Kill demon, capitulo 4.
Judith había recorrido kilómetros antes de que su cuerpo finalmente cediera, la transformación desapareciendo lentamente hasta que su piel y músculos volvieron a su estado natural. El agotamiento la envolvía como un manto pesado, y apenas lograba mantenerse de pie cuando el anciano chamán del pueblo cercano la acogió en su humilde hogar. La pequeña cabaña olía a tierra húmeda y hierbas secas colgadas del techo, el aire espeso con el aroma de incienso y fuego de leña. El suelo de barro crujía bajo sus pies mientras se desplomaba en una estera hecha a mano, sin fuerzas para resistir.
El chamán, de cabellos grises y ojos penetrantes, la miró con una mezcla de compasión y preocupación. Escuchó en silencio mientras Judith le contaba lo sucedido, su voz temblorosa al recordar la sangre y los cuerpos destrozados. Él asintió lentamente, su rostro arrugado mostrando una expresión grave.
“Una posesión,” murmuró el anciano. “Eso es lo que te ocurre. Un demonio ha tomado tu cuerpo.”
Sin más palabras, el chamán comenzó a preparar un ritual. Judith observaba cómo recogía un puñado de hierbas secas, su olor a lavanda y romero inundando la habitación mientras las arrojaba al fuego. El humo se elevaba en espirales densas, envolviéndola con una calidez opresiva. Con cánticos en un idioma antiguo, el chamán esparcía polvo sobre su cuerpo, y la piel de Judith se estremecía bajo su toque.
A medida que el ritual avanzaba, Judith sentía cómo una pesadez inusual se apoderaba de sus extremidades. Sus párpados cayeron lentamente, pesados como plomo, y su mente se hundió en la inconsciencia.
Cuando abrió los ojos, ya no estaba en la cabaña. Se hallaba en un vasto mundo vacío, donde el horizonte parecía dividirse en dos. Una mitad del paisaje estaba bañada por una luz cegadora, pura e intensa, mientras que la otra estaba cubierta por una oscuridad impenetrable. Judith dio un paso hacia adelante, pero el suelo bajo sus pies era inestable, como si caminara sobre una superficie que cambiaba constantemente entre la solidez y la nada.
De repente, un rugido estomacal profundo resonó desde las entrañas de la oscuridad. Judith sintió cómo la negrura comenzaba a crecer, extendiéndose como una mancha de tinta derramada que devoraba el suelo, arrastrándose hacia ella. La luz retrocedía ante la sombra que avanzaba, y Judith sintió un terror primitivo, incontrolable, apoderarse de ella. Las sombras se alargaban, tomando formas distorsionadas que parecían susurrar su nombre. Cada latido de su corazón se sincronizaba con el pulso creciente de la oscuridad.
Justo cuando sintió que la oscuridad la tragaba, Judith despertó. Su cuerpo temblaba incontrolablemente, y un grito desgarrador escapó de sus labios.
El chamán la observaba desde el otro lado de la pequeña cabaña, horrorizado. Su rostro, antes sereno, estaba ahora contorsionado por el miedo. Sus ojos, abiertos de par en par, reflejaban una mezcla de incredulidad y terror. Dando un paso atrás, levantó una mano temblorosa para señalarla.
“Eres un monstruo,” murmuró, su voz apenas audible.
El chamán, con los ojos aún desorbitados de terror, señaló a Judith con mano temblorosa.
“Vete... y no regreses. Nunca,” murmuró, su voz rota por el miedo.
Judith no dijo nada. Una extraña calma se había apoderado de ella, algo frío y distante. Su mente estaba en otro lugar, su cuerpo ya no le pertenecía del todo. Al salir de la cabaña, la puerta se cerró con un golpe seco a sus espaldas, y el eco resonó en el aire nocturno como un golpe de sentencia.
La noche era fría, y el viento azotaba su rostro con una ferocidad que normalmente le habría causado incomodidad, pero ahora no lo sentía. Su piel no reaccionaba ante el frío, su cuerpo no temblaba. Caminó por el sendero de tierra. Sin embargo, algo se agitaba en su interior. Un hambre. No un hambre normal, como cuando el estómago gruñe por falta de comida, sino una sensación mucho más profunda, más visceral. La idea de comer carne o verduras le repugnaba. Intentó imaginar el sabor de un trozo de pan, pero le produjo un asco instantáneo. Su estómago se revolvía con solo pensar en comida ordinaria. No era lo que necesitaba.
El paisaje alrededor era árido, iluminado por una luna pálida que proyectaba sombras alargadas entre los árboles retorcidos y las rocas. A pesar de la distancia que había recorrido y el tiempo que había estado caminando, no sentía ni cansancio ni fatiga. Era como si su cuerpo funcionara de manera diferente ahora, más resistente. Cada paso resonaba como un eco vacío en el silencio nocturno.
Entonces, cuando ya no había nadie en los alrededores, sintió una mano dura sobre su espalda. Era un toque frío, firme, como si el aire se hubiese condensado en una fuerza tangible. Giró rápidamente y se encontró frente a una figura que parecía haber salido de una pesadilla. Un esqueleto rojizo, envuelto en una leve neblina oscura, con una mandíbula grotescamente amplia que se extendía en una sonrisa perversa. Sus cuencas vacías no mostraban ojos, pero irradiaban un desafío, como si aquel ser estuviera marcando su territorio, reclamando su dominio sobre ella.
El demonio no dijo nada, pero su presencia llenaba el aire con una energía asfixiante. Judith lo miró, sintiendo cómo la oscuridad en su interior se agitaba, creciendo como una sombra viva, expandiéndose desde el centro de su ser. Su piel comenzó a retorcerse, sus huesos a crujir. La transformación, rápida y brutal, la envolvió en cuestión de segundos. Cada fibra de su cuerpo se tensó y se distorsionó hasta que ya no era ella misma, sino algo mucho más feroz.
Con un rugido inhumano, Judith se lanzó hacia el demonio. El choque fue violento, el aire vibraba con la fuerza del enfrentamiento. En un abrir y cerrar de ojos, el esqueleto demoníaco fue reducido a pedazos. Su mandíbula, antes amenazante, ahora yacía destrozada en el suelo, mientras Judith lo devoraba, consumiendo su energía con una voracidad salvaje.
Cuando la oscuridad retrocedió y su cuerpo volvió a su forma humana, Judith se quedó de pie, jadeante. El aire estaba cargado de un olor metálico, a sangre y azufre. Pero el hambre... el hambre había desaparecido.
Comentarios
Publicar un comentario