El verdugo, capitulo 3.

 El jefe de la mafia estaba sentado detrás de su amplio escritorio de madera oscura, con las manos entrelazadas frente a él. A su alrededor, la habitación se hallaba sumida en una penumbra opresiva, apenas iluminada por una lámpara de mesa que proyectaba sombras alargadas sobre las paredes tapizadas en terciopelo rojo. Un cigarro se consumía lentamente en un cenicero de cristal, el humo ascendiendo en espirales que se disolvían en el aire cargado de tabaco y rabia contenida. 


Su mandíbula estaba tensa, y sus ojos, oscuros como la noche, miraban con furia el periódico que yacía desplegado frente a él. Las gruesas letras del titular "Fuerte ataque a la mafia" parecían burlarse de él desde la primera plana, mientras las palabras del artículo describían con detalles perturbadores la carnicería que había tenido lugar en el barrio fantasma. La autora, una periodista de un diario menor llamada Julie, se había convertido en un problema que él no podía ignorar.


Golpeó la mesa con el puño, haciendo vibrar los papeles y el cenicero. El sonido seco resonó en la habitación, pero no alivió la ira que le ardía en las entrañas. Había hecho todo lo posible para mantener en secreto aquella serie de incidentes, asegurándose de que los cuerpos fueran limpiados antes de que la policía pudiera llegar. Pero ahora, gracias a esta reportera intrépida, su control sobre la situación estaba siendo cuestionado.


—¿Cómo es posible que esto haya salido a la luz? —su voz, aunque baja, estaba impregnada de una frialdad que cortaba el aire. Miró a los dos hombres que se encontraban de pie frente a él, ambos inmóviles como estatuas, esperando las instrucciones que sabían serían ineludibles.


Uno de ellos, un hombre robusto con una cicatriz en el rostro, bajó la mirada hacia el suelo, evitando el contacto visual. El otro, más joven y delgado, permanecía estoico, pero el leve temblor de sus manos delataba su nerviosismo. El jefe de la mafia los observó con ojos penetrantes, sintiendo una mezcla de desprecio y determinación. Estos hombres no solo debían solucionar el problema; debían hacer que todos los demás entendieran que nadie se mete con él sin enfrentar las consecuencias.


—Julie... —pronunció su nombre lentamente, degustando cada sílaba con odio—. Es una molestia que no podemos permitirnos. Quiero que se encarguen de ella, rápido y limpio. No puede quedar rastro alguno que nos relacione con lo que pase.


El robusto asintió con un movimiento apenas perceptible, mientras el más joven tragaba saliva antes de responder con un "Sí, jefe" casi inaudible. El jefe de la mafia se reclinó en su silla de cuero, sus ojos ardiendo con una furia que no necesitaba ser expresada en palabras. El cigarro en el cenicero finalmente se apagó, dejando tras de sí solo una estela de humo y la certeza de que la orden había sido dada. El destino de Julie estaba sellado, y en las sombras, dos hombres se preparaban para cumplir con lo que se les había encomendado.

La noche había caído sobre la ciudad, envolviendo las calles en un manto de oscuridad y silencio. Julie caminaba por la acera, su mente todavía inmersa en el torbellino de felicitaciones y elogios que había recibido en la redacción. La adrenalina del éxito hacía que cada paso fuera ligero, como si flotara. No obstante, justo cuando estaba a punto de girar la esquina hacia su edificio, un golpe seco y brutal en la cabeza la sumió en la oscuridad. El dolor se extendió desde su cráneo hacia todo su cuerpo, y el mundo a su alrededor se desvaneció en un instante.


Al abrir los ojos, una sensación de pánico la invadió. Su visión borrosa lentamente se fue enfocando en las sucias paredes de ladrillo que la rodeaban. Estaba en un callejón oscuro, el olor a orina y basura inundando sus fosas nasales. Intentó moverse, pero se dio cuenta de que estaba atada a una silla, sus muñecas y tobillos firmemente sujetos con cuerdas ásperas que le cortaban la piel. Un trapo sucio le cubría la boca, sofocando sus gritos. 


Frente a ella, dos hombres se preparaban, sus figuras apenas iluminadas por la tenue luz de una farola rota. Uno de ellos, el robusto, afilaba un cuchillo largo y delgado, la hoja reflejando destellos mortales en la penumbra. El otro, más delgado, se pasaba una sierra por las manos con un movimiento inquieto. Sus rostros estaban fríos, carentes de emoción, como si se tratara de una tarea más en su jornada.


El sonido de la sierra cortando el aire envió una corriente de terror por el cuerpo de Julie. Intentó gritar, pero solo pudo emitir un gemido ahogado. Su mente corría en todas direcciones, buscando desesperadamente una salida, pero no había escapatoria. La certeza de su destino se afianzó en su pecho, helándola hasta los huesos.


