El verdugo, capitulo 4.

 Analepsis: 

La calle estaba desierta bajo la luz tenue de un farol parpadeante. El silencio era opresivo, roto solo por el goteo intermitente de una tubería rota. En un rincón oscuro, donde las sombras se mezclaban con el asfalto húmedo, yacía el cuerpo de un perro. La criatura había sido brutalmente asesinada; su cuerpo, destrozado, sangraba sin parar, formando un charco oscuro que se extendía lentamente. Las costillas del animal asomaban entre los despojos de su carne, su pelaje enmarañado estaba empapado en sangre. La lengua colgaba inerte de su hocico abierto, y sus ojos, aún abiertos, reflejaban un miedo que ya no podía sentir.


A pocos metros de la escena, una niña pelirroja permanecía inmóvil. Su cabello, una maraña desordenada de rizos que contrastaba con la oscuridad a su alrededor, brillaba bajo la débil luz. Observaba al perro con ojos grandes y vacíos, sin apartar la mirada de la escena que se desarrollaba frente a ella. En algún lugar, un grito ahogado resonó, pero la niña no reaccionó. Sentía los salpicones de sangre tibia en su piel pálida, pequeñas gotas que caían sobre su vestido blanco y en sus mejillas como una lluvia macabra. No lloraba ni gritaba; simplemente miraba, con una extraña mezcla de curiosidad y desconcierto, mientras el horror se desplegaba ante ella.


El tiempo parecía detenerse en ese momento, con el mundo reducido al sonido distante del goteo y al suave soplo de la brisa que apenas movía el cabello de la niña. Luego, todo se desvaneció en la oscuridad.

En el presente: 

El casino estaba lleno de vida, las luces de neón reflejándose en las mesas de juego, en las caras tensas de los jugadores, y en los cócteles coloridos que servían los camareros. Entre el ruido de las máquinas tragamonedas y las conversaciones animadas, se encontraba un grupo de hombres, cerca de veinte, vestidos con trajes oscuros. Eran miembros de la mafia, su presencia imponente se destacaba incluso en ese ambiente vibrante. En el centro de ellos, el segundo al mando del jefe de la mafia observaba el lugar con una mirada fría y calculadora, su postura relajada pero atenta.


De repente, todo se apagó. Las luces de neón se extinguieron, el sonido de las máquinas cesó, y el casino quedó sumido en una oscuridad repentina y densa. Hubo un momento de silencio, apenas roto por los murmullos confusos de los jugadores, seguido por el estallido ensordecedor de una ráfaga de balas.


Los disparos resonaron en la oscuridad como truenos, llenando el aire con el olor acre de la pólvora. Las balas volaban como espectros en la penumbra, y cuatro hombres de la mafia cayeron al suelo antes de que siquiera pudieran reaccionar, sus cuerpos desplomándose pesadamente entre las mesas. En los breves destellos de los disparos, una figura oscura se vislumbraba, moviéndose con una rapidez aterradora entre las sombras.


El caos se desató. Los mafiosos restantes intentaron sacar sus armas, pero antes de que pudieran apuntar, una serie de picos puntiagudos apareció de la nada. Los picos atravesaron la oscuridad con precisión mortal, clavándose en los cuellos de los mafiosos, cortando la carne con un sonido húmedo y sordo. El gorgoteo de la sangre ahogó los intentos de gritar, mientras las figuras caían al suelo, sus cuerpos golpeando el mármol con un eco macabro.


Las personas en el casino, atrapadas en medio de la masacre, comenzaron a correr. Los gritos de pánico se mezclaban con el sonido de los disparos, el crujido de vidrios rotos y el ajetreo de pasos desesperados. Algunos tropezaban, cayendo sobre los cuerpos que yacían en el suelo, otros se empujaban en su desesperación por escapar de la oscuridad y la muerte que se deslizaba entre ellos.


En cuestión de minutos, solo quedaba uno. El mano derecha del jefe de la mafia, sudor frío deslizándose por su frente mientras intentaba localizar al verdugo en la oscuridad. Su respiración era rápida y errática, cada latido de su corazón resonando en sus oídos como un tambor de guerra.


