El arca, capitulo 8.

 En la oscuridad bajo el vertedero, el grupo de Fatality se movía con precisión meticulosa. El aire estaba pesado con el olor a tierra húmeda y desechos en descomposición. Las sombras danzaban en las paredes de metal corroído a la luz tenue de una lámpara de mano que uno de los marginados sostenía. El frío se hacía más intenso a medida que avanzaban, y el suelo, cubierto de barro y escombros, hacía que cada paso fuera un desafío.


Fatality y otros cinco marginados trabajaban rápidamente, conectando la manguera al gran contenedor de gas. Las manos de Fatality, endurecidas por años de trabajo y sufrimiento, movían con agilidad las herramientas. Los demás, igualmente esforzados, ayudaban a asegurar las conexiones y ajustar las válvulas. De repente, un chisporroteo nervioso escapó del extremo de la manguera, y el flujo de gas se volvió errático, lanzando pequeñas explosiones de vapor y un silbido agudo que reverberaba en el espacio cerrado.


El ambiente se cargaba con la tensión de un momento crítico. El gas comenzó a fluir de manera inestable, y una nube de vapor se levantó, mezclándose con el polvo en el aire. Los rostros de Fatality y los marginados estaban iluminados por un resplandor tenue y parpadeante, reflejando la luz de la lámpara que colgaba del borde del contenedor. Sus movimientos se volvían más frenéticos y cuidadosos, intentando controlar el flujo incontrolable que parecía querer escapar.


Finalmente, fatality logró ajustar una válvula con firmeza. El gas empezó a fluir de manera constante y uniforme, una corriente más segura que se deslizó a través de la manguera. La presión del gas creó un suave zumbido, que contrastaba con el silencio tenso de los momentos anteriores. El equipo de Fatality suspiró aliviado mientras observaban el gas fluir, el sonido de la válvula abriéndose resonando en el recinto subterráneo.


La conexión estaba establecida, y el gas empezaba a viajar por los conductos hacia los pisos inferiores. Pronto, en los apartamentos de la clase obrera, la luz comenzó a parpadear nuevamente. Un leve aroma a gas se mezclaba con la humedad, un signo prometedor de que la vida cotidiana comenzaba a recuperarse. Las familias obreras, envueltas en mantas y temblorosas por el frío, comenzaron a notar el calor familiar que se colaba en sus viviendas.


En un apartamento modesto, una mujer que se había acurrucado con sus hijos frente a una pequeña estufa de carbón miraba con esperanza mientras la luz de la bombilla parpadeaba con un nuevo resplandor cálido. Los ojos de sus hijos brillaban con la alegría de ver las luces encenderse nuevamente, y una sonrisa tímida se dibujó en su rostro. El gas estaba de vuelta, y con él, la promesa de un poco de confort en medio de la penuria.


En el frío subterráneo, Fatality y su grupo se abrazaron en un momento de triunfo silencioso. La misión había sido un éxito; el gas fluía nuevamente a las casas de los obreros, trayendo un respiro de alivio en medio de la opresión. Las sombras en las paredes parecían ahora un poco menos oscuras, y el eco de su esfuerzo resonaba en el aire, un testimonio de su resistencia y determinación.

En la penumbra de la fábrica, Elder se erguía al frente de los obreros, su figura imponente destacando en la penumbra que rodeaba el vasto espacio industrial. Armados con armas de energía avanzadas que habían arrebatado a los soldados, los obreros avanzaban con una mezcla de determinación y rabia. Un enorme tubo de acero, robado de la maquinaria de la fábrica, se alzaba en medio del grupo como un símbolo de su nuevo poder.


El tubo, pesado y rugoso, estaba siendo manejado por varios obreros, cada uno empapado en sudor y polvo. Elder les daba instrucciones con una voz firme y cortante, dirigiendo el ataque contra una compuerta blindada que aún se mantenía cerrada. Los impactos de los golpes resonaban en el aire, una serie de estruendos sordos que hacían vibrar el suelo y las paredes circundantes. Cada golpe del tubo contra la compuerta creaba una onda de choque que se sentía en los huesos, y el metal de la compuerta respondía con una serie de quejidos agudos y crujidos ominosos.


