corazón latía con fuerza, pero su rostro no mostraba emoción alguna. El Papa se acercó con pasos lentos, su sotana rozando el suelo de mármol pulido. Su mirada la recorrió, aunque en sus ojos no había piedad ni compasión, solo el frío cálculo de un hombre que creía tener poder absoluto. Él la había confundido con una chica joven, apenas una adolescente, tal como había solicitado en su privacidad. La confusión jugaba a su favor.
Cuando la mano del Papa se posó en su pierna, un escalofrío recorrió su piel, no por el tacto en sí, sino por la audacia del hombre que se creía intocable. La textura de los dedos arrugados era como un recordatorio de la corrupción que se ocultaba bajo el velo de la santidad. Su piel se tensó bajo el contacto, pero no se apartó. En lugar de eso, una sonrisa se dibujó en su rostro, una sonrisa que desentonaba en aquel ambiente sacro, una sonrisa que no era humana.
El Papa no lo notó al principio, pero algo cambió en el aire, como si la temperatura del cuarto hubiera descendido repentinamente. Judith, con una voz grave y cargada de intención, le susurró al oído: "Ahora me llevarás con los demonios, cerdo asqueroso".
El hombre se congeló por un segundo, el sonido de esas palabras perforando su conciencia como si estuviera oyendo una sentencia inminente. El tono no era de una chica asustada, sino de algo más oscuro, más poderoso. Judith lo había atrapado.
La sonrisa del Papa vaciló mientras trataba de mantener la compostura, pero sus manos temblaron ligeramente al buscar en su sotana las llaves especiales. El sonido metálico resonó en la habitación mientras sacaba un manojo de llaves antiguas, cada una con un diseño intrincado. Con pasos pesados, caminaron hasta una puerta de madera al fondo de la sala, casi imperceptible entre las sombras. Las bisagras rechinaron cuando el Papa, aún tembloroso, introdujo la llave correcta y la giró con dificultad.
La puerta se abrió con un chirrido profundo, revelando un pasaje oscuro y estrecho que descendía hacia las entrañas del Vaticano. El aire que emergía de la abertura era húmedo y frío, impregnado de un olor a piedra antigua y a algo más que no se podía identificar fácilmente, como si el mismo mal se filtrara desde el subsuelo.
Judith no lo dudó ni un segundo. Empujó al Papa para que avanzara primero, y juntos, descendieron por la escalera de piedra que llevaba a lo más profundo, donde los secretos más oscuros de la Iglesia aguardaban en silencio.
El Papa, sintiéndose incómodo en la presencia de Judith, proclamó que era hora de retirarse, sus palabras temblando como hojas en un viento frío. Judith, sin embargo, no tenía intención de dejarlo ir. Con una sonrisa que desbordaba un brillo malévolo, le respondió: “me acompañaras en esta aventura"
Apenas terminó de hablar, un cambio drástico se apoderó de ella. Su forma comenzó a retorcerse y transformarse, el aire vibrando a su alrededor con una energía palpable. Su piel se cubrió de un pelaje oscuro y espeso, que parecía absorber la luz, mientras que sus ojos, antes humanos, se tornaban en un rojo intenso y resplandeciente. Las garras afiladas reemplazaron a sus manos, y su cuerpo se encorvó en una figura imponente, que parecía surgir de las sombras mismas.
El Papa retrocedió, su expresión una mezcla de horror y asombro. Pero Judith no le dio oportunidad para reaccionar. En un movimiento rápido, extendió su brazo y de su pelaje surgieron tiras que se transformaron en lianas ardientes, que se enroscaron alrededor del Papa con una fuerza inhumana. sintió el frío del metal y la calidez del fuego al mismo tiempo, una sensación que lo llenó de terror.o
Con un movimiento de su muñeca, las lianas se ajustaron, dejando al Papa inmovilizado, un cautivo ante su propio altar.
Sin esperar más, Judith levantó la mirada hacia la oscuridad del pasillo subterráneo. Con un grito que retumbó en las paredes, desató una ráfaga de fuego. El calor estalló en el aire, un torrente de llamas que iluminó el lugar, lanzando sombras danzantes que se proyectaban en las piedras. Los objetos a su alrededor, desde estatuas de santos hasta ornamentos de oro, fueron consumidos rápidamente, desintegrándose en cenizas.
El sonido del fuego crepitando llenó el aire, un canto salvaje que parecía reírse de la pompa y la solemnidad del Vaticano. A medida que el fuego se extendía, comenzó a liberar un humo negro y denso, que se deslizó por el pasillo como una serpiente. Era un olor acre, una mezcla de madera quemada y algo más oscuro, como el eco de antiguas almas atrapadas.
El rugido del fuego resonó en sus oídos cuando, de repente, el suelo tembló. Las sombras se agitaron, y con un estruendo ensordecedor, la pared se desgajó, revelando un portal oscuro. De él surgió una horda de demonios, figuras grotescas que emergieron de la penumbra, sus ojos brillando con un fervor insaciable. La atmósfera se llenó de susurros de voces ancestrales y risas macabras, que se entrelazaban con el eco del fuego.
Judith, con una sonrisa de satisfacción, observó cómo los demonios se dispersaban, desatando el caos a su alrededor. Era una sinfonía de destrucción, el Vaticano transformándose en un campo de batalla, y en su corazón latía una emoción nueva: el poder. El Papa, aún atado, comprendió que había desatado no solo a sus demonios, sino a la furia de una fuerza que ya no podía controlar.
Judith, en medio del caos y la destrucción, sintió una locura electrizante recorrer su ser. La energía que emanaba de ella era casi tangible, una fuerza primigenia que pulsaba en el aire. Con un grito que resonó como un trueno, desató una abrumadora cantidad de ataques, cada uno cargado de ira y libertad.
Las ráfagas de energía surcaban la oscuridad, iluminando el pasillo subterráneo con destellos intensos. Judith se movía con una gracia casi sobrenatural, sus garras reluciendo mientras apuntaba a los demonios que surgían del portal. Cada golpe era un relámpago, cada explosión de energía un canto de victoria. Los demonios, figuras grotescas y deformes, no pudieron resistir el torrente de poder que caía sobre ellos. Uno tras otro, caían bajo la devastadora fuerza de sus ataques, como hojas secas en un torbellino.
El aire se llenó del zumbido de la energía, un sonido casi hipnótico que vibraba en sus oídos. El calor de las explosiones se sentía en su piel, una brisa ardiente que la envolvía, alimentando su locura. Cada demonio que caía dejaba una estela de humo negro y cenizas que se disolvía en el aire, pero Judith no se detuvo. Había algo más, un instinto profundo que la impulsaba a seguir.
Cuando el último demonio fue aniquilado, el eco de la batalla se desvaneció, dejando un silencio tenso. Judith, respirando con dificultad, sintió una sed voraz. En el suelo, los cuerpos derrotados comenzaron a transformarse, como si su esencia se desnudara ante ella. Las energías oscuras se agrupaban, creando un líquido espeso y oscuro, que burbujeaba y chisporroteaba, emanando un aroma intenso, casi embriagador.
Judith se agachó, mirando con avidez el líquido que se formaba. Un coctel tentador, vibrante y lleno de matices, que prometía energía y poder. Con movimientos rápidos y precisos, utilizó su garra para recogerlo en un pequeño recipiente que había encontrado entre los escombros. Era un brebaje oscuro, con destellos de rojo y morado que danzaban en su interior, un espectáculo hipnótico.
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