El verdugo, capitulo 6.

 En el primer piso de un edificio de oficinas desolado, la penumbra envolvía los pasillos y las habitaciones en una sombra inquietante. Los mafiosos, agrupados en el piso más bajo del edificio, estaban inmersos en una tarea crítica. La habitación estaba repleta de papeles esparcidos, gráficos y números que representaban el descontrol financiero del imperio criminal. Cada hombre estaba enfocado en una tarea específica: contar, revisar, organizar, con la tensión palpable en el aire.


El edificio había sido una fortaleza de seguridad. Las paredes eran de concreto sólido, las ventanas, pequeñas y sin luz natural. Los pocos empleados que quedaban en el piso trabajaban en silencio, un murmullo constante de papeles y teclas de computadora resonando en el ambiente. Sin embargo, el silencio estaba a punto de ser roto por una serie de eventos que cambiarían la noche.


De repente, un escalofriante silencio descendió sobre el lugar. Los murmullos y el crujido de las sillas se detuvieron abruptamente, reemplazados por un vacío ominoso. Los mafiosos, en su mayoría desprevenidos, intercambiaron miradas confusas y nerviosas. La atmósfera se volvió densa, como si el aire mismo se hubiera vuelto pesado con la anticipación del peligro.


El primer indicio de lo que estaba por venir fue un susurro sordo, seguido por el estremecedor sonido de un dardo metálico cortando el aire. El atlatl, una antigua arma de lanzamiento, se desplegó en la oscuridad con una precisión letal. El dardo impactó en el pecho de un mafioso, atravesando la tela de su traje y la carne con un sonido húmedo y seco. El hombre apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de desplomarse al suelo, su cuerpo cayendo sin ruido alguno en el frío piso de concreto.


El caos se desató cuando más dardos siguieron el primero. Cada uno parecía moverse con una velocidad inhumana, perforando la oscuridad con su letalidad. Las figuras en la penumbra se desplomaban una tras otra, sin un grito ni una súplica. Los dardos, afilados y certeros, se clavaban en los cuellos y torsos, el metal cortando a través de la piel con una precisión escalofriante.


El sonido del impacto de los dardos y el golpe sordo de los cuerpos al caer eran las únicas señales de la carnicería. En el pasillo, los papeles que antes habían estado meticulosamente organizados estaban ahora esparcidos por el suelo, manchados con las primeras gotas de sangre. Los hombres que aún se mantenían en pie miraban alrededor con terror y confusión, intentando discernir de dónde provenía el ataque.


El aire se llenó del inconfundible olor a sangre y a pólvora, mezclado con el rastro de un miedo palpable. La luz tenue de las lámparas de techo parpadeaba intermitentemente, proyectando sombras danzantes sobre las paredes y acentuando la escena macabra que se desarrollaba en la oscuridad. Los ecos de los dardos volando y los cuerpos cayendo parecían resonar por todo el piso, creando un caos visual y sonoro que resultaba casi surrealista.


Cada disparo del atlatl estaba seguido por un breve estallido de luz, un destello fugaz que revelaba brevemente la brutalidad del ataque. Los mafiosos restantes, algunos tratando de encontrar refugio y otros arrastrándose por el suelo en busca de una salida, se encontraban atrapados en un torbellino de pánico y desesperación. Los gritos de los sobrevivientes, ahogados por el sonido constante de los disparos y el golpeteo de los cuerpos al caer, se mezclaban con el creciente clamor de la batalla.


El silencio, que una vez había sido un manto de calma, ahora se había convertido en el telón de fondo de una masacre implacable. Los pocos que quedaban en pie, atrapados y aterrorizados, enfrentaban una realidad cruel y despiadada: en el piso más bajo del edificio, la noche había sido reclamado por la muerte silenciosa del atlatl.

Un piso arriba del caos desenfrenado, el ambiente era notablemente diferente. La habitación, elegante y bien iluminada, estaba decorada con muebles de lujo y alfombras de terciopelo que absorbían el sonido de los pasos. El piso, de madera pulida, reflejaba la luz cálida de las lámparas de araña que colgaban del techo, creando un resplandor dorado que contrastaba con la oscuridad que se cernía más abajo.


