Kill demon, capitulo 5.
Judith se hallaba nuevamente en aquel oscuro mundo, como si cada respiro la sumergiera más en la aplastante negrura que la rodeaba. El aire, denso y sofocante, no llenaba sus pulmones, y cada intento de respirar se sentía como si un peso invisible la aplastara, impidiéndole escapar. La oscuridad no era solo una ausencia de luz, era algo vivo, una presencia que la envolvía, que se pegaba a su piel como una segunda capa de existencia. Alrededor, el silencio era absoluto, roto únicamente por un sonido espantoso: un estómago rugiendo, profundo y visceral, que reverberaba en la vasta negrura. Judith intentó moverse, pero su cuerpo estaba anclado al suelo inestable, una mezcla entre solidez y vacío que hacía imposible cualquier avance.
El rugido continuó, más fuerte, más cercano, como si algo invisible y hambriento la acechara. Judith sintió cómo su propio cuerpo reaccionaba a ese sonido, su hambre renaciendo, cruda y dominante. Pero justo cuando la negrura parecía a punto de devorarla por completo, despertó con un sobresalto.
Se encontró tumbada en una calle empedrada. El frío de la piedra bajo su cuerpo era tangible, real, y el dolor que sintió al intentar moverse confirmó que estaba de vuelta en la ciudad. Su mente, aún atrapada en los ecos de su sueño, tardó en procesar dónde estaba. Al levantar la vista, vio las torres desmoronadas de edificios antiguos, sus fachadas grises cubiertas de hollín. La ciudad se extendía ante ella, sombría y desolada, como si el tiempo y el abandono la hubieran moldeado en ruinas.
Había caminado durante semanas, cada paso una repetición mecánica de un impulso que no entendía, pero que no podía ignorar. Las calles eran largas y serpenteantes, vacías de vida, con solo el eco de sus pasos acompañándola. Mientras avanzaba, una sensación nueva comenzó a llenar el aire. Un olor extraño, perturbador, la envolvió, como una mezcla de carne cruda y algo más oscuro, metálico. Su estómago, aún saciado de su último enfrentamiento, se retorció de manera involuntaria, como si reconociera el aroma antes que su mente.
De repente, sintió un golpe. No en su cuerpo, sino en su mente, un destello de oscuridad que la atravesó, como una ráfaga de viento helado que se filtró en su interior. Se detuvo en seco, su mirada escaneando la calle vacía hasta que la vio. Una anciana, encorvada y envuelta en harapos, se encontraba a pocos metros, observándola.
Judith sintió algo extraño al mirarla, como si la figura de la anciana estuviera desdibujada, fuera de lugar. Por un instante, la anciana levantó la cabeza y sus ojos, hasta entonces apagados, brillaron de un rojo intenso. El tiempo pareció detenerse mientras esas pupilas carmesíes se encontraban con los de Judith, como si en ese breve momento compartieran un conocimiento profundo y oscuro.
La conexión se rompió en un segundo. La anciana parpadeó, y sus ojos volvieron a ser los de una persona común. Sin decir una palabra, se dio la vuelta y desapareció en la bruma de la ciudad, dejando a Judith inmóvil, preguntándose qué acababa de ocurrir.
La noche envolvía la ciudad en un silencio casi sobrenatural. La luna, apenas visible entre las nubes pesadas, arrojaba una luz tenue y blanquecina sobre las calles desiertas, donde los edificios parecían sombras inquietantes. La anciana caminaba lentamente, con pasos arrastrados, su respiración entrecortada mezclándose con el susurro del viento. Las luces parpadeantes de los postes cercanos proyectaban sombras extrañas sobre su figura encorvada, que avanzaba como un espectro.
De repente, lo sintió. Un escalofrío recorrió su columna, erizándole la piel como si una mano invisible le rozara la nuca. La presencia detrás de ella era inconfundible, algo oscuro y voraz, acechándola desde las profundidades de la noche. Se detuvo en seco, el aire se volvió pesado, casi irrespirable, y el silencio, que antes parecía tranquilo, se tornó opresivo. Lentamente, con una mezcla de miedo y resignación, la anciana se volteó.
Allí estaba Judith, inmóvil bajo la luz pálida, su silueta oscura y sin expresión. Pero algo en sus ojos, un brillo intenso y frío, revelaba que no era solo una mujer caminando por la noche. La anciana la miró fijamente, y algo dentro de ella se rompió. Su cuerpo, envejecido y frágil, comenzó a retorcerse de manera antinatural. Sus articulaciones crujieron con un sonido seco, mientras sus manos se alargaban, y de su boca brotaron colmillos grotescos, afilados y relucientes bajo la escasa luz. Sus ojos, que en otro momento parecían apagados, ahora brillaban de un rojo profundo, como dos brasas encendidas en el oscuro abismo de su rostro deformado.
