El arca, capitulo 6.
El Canciller se hallaba en el salón más exclusivo del arca, un lugar destinado solo para los Veinte y reservado para ocasiones solemnes. El espacio estaba dominado por las majestuosas estatuas de los fundadores, gigantes de mármol blanco que se erguían imponentes alrededor del salón. Cada una de las figuras tenía una expresión severa, casi divina, y parecía observar a cualquiera que osara entrar, con ojos de piedra que transmitían juicio. Las luces doradas del techo, dispuestas en delicadas lámparas de cristal, proyectaban sombras dramáticas sobre sus rostros, acentuando los detalles cincelados de sus cejas y labios apretados.
El aire era denso y frío, como si la habitación hubiera absorbido siglos de conspiración y solemnidad. La suave fragancia de incienso llenaba el espacio, envolviendo los sentidos del Canciller mientras se movía lentamente por el salón. Sus botas de cuero negro resonaban sobre el suelo de mármol pulido, cada paso una declaración de su autoridad indiscutible. El eco de sus pasos parecía prolongarse en la inmensidad del salón, como si los fundadores mismos estuvieran escuchando.
Se detuvo frente a una de las estatuas más prominentes, la de Alwyn Hargrave. La figura de Hargrave, con una túnica de mármol que parecía ondear, lo miraba con ojos vacíos y labios apretados. El Canciller alzó su mano, tocando la fría superficie de la estatua, sintiendo el peso de la historia y del poder que representaba.
—Maestro Hargrave —susurró, su voz rasgando el silencio casi reverencial del salón—. Ustedes crearon este refugio, este paraíso en medio del caos, y yo he jurado protegerlo.
El eco de sus palabras reverberó, fundiéndose con el crepitar suave de las antorchas que ardían en las esquinas, proyectando un parpadeo irregular de luz sobre las estatuas. El Canciller apretó los puños, sintiendo la dureza de sus propias manos y el poder que ejercía sobre el destino de los habitantes del arca.
—Pero hay quienes traicionan sus principios —continuó, su voz tomando un tono más oscuro y vehemente—. Quienes conspiran en las sombras, quienes deshonran su legado.
El aire parecía volverse más pesado, cargado con una tensión palpable. El Canciller podía sentir una leve corriente de frío que le erizaba la piel, como si el mármol mismo estuviera observándolo, esperando sus próximas palabras. Sus ojos se clavaron en la estatua de Hargrave, como si esperara una respuesta.
—Muéstrenme quiénes son —demandó en un susurro casi feroz, sus ojos encendidos de determinación—. Ayúdenme a purgar esta traición de nuestras filas, para que el arca siga siendo un símbolo de su grandeza.
Un silencio profundo siguió a su petición. Solo el sonido lejano de las máquinas del arca, funcionando como un zumbido constante, llenaba el vacío. El Canciller respiró hondo, convencido de que los fundadores lo respaldarían.
Los marginados se reunían en torno a un fuego improvisado, consumiendo pescado criado desde huevos obtenidos por drenaje, un método rudimentario pero efectivo que les permitía sobrevivir en el vertedero. El aire estaba impregnado con el aroma salado y penetrante del pescado asado, y el crepitar de la madera seca bajo las llamas llenaba el silencio nocturno. Los rostros de los marginados, cansados y pálidos, brillaban con la luz del fuego, mientras masticaban en silencio, sus ojos clavados en el suelo.
En contraste, Fatality Se encontraba junto a estructura semiderruida. Delante de una pared del vertedero, buscando una forma de comunicarse con pisos superiores.
A metros de distancia, en uno de los pisos medios del arca, una niña de la clase obrera yacía en su cama, envuelta en una manta raída. La luz tenue que filtraban las bombillas intermitentes apenas iluminaba su pequeño cuarto. El zumbido constante de los conductos de ventilación creaba una melodía sombría que llenaba el espacio de manera inquietante.
De repente, escuchó un sonido lejano, un golpeteo rítmico que parecía provenir de las paredes. Se incorporó lentamente, su corazón acelerándose mientras intentaba identificar el origen del ruido. Cada golpe hacía eco en su mente, y su respiración se tornó superficial. Miró a su alrededor, su pequeño cuarto lleno de sombras danzantes que se alargaban con el parpadeo de las luces.