Gradualmente, la compuerta, que había resistido durante tanto tiempo, comenzó a ceder. La pintura se descascaraba en tiras, y los fragmentos metálicos caían al suelo con un estrépito metálico. La resistencia de la compuerta se fue debilitando con cada golpe, hasta que, finalmente, un último impacto la desgarró. La compuerta se abrió de golpe, revelando un pasillo hacia los Oliceos.


Elder lideró a los obreros a través del pasillo recién abierto. La transición del ambiente industrial a los Oliceos fue impactante; los obreros entraron en un mundo de esplendor y decadencia. Las estatuas de mármol y las fuentes de agua adornaban el paisaje, pero el esplendor pronto se tornó en caos. Los obreros, guiados por una furia justa, comenzaron a destruir todo a su paso. Las estatuas fueron derribadas con golpes brutales, el mármol se astillaba y se rompía en pedazos, y las fuentes de agua se desmoronaban en un torbellino de escombros.


Los jardines, alguna vez un símbolo de belleza y opulencia, se transformaron rápidamente en un espectáculo de destrucción. Los senderos de grava, perfectamente diseñados y cuidados, estaban ahora cubiertos de tierra y escombros. Las fuentes, que antes arrojaban agua cristalina, estaban secas y llenas de restos de piedra y metal. El verde vibrante de las plantas se había marchitado bajo el peso del polvo y la ruina. El contraste entre el esplendor anterior y la devastación actual era abrumador.


Desde el primer piso, el Canciller observaba la escena con una mezcla de horror y desesperación. Su rostro estaba iluminado por el tenue resplandor de las luces del edificio, y sus ojos, llenos de angustia, seguían cada movimiento de los obreros. El poder de su posición se estaba desmoronando ante sus ojos.


Sin dudarlo, el Canciller tomó una decisión drástica. Con una rápida orden, cortó el suministro de agua que llegaba a los pisos inferiores, donde los obreros estaban bebiendo y usando el agua para sus necesidades básicas. Los tuberías se cerraron de golpe, y el flujo de agua cesó, dejando a los obreros sin uno de sus recursos vitales en medio de su asalto.


El eco de las órdenes del Canciller resonó a través del edificio, y en los pisos inferiores, el impacto de la decisión se sintió de inmediato. Los obreros, aún inmersos en su labor de destrucción, comenzaron a sentir la sed y la desesperación por la falta de agua. La guerra que estaban librando se volvía más dura y peligrosa con cada minuto que pasaba. El contraste entre el lujo del primer piso y la creciente escasez en los niveles inferiores era un recordatorio brutal de la batalla en curso.

En un pequeño cuarto subterráneo, la mujer se aferraba a la tubería de metal, sus manos heladas y temblorosas de ansiedad mientras escuchaba a Fatality. La habitación estaba bañada por la tenue luz de una bombilla parpadeante que proyectaba sombras inestables sobre las paredes de concreto. El aire, viciado y húmedo, olía a metal oxidado y a un leve rastro de sudor. La mujer, con su rostro marcado por la preocupación y el cansancio, transmitía a Fatality la urgencia de la situación.


—No hay agua —susurró, su voz apenas audible sobre el zumbido de las tuberías. Sus palabras se entremezclaban con el eco de la oscuridad que la rodeaba—. Los obreros están desesperados.


La voz de Fatality respondió con una firmeza tranquilizadora, resonando a través del eco del conducto metálico.


—Hay una toma de agua en el sector. Con una manguera y una bomba, podemos redirigir el agua hacia los pisos inferiores. Es posible que necesitemos un esfuerzo considerable, pero es una solución viable.


Un par de horas después, Elder recibió la noticia de la solución propuesta. La resolución fue rápida, y en cuestión de minutos, un grupo de obreros se organizó para implementar el plan. La atmósfera estaba cargada de una mezcla de esperanza y tensión mientras los trabajadores se movilizaban con urgencia. La manguera, de un verde desvaído, fue desenrollada con cuidado. La bomba, un aparato robusto y chirriante, estaba lista para ser conectada.


Los marginado, sudorosos y decididos, trabajaban en sincronía mientras conectaban la manguera a la toma de agua. Cada movimiento estaba lleno de concentración y esfuerzo. Las conexiones eran hechas con precisión, las manos luchaban contra la resistencia de las piezas metálicas. El zumbido de la bomba comenzó a llenar el aire, una vibración constante que reverberaba a través de las paredes.


