Kill demon, capitulo 6.

 Judith se encontraba en una iglesia silenciosa, un espacio que no encajaba del todo con las imágenes solemnes de la tradición ortodoxa. Los vitrales filtraban una luz suave, proyectando figuras abstractas de colores en las paredes, donde los ecos de sus pasos parecían ser tragados por las sombras de las esquinas. El aroma del incienso, apenas perceptible, flotaba en el aire, envolviendo la escena en una calma pesada. Frente a ella, una imagen de Cristo colgaba, de mirada lánguida, como si él mismo estuviera cargado de dudas, incapaz de ofrecer consuelo.


Judith se acercó lentamente al altar, sus ojos fijos en los pliegues del manto de Cristo pintado, en sus manos, en sus pies perforados por los clavos. El peso de sus pensamientos se hacía cada vez más tangible, casi como si el frío de la piedra bajo sus rodillas se filtrara a su alma. Susurró para sí misma, apenas audible: "Estoy llena de pecado". Las palabras resonaron en su mente, y no pudo evitar el escalofrío que le recorrió la espalda.


Un sacerdote, que la había observado desde una distancia respetuosa, se acercó con pasos suaves, su sotana rozando el suelo como una caricia de seda sobre las piedras antiguas. Se inclinó un poco hacia ella, y en su voz había una mezcla de compasión y serenidad.


"¿Algo te angustia, hija?", preguntó con delicadeza.


Judith no levantó la vista. Sentía que la imagen de Cristo la miraba, como si supiera lo que ocultaba dentro de sí. "Estoy llena de pecado", repitió, esta vez en un susurro más fuerte, casi esperando una condena inmediata.


El sacerdote inclinó ligeramente la cabeza, en un gesto pensativo. "El pecado es en obra, es externo, no interno, hija", le respondió, sus palabras eran suaves, casi arrulladoras. 


Judith, aún sin atreverse a mirarlo, insistió, con la voz temblorosa: "Mis deseos son pecaminosos".


Hubo una pausa, cargada de significado. El sacerdote respiró profundamente antes de hablar, con un tono que revelaba su propia frustración hacia ciertos dogmas antiguos. "Ese es el mayor error de la Iglesia", dijo, la intensidad de sus palabras rompiendo un poco la serenidad del lugar. "El castigo al cuerpo... no existe pecado en lo que se desea. Es la obra la que conforma el pecado".


El corazón de Judith latió con fuerza. Sentía un nudo de dudas apretándose en su pecho. "¿No son justamente los impulsos los que crean las obras pecaminosas?", preguntó con urgencia.

El sacerdote la miró con una sonrisa suave, pero cansada. "No", respondió con convicción. "Es la forma en que reaccionas a ellos lo que es el pecado".


Judith cerró los ojos, luchando por entender. "¿Y cómo debería reaccionar?", susurró finalmente, sintiendo que estaba en el borde de un abismo.


"Solo tú puedes responder eso", contestó el sacerdote, con una firmeza que hizo eco en la nave vacía de la iglesia.


Judith se levantó lentamente, sintiendo la frialdad de la piedra despegarse de sus rodillas. Se retiró, buscando el silencio de su mente, dispuesta a mirar al monstruo de frente.

Judith se sentó en el suelo frío de su habitación, cerrando los ojos con la intención de meditar. El silencio envolvía el espacio, roto solo por el suave sonido de su respiración. Al concentrarse, se deslizó lentamente hacia un abismo mental, sumergiéndose en la oscuridad que, en otras ocasiones, la habría hecho huir. Esta vez, sin embargo, no lo hizo. Sintió el tirón de la oscuridad y, en lugar de resistir, permitió que su mente nadara hacia adentro, hacia lo desconocido.


Pronto, fue absorbida por una devastadora explosión. Todo su ser vibró, como si estuviera al borde de la desintegración. Los colores, intensos y caóticos, estallaron en su mente, y por un momento perdió toda noción de sí misma. Cuando la luz y el sonido se apagaron, la nada la envolvió. Sin embargo, en esa vastedad vacía, algo comenzó a emerger.


Frente a ella, un espejo apareció de repente. Era enorme, con un marco de hierro retorcido, frío al tacto. Se miró en el reflejo, pero lo que vio no era ella misma. En su lugar, un demonio la observaba, esa forma horripilante de creatura peluda. Judith retrocedió un paso, sus pies tropezando con el vacío, pero no había lugar adonde ir.


"¿Quién soy?", una voz profunda resonó, no desde la figura en el espejo, sino desde todas partes, como un eco que reverberaba en su mente. "¿Quién soy?", se escuchaba una y otra vez, más fuerte, hasta que parecía que las palabras mismas iban a destrozar su mente.


Judith no respondió. En lugar de eso, siguió caminando. Cada paso que daba la llevaba a un nuevo escenario. La oscuridad se desvaneció, y ella fue lanzada a diferentes lugares con una velocidad que la mareaba. Primero, un paisaje desolado, donde demonios de diversas formas y tamaños deambulaban en silencio, sus sombras proyectándose en las montañas como gigantes. Luego, un palacio en ruinas, donde una figura oscura se arrodillaba ante un trono vacío, una corona oxidada a sus pies. Finalmente, se encontró en el Vaticano, caminando por las vastas salas de mármol, bajo las enormes cúpulas y vitrales de colores.


Allí, se observó a sí misma, de pie frente al Papa. Su yo reflejado parecía calmado, en control, conversando con una fluidez que no reconocía. Podía oírse a lo lejos, pero las palabras no eran claras, como si estuvieran ahogadas por la distancia. 

De repente, sintió una fuerza tirando de ella, arrancándola de esa visión. Una sensación de vértigo la invadió cuando su mente fue devuelta a la oscuridad, y luego, a la realidad.


Judith abrió los ojos de golpe, su respiración rápida y superficial. El latido de su corazón resonaba en sus oídos, y sus manos estaban frías, temblando ligeramente. 

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