A medida que el tiempo avanzaba, una inquietante quietud comenzó a llenar el espacio. Los mafiosos en este nivel, aparentemente seguros y despreocupados, estaban inmersos en discusiones acaloradas sobre la situación que se desarrollaba abajo. El murmullo de sus voces, mezclado con el crujido ocasional de los muebles, era la única distracción en el ambiente lujoso. Pero esta aparente tranquilidad estaba a punto de ser interrumpida por un espectáculo de horror.


Sin previo aviso, un sonido agudo y metálico rompió la calma. Los picos de acero, afilados y letales, se deslizaron a través de la madera y los paneles del techo, como si fueran proyectiles de una fuerza invisible. El primer pico penetró con un estruendo sordo, atravesando el piso con una precisión aterradora. Impactó en el abdomen de un mafioso que estaba sentado cerca de la mesa de conferencias, y el hombre apenas tuvo tiempo de gritar antes de que el metal frío y afilado desgarrara su carne y atravesara su cuerpo.


La habitación se llenó de gritos de sorpresa y pánico cuando los picos empezaron a caer en una lluvia mortal. Cada pico caía con un zumbido letal, perforando la madera y el mobiliario con facilidad. El sonido de los impactos metálicos era seguido por un grito desgarrador, y el impacto de los cuerpos al suelo se sumaba a la sinfonía macabra.


La sangre comenzó a brotar de las heridas abiertas, salpicando sobre las alfombras y los muebles lujosos. Los picos, algunos de ellos aún clavados en las paredes o en el suelo, emitían un brillo frío a medida que la luz de las lámparas de araña reflejaba en sus superficies afiladas. El aire se volvió pesado con el olor metálico de la sangre y el aroma de madera quemada, mezclado con la fragancia de los perfumes caros de los mafiosos que se habían visto envueltos en la carnicería.


La escena era un caos absoluto. Los gritos y sollozos de los hombres heridos se mezclaban con el estrépito de los picos que seguían cayendo. Algunos intentaban arrastrarse hacia la salida, pero los picos continuaban apareciendo de manera implacable, impidiendo cualquier intento de escape. La luz cálida del ambiente ahora se reflejaba en las gotas de sangre que se acumulaban en el suelo, creando un macabro mosaico de rojo y dorado.


El mobiliario lujoso que antes era un símbolo de estatus ahora estaba manchado con sangre y destrozado por los picos. Las sillas de cuero y las mesas finamente acabadas estaban parcialmente perforadas, y los costosos tapetes se encontraban arrugados y ensuciados. Las alfombras, que antes ofrecían un aire de opulencia, ahora estaban empapadas con sangre y llenas de cuerpos caídos.


Mientras el caos se desataba en la habitación, el sonido de los picos que se clavaban y los gritos agonizantes de los mafiosos continuaban resonando a través de las paredes, creando un eco espantoso que se mezclaba con el ruido distante de la masacre en el piso de abajo. La elegante habitación, una vez un santuario de lujo, se había transformado en un campo de batalla sangriento y brutal, una escena de horror que contrastaba drásticamente con el entorno de opulencia que la había caracterizado.

En  piso superior del edificio, la atmósfera era tensa y expectante. La habitación, grande y suntuosamente decorada con tapices pesados y muebles de madera oscura, se llenaba del murmullo inquieto de los mafiosos. Los hombres, acostumbrados a la violencia, estaban en alerta máxima. La luz de las lámparas de araña iluminaba el espacio con un resplandor dorado que resaltaba las facciones tensas de los presentes. 


De repente, un sonido atronador rompió la calma. Un estrépito de disparos comenzó a resonar desde el piso inferior, una ráfaga ininterrumpida de balas que cortaba el aire con una furia implacable. El eco de los tiros se filtraba a través de las paredes gruesas, creando una vibración sorda en el suelo de madera. El retumbar de las armas se mezclaba con el sonido de cristales rotos y el crujido de estructuras que cedían bajo la presión de la violencia.


Los mafiosos, que estaban en plena conversación sobre la forma de enfrentar la crisis, se sobresaltaron al escuchar el sonido de los disparos. Algunos se lanzaron hacia sus armas, que estaban cuidadosamente almacenadas en estantes o en compartimientos secretos en el mobiliario. El suelo resonaba con el estrépito de las sillas que se arrastraban y los pasos apresurados de los hombres que se preparaban para la batalla. El aire se llenaba de un olor metálico y acre, el presagio de la pólvora y el sudor que se acumulaba bajo la presión de la inminente confrontación.