—¿Mamá...? —susurró con voz temblorosa, pero no hubo respuesta. Solo el golpe persistente, casi espectral, que ahora parecía más fuerte.
La niña tragó saliva, sintiendo un escalofrío recorrer su espalda. “¿Fantasma?”, pensó, mientras su imaginación comenzaba a correr desbocada. Los golpeteos no cesaban, y cada vez que sonaban, parecían estar más cerca, como si algo o alguien intentara comunicarse con ella desde el otro lado de la pared.
Con los ojos muy abiertos y el cuerpo tenso, la niña apretó la manta contra su pecho, asustada. Afuera, el sonido de los gritos de Fatality continuaba rebotando a través de las entrañas del arca, inaudibles para la mayoría, pero lo suficientemente potentes como para colarse en los oídos de una mente joven y vulnerable.
Las fábricas estaban sumidas en el caos. Lo que había comenzado como una pequeña protesta de trabajadores enfurecidos por la reducción de las raciones se había convertido en una huelga masiva. Las sirenas de las fábricas, usualmente monótonas y predecibles, ahora estaban apagadas, sustituidas por el clamor de miles de voces alzadas en indignación. Las máquinas, que solían rugir incansablemente, permanecían en silencio mientras los obreros se agrupaban alrededor de las plantas industriales, formando una masa de cuerpos, gritos y tensión.
Más y más obreros se unieron rápidamente al movimiento. Los rumores corrían de boca en boca, y en cuestión de horas, dos mil trabajadores se aglomeraban frente a las fábricas, con pancartas improvisadas y herramientas de trabajo alzadas como armas. La ira colectiva de los oprimidos había alcanzado su punto máximo. Los rostros sudorosos y ennegrecidos por la grasa de las fábricas ahora estaban llenos de determinación. El aire, cargado con el olor a metal quemado y sudor, vibraba con el murmullo creciente de la multitud.
El Canciller, enterado de la magnitud de la rebelión, no tardó en actuar. Desde las alturas de los pisos superiores del arca, envió a su fuerza militar, cien soldados, entrenados y armados con las más avanzadas armas eléctricas. El estruendo de sus botas resonaba mientras marchaban en formación, disciplinados y fríos, listos para defender a los Veinte. Sus rostros, ocultos tras visores oscuros, parecían inmutables ante la furia de los obreros.
El ejército se desplegó en formación frente a los manifestantes. El silbido agudo de las armas eléctricas rompiendo el aire contrastaba con los gritos furiosos de los obreros que, sin mucha más protección que sus puños y el coraje alimentado por años de explotación, se preparaban para enfrentar a la autoridad.
Erden, el mismo joven que días antes había discutido con su madre y lanzado el primer tomate en señal de rebeldía, se encontraba al frente de la multitud. Su rostro, marcado por el cansancio y la rabia, resplandecía con una determinación inquebrantable. Alzó los brazos, y con un grito que cortó el aire como un relámpago, lanzó la orden que todos esperaban:
—¡Al ataque!
Como un solo cuerpo, la marea de obreros avanzó. Lo que siguió fue una batalla feroz, brutal. Los soldados, liberando descargas de energía eléctrica, derribaban a decenas de obreros a cada instante. El olor a carne quemada y el chasquido de las descargas eléctricas llenaban el aire. Sin embargo, los obreros no se detenían. Puños, herramientas y gritos se lanzaban contra los soldados, quienes pronto se vieron abrumados por la fuerza y el número de sus oponentes.
El suelo se tiñó de rojo. Quinientos obreros cayeron, sus cuerpos inmóviles esparcidos por el campo de batalla improvisado. Pero la victoria, finalmente, fue de los rebeldes. Los cien soldados del Canciller fueron derrotados, sus cuerpos yacían junto a los de los obreros, sus armas dispersas por el suelo.
Desde las alturas, el Canciller observaba con creciente pánico. El ruido de la batalla llegaba hasta los pisos superiores, y el miedo lo invadió. Sin demora, dio la orden de cerrar las compuertas de los pisos más altos, sellándose en su lujosa fortaleza, mientras abajo, los obreros, victoriosos pero agotados, miraban hacia arriba, conscientes de que su lucha apenas comenzaba.
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