El arca, capitulo 7.
Elder marchaba al frente de los obreros, ahora armados con las avanzadas armas eléctricas arrebatadas a los soldados caídos. El zumbido agudo de las armas llenaba el aire mientras se preparaban para el asalto a las fábricas restantes. Los rostros ennegrecidos por el polvo y el sudor mostraban una nueva determinación, sus ojos brillaban con el reflejo de las luces intermitentes que colgaban sobre ellos. Cada paso resonaba en los pasillos de metal de la arca, y el eco de sus botas acompañaba el murmullo del hambre, la ira y la esperanza de cambio.
El viento frío que bajaba de los pisos superiores traía consigo el olor a electricidad quemada, mezclado con el sudor agrio de los cuerpos que luchaban por sobrevivir. Los jefes de las fábricas, conscientes de la fuerza que ahora poseían los obreros, habían comenzado a resguardarse en las pocas plantas industriales que lograron cerrar a tiempo. Desde el exterior, las compuertas de acero blindado vibraban con el eco de golpes y disparos eléctricos, mientras los obreros intentaban forzar la entrada.
—¡No se detengan! —rugió Elder, su voz rasgando el aire espeso y cargado de tensión—. ¡Ya no hay vuelta atrás!
Uno tras otro, los obreros dominaban las fábricas. El sonido de la maquinaria en marcha se apagaba mientras los hombres y mujeres tomaban el control. En el suelo quedaban restos de cables y herramientas rotas, cubiertos por una capa de polvo que caía de las viejas vigas oxidadas. Cada victoria era marcada por el grito de triunfo colectivo, un alarido de libertad sofocada durante años. El olor a metal quemado y grasa impregnaba todo a su alrededor, intensificándose con cada compuerta que lograban abrir.
Las fábricas, antes el símbolo de la opresión y el sudor forzado, ahora se convertían en el escenario de la resistencia. Los obreros, con las armas firmemente agarradas, se movían en filas compactas, derribando puertas y enfrentando a los pocos soldados que quedaban. Los visores de los cascos de los soldados brillaban con un destello frío, reflejando las descargas eléctricas que sacudían el aire antes de caer uno por uno, derrotados.
Los jefes, acorralados, se habían refugiado en cuatro fábricas clave. Las compuertas de esas plantas permanecían cerradas, mientras por túneles secretos enviaban las reservas de comida directamente a los Veinte en los pisos superiores.
En el piso superior, la suave luz dorada de las lámparas colgantes iluminaba el lujoso comedor. Los finos tapices adornaban las paredes, y el delicado aroma a perfumes caros flotaba en el aire. Una mujer, vestida con sedas brillantes, se sentaba en una silla de terciopelo, sus dedos engalanados de anillos dorados acariciaban nerviosamente el borde de la mesa. Frente a ella, de pie y en riguroso silencio, un mayordomo con el rostro impasible esperaba sus órdenes.
—Mi hijo quiere pastel de coco —dijo la mujer con una mezcla de altivez y súplica en la voz—. Es su favorito, y hoy es un día especial.
El mayordomo, con las manos firmemente cruzadas sobre su delantal impecable, bajó la mirada ligeramente antes de responder, midiendo sus palabras con cuidado.
—Lamento informarle, señora, que debido a los recientes... acontecimientos, no tenemos glaseado de coco disponible. Las reservas se han visto afectadas.
La mujer frunció el ceño, incapaz de procesar la noticia de inmediato. Sus ojos, maquillados con esmero, parpadearon con incredulidad.
—¿Qué quiere decir? —preguntó, su voz temblorosa, apenas contenida—. ¿Qué comerá mi hijo, entonces?
El mayordomo, que no apartaba la vista del suelo de mármol pulido, respondió con la misma calma estoica.
—Podemos ofrecer otros sabores, señora. Aunque... un poco limitados. Hay pastel de vainilla y de manzana, pero la variedad no es la habitual.
La mujer dejó escapar un sollozo repentino, un ruido ahogado y doloroso que resonó en el comedor vacío. Su pecho subía y bajaba rápidamente, presa de una frustración que le resultaba insoportable. Con las manos temblorosas, se cubrió el rostro mientras las lágrimas comenzaban a correr por sus mejillas.
—¡Esto no es vida! —exclamó entre sollozos—. ¿Qué clase de lugar es este?