Uno de los mafiosos, un hombre de aspecto robusto y con una cicatriz en la mejilla, sacó un revolver de su funda con movimientos ágiles. La luz dorada de la lámpara de araña reflejaba en el cañón del arma, que él revisó con cuidado, asegurándose de que estuviera completamente cargada. Las balas, frías y pesadas en su mano, eran inspeccionadas una a una, y el sonido metálico al insertarlas en el tambor se mezclaba con el retumbar de los disparos abajo.


Otro grupo de hombres estaba ocupado revisando un arsenal escondido detrás de un panel secreto en la pared. El panel, al ser abierto, revelaba una colección de armas: rifles de alto calibre, subfusiles y munición en cajas de cartón. Los hombres, con manos hábiles y nerviosas, empezaron a preparar los rifles, asegurándose de que cada arma estuviera lista para ser usada. El sonido del mecanismo de los rifles al ser montados y las cajas de munición al ser abiertas formaban una sinfonía de preparación que contrarrestaba el caos exterior.


Mientras tanto, la luz dorada de las lámparas de araña proyectaba sombras inquietantes en las paredes, danzando al ritmo de las luces parpadeantes y el creciente estruendo de los disparos. Las sombras se movían con rapidez, mezclándose con el ajetreo y el movimiento frenético de los mafiosos que se preparaban para enfrentarse a la amenaza inminente.


El murmullo de las conversaciones se convirtió en órdenes rápidas y cortas. Cada mafioso, con el rostro endurecido por la tensión, se dirigía a su posición con una determinación feroz. La atmósfera se cargaba con una mezcla de adrenalina y anticipación, y el aire parecía vibrar con la promesa de un enfrentamiento violento.


Los disparos seguían resonando desde el piso inferior, cada ráfaga de balas elevando el nivel de ansiedad en el piso. Los mafiosos sabían que el tiempo se estaba agotando y que el caos estaba a punto de estallar en su propia puerta. Con el sonido del estrépito como telón de fondo, cada hombre se preparaba para la inminente batalla, armados hasta los dientes y listos para enfrentar lo que viniera.

Solo segundos después de que el último disparo resonara desde un piso inferior, un silencio incómodo se apoderó de la habitancion. Los mafiosos, tensos y en guardia, se habían dispersado por el amplio salón, cada uno oculto tras muebles pesados o apuntando hacia las puertas y ventanas, esperando el siguiente movimiento de su enemigo. La atmósfera estaba cargada con un nerviosismo palpable, un susurro de conversaciones entrecortadas y el suave crujido de los pasos sobre el suelo de madera.


De repente, una sombra ominosa cruzó la habitación. Era una presencia intangible, una fracción de segundo que hizo que los mafiosos alzaran sus armas, sus rostros marcados por una mezcla de miedo y determinación. El sonido metálico de las armas al ser levantadas se fundió con el murmullo de sus respiraciones contenidas. Las lámparas de araña parpadeaban de forma errática, proyectando sombras distorsionadas que parecían danzar en las paredes tapizadas.


Un mafioso, con el rostro pálido y sudoroso, fue el primero en notar la sombra. Su grito de alerta, apenas un susurro, se perdió en el ruido de los disparos inminentes. Con movimientos frenéticos, los hombres comenzaron a disparar hacia la sombra, sus armas rugiendo con una furia controlada. Las balas volaban por el aire, perforando las paredes y los muebles, creando una lluvia de fragmentos de madera y polvo. El sonido seco y repetitivo de los disparos llenaba el aire, mezclándose con el crujido de las balas impactando contra superficies duras.


En medio del caos, un pequeño objeto oscuro cayó al suelo. Era una dinamita, envuelta en papel oscuro y con una mecha encendida que chisporroteaba con un resplandor anaranjado y siniestro. La pequeña explosión que se avecinaba se podía sentir en el aire, una sensación de presión creciente que parecía estrangular el ambiente. La mecha se movía con rapidez, avanzando hacia el fusible final con un sonido de crepitación que resonaba sobre el rugido de las armas.


El primer impacto fue casi imperceptible, un estallido sordo y repentino que sacudió la habitación. El pequeño explosivo explotó con una fuerza devastadora, el aire se llenó de una onda expansiva que envió fragmentos de escombros y muebles volando por los aires. El estallido, acompañado de un resplandor cegador, iluminó la habitación con un destello intenso que hizo que los ojos de los mafiosos se abrieran en una mezcla de horror y sorpresa.


