El verdugo, capitulo 2.

 Julie caminaba con pasos pesados hacia la entrada del edificio que albergaba el pequeño periódico donde trabajaba. La fachada gris y descuidada reflejaba su estado de ánimo. El viento fresco de la mañana rozaba su rostro, pero no lograba disipar la nube de incertidumbre que la envolvía. Las luces fluorescentes parpadeaban en el vestíbulo mientras ella cruzaba la puerta giratoria de cristal. El aroma a café rancio y papel viejo la recibió como todos los días, junto con el ruido sordo de las teclas de las máquinas de escribir, que parecían pertenecer a otra era.


Había tenido una carrera prometedora. En sus primeros años como periodista, Julie era conocida por su valentía y tenacidad. Sin embargo, su impulso por revelar la verdad, sin importar las consecuencias, la había metido en problemas. Había abierto demasiado la boca, destapando escándalos que involucraban a personas poderosas. Lo que le costó su reputación y, eventualmente, su trabajo en uno de los periódicos más prestigiosos de la ciudad. Ahora estaba atrapada en este modesto diario, escribiendo artículos que a nadie importaban, un lugar donde los sueños se desvanecían y el talento se desperdiciaba.


Mientras caminaba por el pasillo, el sonido de sus tacones resonaba en el suelo de baldosas, un eco solitario que reflejaba su aislamiento en el ambiente hostil de la redacción. No había pasado desapercibida la mirada lasciva de su jefe, un hombre mayor con la piel curtida por el cinismo y el humo de los cigarrillos. Él la observaba con una sonrisa torcida, sus ojos recayendo sobre ella con una intensidad que la hacía sentirse sucia. Cada vez que pasaba cerca de su oficina, sentía su presencia acechante, como una sombra que la seguía a todas partes.


—Julie, ¿puedes venir un momento? —la voz de su jefe la detuvo en seco. No tenía opción, así que respiró hondo y se giró hacia él.


La oficina del jefe olía a tabaco barato y a perfume rancio. Él se reclinaba en su silla, un cigarrillo encendido en la mano, su mirada recorriendo cada centímetro de ella con descaro. Julie sintió una mezcla de asco y rabia, pero sabía que no podía permitirse otra confrontación, no aquí.


—He notado que últimamente no estás muy concentrada. Deberías intentar relajarte más... —su voz estaba cargada de insinuaciones.


Mientras él hablaba, ella apenas lo escuchaba. En su mente, las palabras de la voz distorsionada que había escuchado la noche anterior resonaban una y otra vez: "Puedo ofrecerte más de lo que jamás imaginaste." La propuesta había sido clara, pero peligrosa. Aceptarla significaba adentrarse en un mundo oscuro, un mundo del que tal vez no pudiera salir. Sin embargo, la promesa de poder y relevancia era tentadora, especialmente en su situación actual.


Finalmente, tras lo que le pareció una eternidad, su jefe la dejó ir. Julie salió de la oficina con una decisión tomada. Esa noche, en la soledad de su apartamento, había usado el extraño comunicador que había recibido para aceptar la oferta. Sentía que había cruzado un umbral del que no había retorno, pero no podía soportar seguir siendo un peón en un juego donde siempre perdía. Mientras se dirigía a su escritorio, un escalofrío recorrió su espalda. Sabía que nada sería igual a partir de ahora.


Al llegar a su escritorio, el teléfono de la oficina sonó. Julie se sobresaltó, mirando el aparato con recelo antes de contestar.


—¿Hola? —respondió, intentando controlar el temblor en su voz.


—Tomaste la decisión correcta, Julie —dijo la voz distorsionada que reconoció de inmediato. Su corazón se aceleró al escucharla—. A partir de ahora, recibirás instrucciones precisas. Cumple con ellas, y obtendrás lo que te prometí.


—¿Qué tengo que hacer? —preguntó Julie, sabiendo que con cada palabra se adentraba más en lo desconocido.


—Todo a su tiempo. Mantente atenta. Estaré en contacto pronto.


La línea se cortó, dejando a Julie con el teléfono en la mano, sintiendo cómo su corazón latía con fuerza en su pecho. El primer paso ya estaba dado. Ahora, solo le quedaba seguir el camino que había elegido.

Tiempo después:

En una casa abandonada, ubicada en un barrio fantasma, dos miembros de la mafia se sentaban en el salón destartalado, rodeados por paredes.


Uno de los hombres, un tipo fornido de cabello corto y tatuajes en los brazos, jugueteaba con un cuchillo, pasando la hoja entre sus dedos con una precisión inquietante. El otro, más delgado y nervioso, fumaba un cigarrillo, exhalando bocanadas de humo que se mezclaban con la penumbra. Sobre la mesa desvencijada entre ellos, descansaba una carpeta con información detallada sobre un deudor que había fallado en pagar. Planificaban hacerle una visita muy pronto, y la conversación giraba en torno a las maneras en que podrían "convencerlo" de cumplir con su parte.