De repente, el hombre delgado se detuvo, alzando una mano para indicar silencio. Escuchó algo. Las pisadas. Un eco tenue que reverberaba en el callejón, acercándose. Los dos hombres intercambiaron una mirada de alerta, pero antes de que pudieran reaccionar, una sombra oscura se deslizó sobre ellos.


El robusto no tuvo tiempo de gritar. Un hacha cortó el aire, silbando como un fantasma vengativo, y de un solo golpe decapitó al hombre, su cabeza rodando por el suelo con un sonido sordo antes de detenerse a los pies de Julie. La sangre salpicó la pared y el suelo, cálida y espesa, impregnando el aire con su olor metálico. 


El compañero, atónito, quedó paralizado por el horror. Apenas pudo dar un paso atrás antes de que la figura oscura, vestida en negro y con una máscara que ocultaba su rostro, se lanzara sobre él con la ferocidad de una bestia. Cada golpe era rápido, brutal, quebrando huesos con un crujido escalofriante. El mafioso intentó sacar su arma, pero el verdugo fue más rápido, aplastando sus manos con un golpe seco. El grito del hombre se cortó abruptamente cuando el desconocido lo estranguló, sus dedos cerrándose alrededor de su garganta con una fuerza implacable.


En cuestión de segundos, el callejón quedó en silencio de nuevo. Los cuerpos de los dos hombres yacían inmóviles en el suelo, mientras el verdugo, ensangrentado, se giraba lentamente hacia Julie, sus ojos invisibles tras la máscara la observaban con intensidad. 

El aire denso y húmedo del callejón parecía oprimir a Julie mientras observaba al hombre enmascarado acercarse a ella, los cuerpos de los mafiosos caídos aún calientes a sus pies. La figura oscura se inclinó, y con una rapidez inquietante, desató las cuerdas que habían aprisionado sus muñecas y tobillos, dejando un leve hormigueo en sus extremidades adoloridas. Con un movimiento ágil, el verdugo retiró el trapo sucio que sofocaba sus gritos. Julie inhaló profundamente, llenando sus pulmones de aire que olía a hierro y a la muerte reciente.


Al principio, no pudo articular palabra, su garganta estaba seca, y el miedo aún latía en su pecho. Sin embargo, el instinto de reportera la empujó a formular la pregunta que ardía en su mente. "¿Quién eres?" murmuró, su voz apenas un susurro en la oscuridad.


La respuesta llegó de inmediato, pero no en el tono cálido o tranquilizador que ella esperaba, sino en una voz distorsionada y mecánica, que resonaba como el eco de una pesadilla. "Soy un justiciero," dijo el sujeto, su figura aún oculta tras la máscara negra que cubría todo su rostro. La frialdad de su tono hizo que un escalofrío recorriera la espalda de Julie, pero también despertó en ella una chispa de curiosidad insaciable.


Julie entrecerró los ojos, evaluándolo. "Pareces más un verdugo medieval," replicó, con una mezcla de desafío y desconcierto en su voz.


El sujeto enmascarado se detuvo un momento, como si considerara sus palabras, antes de responder con un ligero tono de ironía. "No suena mal." La ambigüedad en su voz hizo que la atmósfera del callejón se volviera aún más tensa, como si las sombras mismas escucharan con atención.


Julie, con el corazón aún martillando en su pecho, formuló la pregunta que ahora la consumía. "¿Cómo supiste dónde estaba?" Su mente buscaba desesperadamente respuestas, intentando entender cómo esta persona había llegado justo a tiempo para salvarla de un destino brutal.


"Te he estado vigilando," dijo el sujeto, su tono dejando claro que la protección había sido deliberada, constante. "No te preocupes, te seguiré protegiendo." Sus palabras eran tanto una promesa como una advertencia, y la certeza con la que las pronunciaba le hizo entender que no había escapatoria a su vigilancia.


Al día siguiente, la ciudad estaba en un revuelo. El rumor del nuevo "justiciero" se propagaba como un incendio voraz. Las estaciones de noticias, los periódicos y las redes sociales estaban inundadas con informes sobre la misteriosa figura que había emergido de las sombras para castigar a los criminales con una violencia despiadada. En los bares, oficinas y hogares, la gente murmuraba el nombre del "verdugo" con una mezcla de temor y fascinación.


Julie observaba todo desde la redacción, su nombre y su historia ahora ligados irrevocablemente al enigmático salvador. Cada llamada que recibía, cada mirada que le lanzaban sus colegas, le recordaba el poder de la narrativa que había ayudado a crear. Pero en su interior, un nudo de incertidumbre crecía. 

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