De repente, sintió una mano fría y fuerte cerrarse alrededor de su garganta. Antes de que pudiera reaccionar, antes de que pudiera siquiera luchar, la mano torció su cuello con un crujido seco y definitivo. La vida se escapó de su cuerpo en un instante, y su cuerpo cayó al suelo, inerte, con los ojos abiertos y vacíos.


El silencio que siguió fue abrumador. El casino, que minutos antes era un torbellino de ruido y actividad, ahora estaba lleno solo del eco de la muerte. La figura oscura del verdugo se desvaneció en las sombras, dejando tras de sí un lugar que había sido testigo de una justicia implacable y brutal.

Julie se encontraba en una pequeña cafetería, con la grabadora encendida y el bolígrafo listo sobre su libreta. Enfrente de ella, tres personas con rostros cansados y ojeras profundas esperaban su turno para hablar. El lugar olía a café recién hecho y a la lluvia que había empezado a caer afuera, creando un ambiente íntimo pero cargado de tensión. La luz amarillenta del local acentuaba las arrugas en los rostros de sus entrevistados, todos víctimas de la violencia de la mafia.


Mientras escuchaba sus historias, Julie sentía un nudo en el estómago. Cada palabra parecía un recordatorio de la brutalidad a la que habían sido sometidos. "Perdí a mi hermano en un tiroteo," murmuró uno de los hombres, su voz rasposa y apenas audible sobre el sonido de la lluvia golpeando las ventanas. Su tono seco y amargo transmitía años de dolor acumulado, mientras sus ojos se clavaban en un punto vacío sobre la mesa.


Julie tomaba notas rápidamente, tratando de capturar no solo las palabras, sino la esencia de cada relato: la desesperanza, la rabia, el dolor. Sentía el peso de cada historia como si fuera suya, pero su mente no dejaba de trabajar, buscando conexiones, intentando entender el cuadro completo. 


Más tarde, de vuelta en su departamento, Julie se sentó frente a la pantalla de su computadora. Había una nueva entrada en su blog que ya estaba generando un torrente de reacciones. Titulado "La mano invisible del Verdugo: un rayo de esperanza o un nuevo tipo de terror?", el artículo revelaba que varias víctimas de la mafia habían recibido recientemente sumas de dinero. Sin explicación alguna, las cuentas bancarias de aquellos que habían perdido a seres queridos en los enfrentamientos con la mafia mostraban depósitos anónimos.


Julie relacionaba estos actos con el Verdugo, el enigmático justiciero que había aparecido en la ciudad, sembrando tanto miedo como esperanza. Concluyó que quizás este vigilante no solo castigaba a los criminales, sino que intentaba corregir los males de la mafia de una manera más profunda.


Apenas pasaron unos minutos antes de que los comentarios empezaran a llegar. Julie leyó algunos con detenimiento. "Por fin alguien hace lo correcto. Gracias, Verdugo", decía uno de los mensajes, transmitiendo una sensación de alivio que contrastaba con la tensión que había sentido durante la entrevista. Pero no todos eran elogios. "Este tipo es tan malo como la mafia. No podemos permitir que alguien juegue a ser Dios", escribió otro lector, con un tono de indignación palpable.


Las reacciones se dividían. Algunos lo veían como un héroe que daba esperanza a quienes el sistema había abandonado. Otros, como un monstruo que, al igual que la mafia, imponía su justicia a través del miedo y la violencia. Julie observaba cómo su artículo se convertía en un campo de batalla de opiniones, y mientras lo hacía, no podía evitar preguntarse si ella misma entendía del todo a este Verdugo.


El zumbido constante de las notificaciones en su teléfono, las palabras brillando en la pantalla, y el ruido de la ciudad filtrándose por la ventana abierta le recordaban a Julie que su trabajo estaba lejos de haber terminado. Había destapado algo más grande de lo que imaginaba, y ahora, la ciudad entera parecía querer un pedazo de esa verdad.

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