El fornido hablaba en voz baja, su tono goteando desprecio mientras describía con detalle las torturas que planeaban infligir. Pero de repente, el sonido seco y ensordecedor de un disparo rompió la atmósfera sofocante de la habitación. El delgado dejó escapar un grito ahogado cuando una bala atravesó su mejilla, arrancando un trozo de carne y sangre antes de incrustarse en la pared detrás de él. Apenas un segundo después, el fornido gritó de dolor al recibir un disparo en la pierna. Cayó al suelo con un ruido sordo, agarrando su extremidad ensangrentada mientras su rostro se torcía en una mueca de agonía.


La habitación se llenó de una tensión helada. El sonido de sus jadeos entrecortados y el goteo rítmico de la sangre que caía al suelo se mezclaban con el eco de los disparos, creando una sinfonía de horror. Los dos mafiosos se miraron con ojos desorbitados, buscando al autor de su sufrimiento. Fue entonces cuando lo vieron.


Una figura emergió de las sombras, su silueta oscura recortada contra la luz de la bombilla. Vestido con un traje negro de verdugo, con una máscara de cuero cubriendo su rostro, el intruso parecía la personificación de la muerte misma. Caminaba con pasos lentos y calculados, cada crujido de las tablas bajo sus pies resonaba en el silencio opresivo.


El delgado intentó gritar, pero solo un gemido débil salió de su boca, mezclándose con la sangre que goteaba de su herida. El verdugo se acercó, inclinándose sobre él con una calma perturbadora, y con una voz distorsionada y mecánica, le susurró algo al oído. Al delgado le faltaba el aliento, el terror lo envolvía como una manta húmeda, asfixiante.


La tortura comenzó de inmediato. El verdugo no mostró piedad mientras utilizaba las herramientas que había traído consigo, desgarrando carne y aplastando huesos con una precisión quirúrgica. Los gritos de los hombres llenaron la casa, rebotando en las paredes, pero no había nadie alrededor para escuchar, ni nadie que pudiera ayudarlos. El verdugo, implacable, exigía respuestas. La promesa de un dolor aún mayor los quebró rápidamente.


Entre sollozos y súplicas, los hombres confesaron todo lo que sabían. Revelaron nombres, ubicaciones, operaciones secretas. El verdugo escuchaba en silencio, sin mostrar reacción alguna, sus ojos ocultos tras la máscara observaban con frialdad. Una vez obtuvo lo que quería, se alejó lentamente, dejando a los dos mafiosos desangrándose en el suelo.

Julie se encontraba en la escena del crimen, rodeada por un mar de luces azules y rojas que parpadeaban en la oscuridad de la noche. El barrio fantasma, normalmente sumido en un silencio sepulcral, estaba ahora lleno de actividad: agentes de la policía entraban y salían de la casa abandonada, mientras fotógrafos forenses capturaban cada rincón del macabro escenario. El aire estaba impregnado de un olor acre a sangre y descomposición que hacía que los estómagos más débiles se revolvieran. A pesar de la frialdad de la noche, Julie sentía el sudor acumulándose en su frente, mezclándose con la adrenalina que corría por sus venas.


Con una libreta en mano, se movía entre los oficiales, que le lanzaban miradas de desagrado. No era bienvenida; su presencia no era más que una molestia para ellos. Julie, sin embargo, no se dejaba intimidar. Sabía que lo que estaba documentando tenía el potencial de cambiar su carrera. Había sido testigo del hallazgo de dos cuerpos brutalmente torturados, dos miembros de la mafia, en un lugar donde la ley y el orden rara vez ponían pie. Los agentes a su alrededor preferían mantener el control de la situación, y su presencia como reportera amenazaba con exponer una historia que probablemente muchos desearían silenciar.


El sonido de las cámaras forenses capturando el horror que la rodeaba, el murmullo bajo de los agentes hablando entre ellos, y el zumbido de las radios creaban un ambiente tenso, cargado de una energía sombría. Julie respiraba profundamente, tratando de mantener la compostura mientras anotaba cada detalle que pudiera ser relevante. La luz del flash iluminaba momentáneamente las paredes cubiertas de manchas oscuras, antes de que la penumbra regresara, envolviendo de nuevo la escena en una atmósfera siniestra.


Mientras los agentes iban y venían, algunos la ignoraban, otros la miraban con abierta hostilidad. Julie sintió el peso de sus ojos sobre ella, pero su determinación era más fuerte. Sabía que esta historia no era solo una crónica más sobre violencia y crimen; era su oportunidad para regresar a la primera línea del periodismo, para demostrar que aún tenía lo que se necesitaba para estar en la cima. 


Con cada paso que daba en esa casa, sintió cómo la narrativa se iba formando en su mente, las palabras comenzaron a fluir casi sin esfuerzo. Al regresar a su apartamento esa noche, se sumergió en la escritura con una energía renovada. Las palabras salían rápidas y precisas, cada párrafo construyendo un relato tan oscuro como el escenario que había documentado.


Cuando el artículo se publicó, casi podía escuchar el silencio que cayó sobre la redacción. Sus colegas, que la habían subestimado, empezaron a reconocer el poder de su pluma. El artículo se volvió viral en cuestión de horas, compartido en redes sociales y comentado en programas de noticias. estaba de regreso, más fuerte que nunca.

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