Cuando todo estuvo listo, se encendió la bomba. Al principio, el flujo de agua fue errático, salpicando y temblando a través de la manguera. Los trabajadores, con rostros llenos de expectación y ansiedad, observaron cómo el agua finalmente comenzaba a fluir de manera más estable. La manguera se hinchaba y se sacudía mientras el agua avanzaba por su interior, llenando el espacio con un sonido constante de goteo y el rugido de la bomba en acción.


La llegada del agua fue recibida con una explosión de alivio entre los obreros. Las caras de agotamiento se iluminaron con una mezcla de sorpresa y alegría mientras el agua finalmente comenzaba a llegar a los pisos inferiores. La manguera estaba instalada en el lugar adecuado, y el flujo, aunque aún débil, estaba en marcha. El sonido del agua fluyendo era como una melodía de esperanza en medio de la dureza de la vida en los pisos bajos.


En los pisos inferiores, los obreros escucharon el goteo constante que se convirtió en un chorro moderado. El agua empezó a llenar los viejos recipientes de metal y los depósitos improvisados que habían creado para sobrevivir. El aire, antes seco y estancado, ahora se mezclaba con el fresco aroma del agua limpia. Los rostros de los obreros reflejaban una gratitud palpable mientras llenaban sus recipientes y se lavaban las manos, la piel aliviada del contacto con el líquido vital.

Un día después, la atmósfera en la arca estaba cargada de una mezcla de tensión y anticipación. La luz grisácea de la mañana se filtraba a través de las ventanas sucias, proyectando sombras largas y angulares sobre los pasillos industriales. Las puertas de las fábricas, antaño imponentes y cerradas, empezaban a ceder una a una. El zumbido metálico de las bisagras chirriantes y el crujido de los cierres antiguos resonaban por los pasillos desmoronados, mientras los obreros, armados con las avanzadas armas eléctricas que habían capturado, avanzaban con una determinación feroz.


Las fábricas, esas fortalezas de opresión y riqueza, ahora se convertían en el escenario de una batalla final. La diferencia numérica era abrumadora; los obreros, organizados y resueltos, se movían como una ola imparable. La vibración constante del suelo y el estrépito de los impactos eléctricos llenaban el aire. Los golpes de las armas eléctricas eran seguidos por el retumbar de las paredes y el sonido de escombros y chatarra que caían al suelo. Las puertas que antes parecían inquebrantables se doblaban ante el embate, y el eco de los gritos de los jefes se mezclaba con el rugido de la maquinaria en declive.


En el centro de control, el Canciller observaba la situación con una calma tensa. El lugar estaba iluminado por una fría luz blanca que hacía resaltar las superficies metálicas y el brillo de las pantallas de monitoreo. El aire estaba cargado con el zumbido de las computadoras y el clic constante de los controles. Las paredes estaban decoradas con paneles de vidrio que mostraban una vista panorámica del complejo, ahora en caos.


A medida que los obreros avanzaban, el Canciller, con una frialdad calculadora, empezó a cerrar las puertas que llevaban al piso superior mediante los controles automatizados. Las compuertas metálicas se deslizaron lentamente, sellando el destino de aquellos que se habían refugiado en las fábricas. El sonido de los cierres neumáticos y el crepitar de los motores resonaban en la sala de control, marcando el ritmo de una estrategia desesperada.


La hija del Canciller, una joven de rostro pálido y ojos cansados, se acercó a él con una mezcla de preocupación y frustración. Su vestido de seda, ahora arrugado y desordenado, se movía con un leve susurro mientras se aproximaba. Se detuvo a su lado, mirando las pantallas con una mezcla de incredulidad y desilusión.


—¿Qué vamos a hacer ahora, papá? —preguntó, su voz temblorosa y rota por el estrés. La sala, aunque iluminada, parecía estar envolviéndose en una sombra de desesperanza que reflejaba su estado de ánimo.


El Canciller, con su rostro impasible y los ojos fijos en las pantallas, se volvió lentamente hacia su hija. Su expresión era un enigma de calma calculada, aunque sus palabras intentaban transmitir seguridad.


—Hija —dijo con una voz fría y autoritaria—, los Fundadores jamás permitirán nuestra derrota. Mantén la fe en nuestro poder.