El mayordomo permanecía imperturbable, con la cabeza ligeramente inclinada en señal de respeto. Sin embargo, en su mente, otro pensamiento cruzaba con amargura. Recordó a su propia hija, apenas días atrás, mirándolo con ojos hambrientos mientras él le negaba un segundo plato de caldo de pescado. "No hay suficiente", le había dicho. "Tendrás que esperar hasta la siguiente ración". La imagen de su hija, con los labios secos y el estómago vacío, era demasiado vívida.
"Mujer ridícula", pensó mientras observaba a la señora llorar por un pastel de coco.
En ese mismo momento, en las cámaras altas del arca, el Canciller, de pie frente a una mesa de cristal, revisaba un mapa detallado de la estructura. Sus dedos acariciaban suavemente la superficie mientras tomaba una decisión que sabía, cambiaría el rumbo de los acontecimientos. Giró hacia su asistente, que esperaba órdenes a su lado.
—Corten el suministro de gas a los pisos inferiores —ordenó, su voz firme y sin rastro de duda—. Que los obreros entiendan las consecuencias de sus actos.
El silencio reinó tras la orden, pero el impacto sería inmediato. Las luces brillaban sobre la mesa, pero el frío comenzaba a descender hacia los pisos donde la vida era ya difícil, y ahora lo sería aún más.
En un pequeño cuarto de la clase obrera, la oscuridad reinaba, rota solo por el parpadeo débil de una bombilla. El aire estaba viciado, lleno de humedad y del olor a metal oxidado que provenía de las paredes corroídas por el tiempo. Una mujer, envuelta en una manta desgastada, se inclinaba junto a la tubería que corría por la pared, su voz apenas un susurro mientras hablaba con Fatality.
—No tenemos gas desde hace días —dijo, su tono desesperado, con la boca casi pegada a la fría superficie de la tubería de metal—. El frío está empezando a afectarnos.
Del otro lado, la voz grave y calculada de Fatality resonó, aunque distorsionada por el eco de los conductos.
-El Canciller cortó el suministro de gas a los pisos bajos para debilitarlos. Pero, aunque sea peligroso, creo que tengo una solución.
La mujer cerró los ojos, buscando en su mente alguna esperanza mientras escuchaba cada palabra con atención.
—Bajo el vertedero —continuó Fatality, su voz tensa por la cautela— hay una reserva de gas que podría servir para los obreros. No es fácil acceder a ella y sería riesgoso, pero con el equipo adecuado podríamos redirigirla hacia las fábricas abandonadas, donde aún hay conductos que llevan hacia las viviendas.
La mujer tembló, no solo por el frío que se colaba por las grietas del cuarto, sino también por la idea de lo peligroso que sería ese plan. Abrazó con más fuerza la manta sobre sus hombros, pensando en las consecuencias, pero la desesperación era más fuerte que su miedo. Los labios partidos y resecos de la mujer se movieron con una determinación que no sabía de dónde venía.
—Mi esposo... —empezó, con la voz temblorosa—. Él es parte de la lucha. Está con Elder y los demás, pero podemos hacer que hable contigo. Si ellos saben que hay una forma de devolverles el gas, estoy segura de que te apoyarán. Puedo enviarle un mensaje.
La tubería vibró suavemente con el eco del zumbido lejano de las máquinas que aún funcionaban en las fábricas más alejadas. Los ojos de la mujer, agotados por las noches sin dormir y la incertidumbre, se llenaron de una mezcla de esperanza y miedo. Sabía que su esposo, un hombre de pocas palabras pero con un corazón fuerte, haría todo lo posible por ayudar a su gente.
—Si conseguimos hablar con Elder —continuó, inclinándose más cerca de la tubería, como si Fatality pudiera sentir la urgencia en sus palabras—. Él puede organizar a los hombres. Mi esposo confía en él, y si tú puedes hacer que el gas fluya de nuevo, se lo haré saber.
El silencio siguió por unos segundos, solo interrumpido por el débil chasquido de la bombilla que parpadeaba encima de ellos. El frío envolvía la pequeña habitación, pero en el aire se percibía una ligera vibración de esperanza, como un fuego que apenas comienza a arder.
Finalmente, Fatality respondió, con su voz ronca y determinada.
—Hazlo. Habla con tu esposo. Diles que estoy listo para actuar en cuanto me den la señal.
La mujer asintió, aunque Fatality no podía verla, y se apartó lentamente de la tubería.
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