El verdugo, capitulo 5.

 En el interior de una mansión opulenta, el jefe de la mafia se hallaba en su despacho, un lugar decorado con exquisitos muebles de caoba y tapices de lujo. El ambiente estaba cargado de tensión. Las paredes, revestidas en un terciopelo oscuro, absorbían la poca luz que provenía de una lámpara de araña en el techo. El aire se sentía espeso, saturado con el aroma de cigarro y un toque de madera envejecida.


El jefe, con su imponente figura recostada tras un escritorio de roble macizo, gruñía con frustración mientras sus dedos tamborileaban impacientes sobre la superficie pulida. Su rostro, surcado por arrugas de enojo, estaba iluminado solo por la luz amarillenta que emanaba de una lámpara de escritorio, creando sombras profundas en su semblante severo.


Uno de sus subordinados, un hombre de rostro pálido y nervioso, se acercó con pasos vacilantes. Su voz, temblorosa, rompió el silencio opresivo. “ el Verdugo nos matará a todos. No podemos seguir así.”


El jefe de la mafia alzó la mirada, sus ojos oscuros centelleando con furia contenida. Su mandíbula se tensó, y en un rápido movimiento que sorprendió a todos, extrajo un revólver de su cajón y apuntó hacia el subordinado. El sonido del clic metálico resonó en la habitación, y el disparo fue casi un susurro mortal en la quietud. La bala impactó con un estallido seco, y el cuerpo del hombre cayó al suelo con un golpe sordo. La sangre brotó de su pecho, extendiéndose en un charco oscuro que contrastaba con el tapiz lujoso del suelo.


“¡Cobarde!” rugió el jefe, su voz cargada de rabia. La exhalación del disparo aún flotaba en el aire mientras su mirada regresaba a la ventana, la cual mostraba una vista nocturna de la ciudad iluminada. Los ecos del disparo se disiparon lentamente en la habitación, dejando tras de sí un pesado silencio.


En otro lugar, en el silencioso casino, un joven policía observaba con atención la escena de la masacre. La habitación estaba inundada con luces de neón parpadeantes y el sonido constante de las máquinas tragamonedas. La atmósfera, que había estado llena de euforia y música, ahora era un campo de batalla de caos y desesperación.


Su compañero, un hombre más experimentado y de rostro endurecido por años en el servicio, se acercó al joven policía, notando su expresión de concentración. “¿Qué pasa?” preguntó, su voz mezclada con el sonido de sirenas lejanas y el murmullo inquieto de los sobrevivientes.


El joven, aún mirando alrededor con una mirada aguda, respondió. “Hay algo extraño aquí. Los mafiosos siempre llevan joyas, pero en la escena del crimen, no hay ninguna. Ninguna cadena, ningún anillo. Solo cuerpos y sangre.”


El compañero levantó una ceja, mirando las mesas y sillas desordenadas, los charcos de sangre que se entremezclaban con las monedas esparcidas por el suelo. “Es cierto. Nunca he visto algo así. Parece que el Verdugo sabía exactamente lo que buscaba.”


El joven asintió, su rostro iluminado por un destello de comprensión. “Esos detalles pueden ser importantes. Algo aquí no encaja, y tal vez esto sea una pista sobre lo que está ocurriendo realmente.”


Su compañero lo miró con una mezcla de admiración y sorpresa. “Tienes razón. Con tu agudeza y atención a los detalles, podrías llegar a ser un gran detective algún día.”


Mientras las luces de neón seguían parpadeando y los sonidos de la ciudad continuaban su sinfonía caótica, el joven policía sentía una chispa de esperanza en medio de la tragedia. Las palabras de su compañero resonaron en su mente, dándole un propósito renovado en la búsqueda de respuestas en un escenario de muerte y misterio.

En la montaña, oculto bajo la superficie en una cueva habilitada como refugio, el aire era fresco y cargado con el aroma a tierra húmeda y musgo. La luz tenue de unas bombillas colgantes apenas iluminaba el espacio, proyectando sombras danzantes en las paredes rocosas que rodeaban la habitación. En este refugio subterráneo, la atmósfera estaba impregnada de un sentido palpable de preparación y determinación.


En el centro de la sala, junto a una mesa de madera áspera y desgastada, se encontraba un sujeto en posición erguida, observando con una intensidad inquebrantable un retrato enmarcado. La imagen en el retrato mostraba a una anciana con un rostro arrugado pero sereno, sus ojos profundos mirando hacia el horizonte con una expresión de sabiduría y calma. La imagen parecía contrastar con la brutalidad del entorno, una anacronía en medio de un arsenal de armas.


El sujeto, de mirada dura y rostro parcialmente cubierto por una máscara, se movía con una precisión meticulosa. Su ropa, de camuflaje y cuero, crujía sutilmente con cada paso. La luz de las bombillas creaba destellos en su equipo: una serie de dinamitas amarradas con cintas y cordeles, un arsenal de revólveres alineados en estantes, rifles de alto calibre dispuestos cuidadosamente sobre una mesa auxiliar, y una colección de cuchillos de filo afilado, sus hojas reflejando destellos de luz en sus bordes. Junto a estos, su hacha, imponente y desgastada por el uso, descansaba en una esquina, su mango de madera robusto y su hoja manchada con restos de batallas pasadas.


Con movimientos meticulosos, el sujeto seleccionó un par de dinamitas y las colocó con cuidado en una mochila táctica. La textura rugosa de los paquetes de explosivos contrastaba con la suavidad de los guantes que llevaba puestos. Cada artículo que tomaba parecía estar impregnado de un propósito letal. Los revólveres, con sus cañones fríos y pesados, eran inspeccionados y cargados con balas. El sonido metálico de las balas al ser introducidas en los cilindros resonaba como una promesa de violencia inminente.


El sujeto se dirigió a una mesa donde reposaban varios atlatls, armas primitivas utilizadas para lanzar dardos con una precisión letal. Las piezas de madera eran suaves al tacto, pero sus puntas de metal reflejaban la luz de las bombillas con una frialdad ominosa. Tomó uno y lo examinó, asegurándose de que estaba en perfecto estado, listo para el ataque que se avecinaba.


A medida que el sujeto se preparaba, el sonido de su respiración, controlada y metódica, llenaba el espacio. El eco de sus pasos sobre el suelo de tierra resonaba en la cueva mientras se movía entre el arsenal. El olor a pólvora y a aceite de armas se mezclaba con el aroma a tierra húmeda, creando una sinfonía olfativa que acentuaba la gravedad del momento.



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