La explosión provocó una lluvia de fragmentos afilados y escombros, que se mezclaron con los gritos ahogados de los mafiosos y el sonido metálico de las balas caídas al suelo. Los cuerpos fueron lanzados al suelo, colisionando con fuerza contra el mármol o entre los escombros desmoronados. La habitación se sumió en un caos de humo, polvo y sangre, el aire saturado con el olor a pólvora quemada y carne carbonizada.


Los mafiosos que aún quedaban con vida, aturdidos y heridos, intentaron reaccionar, pero sus esfuerzos se vieron rápidamente sofocados por la segunda onda de la explosión. El suelo temblaba bajo sus pies, cada temblor de la habitación reflejando el impacto brutal de la dinamita. Los gritos se ahogaron en un lamento colectivo mientras la habitación se convertía en un escenario de devastación y muerte.


En cuestión de momentos, el salón del piso superior se transformó en un campo de batalla humeante y silencioso. La sombra, ahora desvanecida, dejó atrás solo la estela de destrucción y el eco resonante de la violencia. El sonido de los disparos había cesado, y el silencio, roto solo por el zumbido lejano del humo que aún se disipaba, ocupó el espacio vacío dejado por el furor de la explosión.

El penúltimo piso del edificio era un espacio de lujo, con alfombras orientales y paredes adornadas con obras de arte. Sin embargo, esa noche, la elegancia se tornó en un telón de fondo para el horror inminente. La tensión en el aire era palpable, un silencio cargado que se rompió abruptamente cuando la figura del Verdugo apareció en la entrada del pasillo principal. Su presencia, oscura y casi etérea, contrastaba brutalmente con la ostentación del entorno.


El jefe de la mafia, una figura imponente con un rostro severo y arrugado por la ira, estaba rodeado por sus subordinados, todos armados hasta los dientes. El jefe se encontraba detrás de un gran escritorio, su mirada fija en el Verdugo mientras sus dedos tamborileaban inquietos sobre la superficie de roble. La luz suave de las lámparas de mesa creaba sombras dramáticas en su rostro, acentuando su expresión de desesperación.


De repente, los mafiosos comenzaron a disparar. El sonido de los tiros era ensordecedor, un retumbar constante que llenaba el aire con ecos metálicos. Las balas volaban en todas direcciones, impactando contra el suelo de mármol y contra las paredes, creando un caos de escombros y fragmentos. Los disparos resonaban como truenos, llenando el aire con el acrid del humo de pólvora y el olor penetrante de la sangre.


El Verdugo, en contraste, se movía con una rapidez que desafiaba la percepción. Su cuerpo se deslizaba entre las balas con una precisión casi sobrenatural, cada movimiento calculado para evitar el fuego mortal. Los mafiosos, sorprendidos por su agilidad, disparaban con frenética desesperación, pero sus esfuerzos eran en vano. Cada vez que una bala pasaba rozando, el Verdugo ya había cambiado de posición, su sombra moviéndose con una fluidez inquietante.


En un abrir y cerrar de ojos, el Verdugo se encontraba en medio del grupo, desatando su furia con una serie de movimientos letales. Sus armas se movían con una precisión implacable, y cada golpe era una danza mortal que dejaba a los mafiosos caídos, uno tras otro. La luz parpadeante de las lámparas reflejaba los destellos de sus cuchillos, que cortaban el aire con un silbido mortal.


Uno a uno, los subordinados del jefe cayeron al suelo, sus cuerpos desmembrados por la precisión del Verdugo. Las paredes estaban salpicadas de sangre, y el suelo se cubría con una capa de cadáveres y escombros. El jefe, en un estado de pánico absoluto, miraba con ojos desorbitados mientras su once más cercano moría a sus pies.


Finalmente, el Verdugo se plantó frente al jefe, sus movimientos se volvían cada vez más metódicos y calculados. El jefe intentó levantarse, su rostro pálido y su cuerpo temblando mientras trataba de alcanzar su arma. Pero antes de que pudiera reaccionar, el Verdugo ya estaba sobre él.


Con una precisión implacable, el Verdugo desató su furia sobre el jefe. Sus movimientos eran implacables, cada golpe y cada corte eran rápidos y despiadados. La figura del jefe, una vez dominante y poderosa, ahora se desmoronaba bajo la violencia del Verdugo. Los gritos de agonía se ahogaban en el sonido de la lucha, el aire cargado con el olor metálico de la sangre y el sudor.