La hija lo miró con decepción, sus ojos reflejaban una tristeza profunda y una desesperanza que contrastaba con la confianza inquebrantable de su padre. La luz fría de las pantallas iluminaba su rostro, acentuando las lágrimas que comenzaban a formarse en sus ojos. Ella sabía que el Canciller hablaba de una fe en un sistema que, en ese momento, parecía estar desmoronándose frente a ellos.


El silencio que siguió fue pesado, cargado de una sensación de derrota inminente mientras el zumbido de los controles y el estrépito lejano de la batalla seguían marcando el ritmo del colapso. La hija, con una tristeza palpable en su semblante, se dio vuelta lentamente y salió de la sala, dejando al Canciller solo con sus frías convicciones y el sonido de la batalla que se aproximaba cada vez más cerca.

Un día después, el sonido estruendoso del inmenso tubo resonó por todo el piso superior. Los obreros, bajo las órdenes implacables de Elder, golpeaban con fuerza la puerta blindada. Cada impacto era un retumbar profundo que hacía vibrar el metal y resonar en los pasillos fríos y vacíos. El aire olía a polvo y a la transpiración de cuerpos tensos. Con un último golpe, la puerta finalmente cedió, desgarrándose con un crujido metálico que se mezcló con los gritos eufóricos de los obreros. Una nube de polvo y escombros se levantó, mientras los hombres irrumpían en el piso superior, con la mirada encendida por la furia acumulada.


El Canciller, observando desde lo alto, ordenó a sus mayordomos y cocineros, las únicas fuerzas a su disposición, que lucharan para defenderlo. Estos, con manos temblorosas y rostros pálidos de miedo, obedecieron. Armados con cuchillos de cocina y herramientas improvisadas, se lanzaron hacia los obreros, pero su resistencia fue inútil. Los obreros, con su superioridad numérica y armamento brutal, los masacraron sin piedad. Los gritos de dolor y súplicas se entremezclaban con los golpes de las armas y los cuerpos cayendo pesadamente al suelo, manchando las alfombras lujosas con sangre y restos.


Elder, imponente y lleno de decisión, observaba la escena sin vacilar. Sus ojos brillaban con una mezcla de justicia y venganza, mientras dirigía a los suyos con la fría certeza de que la victoria estaba cerca. Con voz firme, ordenó que "los veinte" fueran sometidos. El aire, que antes se llenaba con los sonidos del combate, se tornó denso y pesado cuando la hija del Canciller fue arrastrada al centro de la sala junto con sus dos hijos pequeños.


La joven, con el rostro pálido y los ojos llenos de terror, apenas podía sostener la mirada de Elder. Los dos niños, asustados y llorando, se aferraban a su madre, pero pronto fueron separados sin piedad. Las cuerdas se ataron alrededor de sus cuellos, y en cuestión de segundos, la primera ejecución se llevó a cabo. El cuerpo de la hija del Canciller quedó colgado, balanceándose lentamente en el aire, mientras los obreros observaban en silencio. El llanto de los niños cesó cuando sus pequeños cuerpos se unieron a los de su madre.


El Canciller, atado y obligado a mirar, estaba pálido, sus ojos llenos de una desesperación impotente. Luchaba por liberarse, pero era inútil. Con la voz rota, gritó hacia Elder.


—¿No tienes respeto por la vida humana? —su voz era un eco tembloroso, cargado de incredulidad y rabia.


Elder, sin inmutarse, lo miró fijamente. Sus ojos oscuros reflejaban la frialdad de su decisión.


—Esto le hiciste a cientos de padres —respondió, con una voz firme y cargada de convicción. No había espacio para la piedad en sus palabras.


El Canciller, con el rostro deformado por la ira y el dolor, replicó:


—Era mi derecho natural, heredado de los Fundadores.


Elder esbozó una sonrisa amarga.


—No eres más que un pobre viejo enclenque y fanático. Los derechos se ganan con sudor y sangre.


Con esas últimas palabras, Elder asintió a uno de los obreros, que desenvainó una afilada hoja. Un destello plateado cruzó la habitación y, en un solo y certero movimiento, la cabeza del Canciller rodó por el suelo, dejando un rastro de sangre. El cuerpo decapitado cayó pesadamente, y con ello, el último vestigio de la opresión que había mantenido a los obreros esclavizados por tanto tiempo.


El silencio que siguió fue absoluto, solo roto por el tenue sonido del goteo de la sangre en el suelo.


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