Pero Judith no retrocedió. En lugar de huir, su cuerpo respondió a la transformación de la anciana. Sin pensarlo, sintió cómo algo oscuro y primitivo se desataba en su interior. Su piel se tensó, sus músculos se contrajeron, y sus huesos se desplazaron dolorosamente mientras su propio cuerpo cambiaba. Sus dedos se alargaron en garras afiladas, y un rugido profundo, inhumano, escapó de su garganta.
La batalla fue rápida, brutal. En cuestión de segundos, Judith saltó hacia la anciana con una agilidad y ferocidad que ninguna criatura humana podría poseer. El sonido de carne rasgándose y huesos quebrándose resonó en la noche vacía. La anciana, aunque monstruosa, no fue rival. Judith, con una furia imparable, destrozó a la anomalía hasta reducirla a nada más que restos, fragmentos oscuros que se dispersaron en el viento.
Al acabar, el hambre que la había impulsado fue saciada. Por un breve instante, sintió una satisfacción profunda, casi eufórica, mientras volvía a su forma humana. El dolor de la transformación la atravesó nuevamente, pero esta vez fue más tenue, como una agonía familiar.
Judith se arrodilló en el suelo, jadeando. El sabor metálico de la sangre aún impregnaba su boca, y su cuerpo, tembloroso, se sentía al mismo tiempo lleno y vacío. Mientras su respiración volvía a calmarse, una sensación sombría se asentó en su pecho. Era evidente: esos instintos, esa furia imparable que la había dominado, no eran una simple necesidad pasajera. Eran un poder que la controlaba, que la arrastraba a ser algo que no quería ser. Cada vez que los dejaba salir, sentía que perdía un poco más de sí misma.
El aire dentro del Vaticano era pesado, cargado con el aroma del incienso que flotaba en el ambiente, impregnando las paredes de piedra antigua y los tapices gastados. La luz de los candelabros colgantes proyectaba sombras alargadas sobre los rostros de los presentes, mientras el Cardenal, ataviado con su túnica escarlata, caminaba con pasos firmes y calculados frente a un grupo de hombres. Estos guerreros, armados con espadas y alabardas que parecían sacadas de una era olvidada, observaban al Cardenal en un silencio reverente, pero también expectante.
“Se ha detectado una alta frecuencia sensorial en México”, dijo el Cardenal, su voz resonando con un eco sordo por las bóvedas del lugar sagrado. Hablaba con calma, pero con la autoridad de alguien que llevaba sobre sus hombros un secreto sombrío. Los guerreros intercambiaron miradas, sus rostros tensos bajo la luz vacilante.
Uno de ellos, un hombre de porte robusto y cicatrices en el rostro que hablaban de numerosas batallas, se atrevió a romper el silencio. “¿Un demonio?”.
El Cardenal se detuvo, girando lentamente hacia el grupo. “Así es”, respondió, sus ojos oscurecidos por la sombra que caía sobre su rostro. “Se trata de un nivel cinco”.
El susurro de armaduras y espadas al ajustarse fue lo único que rompió el silencio tras esa declaración. La revelación cayó sobre ellos como una losa de mármol, aplastante e inamovible. Un escalofrío recorrió la sala, y los guerreros, que hasta hacía un momento parecían inquebrantables, quedaron sin palabras, conscientes del peso de lo que se había dicho.
Uno de los hombres, más joven que los demás pero con un brillo de inteligencia en sus ojos, se adelantó un paso, su voz llena de incredulidad. “Su Santidad, ¿no se supone que el pecado es transitorio? ¿No nos enseñaron en teología que los demonios de nivel cinco son un mito? ¿Cómo puede existir una impureza absoluta ?”
El Cardenal lo observó en silencio durante unos segundos que parecieron eternos. El sonido de una gota de cera cayendo de una vela sobre el suelo resonó en la vasta sala. El ambiente, ya cargado, se tornó casi insoportable, como si el aire mismo se resistiera a ser respirado. Finalmente, el Cardenal habló, su voz tan baja que apenas rompía el silencio, pero cada palabra era clara y pesada. “En este momento, tengo tantas preguntas como tú”, finalizó, sus palabras envolviéndose en el eco de los muros, como si el propio Vaticano susurrara la verdad que ninguno quería escuchar.
Los guerreros permanecieron quietos, procesando el significado detrás de esas palabras. La mística del lugar parecía haberse transformado, lo que antes era sacro ahora cargaba una amenaza implícita. Afuera, el viento comenzó a aullar, como si el destino oscuro del que hablaban se aproximara con una rapidez inexorable. En ese instante, la fe que siempre había sido su escudo se sentía más frágil que nunca.
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