Finalmente, el Verdugo terminó su trabajo, el cuerpo del jefe completamente desmembrado ante él. Las partes del cuerpo yacían esparcidas por el suelo, mezclándose con la sangre que había empapado el suelo de mármol. La habitación estaba llena de un silencio abrumador, roto solo por el eco de la respiración pesada del Verdugo y el goteo lento de la sangre desde las paredes y el techo.


El Verdugo se quedó allí, en medio del caos y la destrucción, su figura erguida y sus ojos fríos mirando el resultado de su justicia. La habitación, una vez un símbolo de poder y riqueza, ahora era un escenario de horror y muerte, marcado por la brutalidad implacable del ejecutor que había venido a cumplir su misión.

El Verdugo, tras terminar su despiadada tarea en el penúltimo piso, avanzó con cautela hacia el último nivel del edificio. La atmósfera había cambiado. Los ecos de los disparos y el caos habían cesado, sustituidos por un sonido más sutil pero desgarrador: los llantos de dos niñas. La angustia de esos sollozos llenaba el aire, resonando en las paredes con una intensidad que hacía que el corazón del Verdugo latiera más rápido.


Al abrir la puerta del último piso, el Verdugo se encontró en una escena completamente distinta. El piso estaba decorado con juguetes rotos y muebles infantiles, un contraste doloroso con la violencia de los pisos inferiores. En medio de esta habitación desordenada, dos niñas se acurrucaban en una esquina, sus rostros bañados en lágrimas y sus pequeños cuerpos temblando de miedo. Sus ojos grandes, llenos de desesperación, se encontraron con los del Verdugo. El contraste entre su vestimenta oscura y la inocencia de las niñas era abrumador.


El Verdugo, con su respiración controlada, se acercó a ellas con pasos suaves. La máscara que ocultaba su rostro era un manto de oscuridad que parecía casi irreal en la suavidad del momento. Las niñas, al ver que el Verdugo no se acercaba con intenciones violentas, dejaron de llorar, sus ojos llenos de una mezcla de miedo y esperanza.


“¡Salgan! ¡Estan rodeados!” La voz a través del megáfono del policía retumbaba en el pasillo, una amenaza inminente que añadía una nueva capa de urgencia a la situación. El Verdugo sabía que su tiempo se estaba agotando. La policía estaba cada vez más cerca, y la presión de salvar a las niñas y escapar se volvía casi insoportable.


Sin perder tiempo, el Verdugo tomó a las niñas en brazos, su movimiento rápido y eficiente. Las niñas, aún temblando, se aferraron a su abrigo con fuerza, buscando consuelo en la calidez de su contacto. El Verdugo caminó con determinación hacia la salida, sus pasos resonando con un ritmo constante y decidido en el suelo de mármol, mezclado con los susurros temerosos de las niñas. La sensación de la piel de las niñas contra la suya era una sensación desconcertante, una mezcla de fragilidad y esperanza en medio del caos.


Al llegar a la salida, el Verdugo se encontró con un despliegue de policías, rodeado de luces estroboscópicas y el zumbido de las radios de comunicación. La tensión en el aire era palpable, un aroma a metal y pólvora mezclado con el eco de gritos y órdenes. Mientras el Verdugo intentaba mantenerse firme, las esposas fueron colocadas en sus muñecas con un clic metálico que resonó en la oscuridad.


Los policías se acercaron con cautela, sus miradas fijas en la figura enmascarada que ahora estaba a su merced. Con un movimiento calculado, uno de los oficiales retiró la máscara del Verdugo. La revelación fue tan sorprendente que el tiempo pareció detenerse.


Detrás de la máscara, la belleza inesperada de una adolescente pelirroja de solo 17 años quedó expuesta. Su cabello rojo, que antes estaba oculto, caía en cascada sobre sus hombros, sus ojos verdes brillando con una mezcla de determinación y vulnerabilidad. El contraste entre su apariencia juvenil y la brutalidad de sus acciones sorprendió a todos los presentes.


El murmullo entre los policías y los testigos fue inmediato, un rugido de incredulidad y asombro que se extendió como un reguero de pólvora. La imagen de la joven pelirroja, ahora revelada como el temido Verdugo, causó una conmoción nacional. La noticia de la revelación se difundió rápidamente, sacudiendo los cimientos de las percepciones de justicia y criminalidad en el país. 

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