El arca, capitulo 5.
En el centro de producción de comida, el calor sofocante del ambiente impregnaba cada rincón. Las luces titilaban sobre los techos metálicos, lanzando sombras intermitentes sobre las máquinas que zumbaban con un ritmo constante, pero quejumbroso. El técnico, con el ceño fruncido y las manos manchadas de grasa, se plantó frente al "jefe", un hombre corpulento con una mirada de fastidio permanente.
—Necesitamos dedicar más tiempo a la máquina —dijo el técnico, alzando la voz para hacerse oír sobre el estruendo de la maquinaria—. Si no lo hacemos, va a generar un cuello de botella.
El "jefe" sacudió la cabeza y apretó los dientes, su mandíbula tensándose con cada palabra del técnico. Llevaba un cigarro apagado en la boca, mordiéndolo con furia. Sus ojos reflejaban una mezcla de desprecio y agotamiento.
—Eso es una pérdida de tiempo —espetó, su voz grave y rasposa—. Primero terminamos lo que tenemos que hacer, luego nos ocupamos de la maldita máquina.
El técnico negó con la cabeza, su paciencia desgastada. Sentía cómo el aire viciado, cargado de humedad y polvo, se volvía más pesado con cada segundo de la discusión. El sonido constante de las correas y los pistones amenazaba con romper su concentración.
—Si no lo hacemos ahora —dijo, su tono más firme—, la producción se va a detener por completo. ¡No vamos a poder seguir!
El "jefe" avanzó un paso, su rostro enrojecido por la ira. Sus manos se crisparon en puños, y por un segundo pareció que iba a golpear al técnico. La tensión era palpable, como si el aire mismo se hubiera detenido, esperando el estallido.
De repente, algo silbó en el aire. Un tomate podrido voló desde un grupo de obreros cercanos y golpeó al "jefe" en la cara, explotando en una nube de pulpa y semillas apestosas. El olor ácido y dulce invadió el espacio, y la expresión del "jefe" se transformó en una mezcla de incredulidad y furia. Para él, aquel tomate podrido era tan insultante como una granada lanzada en plena batalla.
—¡Malditos imbéciles! —rugió, sacudiéndose el tomate mientras su rostro se torcía en una mueca de rabia.
Antes de que pudiera reaccionar, los obreros, que habían observado la escena desde la distancia, comenzaron a acercarse. Formaban un círculo alrededor del técnico, protegiéndolo, sus rostros endurecidos por la fatiga y la injusticia.
—¡Esto es insubordinación! —vociferó el "jefe", intentando abrirse paso a empujones, pero los obreros no cedían.
Sus gritos se perdían en el creciente murmullo de los obreros, y pronto se dio cuenta de que estaba superado. Retrocedió, lanzando insultos al aire, pero el tumulto lo acorralaba. El miedo comenzaba a apoderarse de él, hasta que, finalmente, no le quedó otra opción que correr. Se alejó tambaleándose, mientras los obreros lo veían desaparecer entre las sombras del centro de producción, su autoridad desmoronada.
Las semanas siguientes al incidente en el centro de producción de comida, un murmullo creciente recorría los pasillos del arca. Los carteles comenzaron a aparecer en las paredes y pasillos de los niveles inferiores, pegados con una urgencia frenética. Sus colores brillantes y tipografía audaz no dejaban lugar a dudas: las palabras “Revolución” y “Justicia” estaban escritas en rojo y negro, contrastando vívidamente con el gris metálico de las estructuras del arca. Enormes letras denunciaban a los "Veinte" como opresores, junto con caricaturas grotescas de sus rostros, distorsionados en un retrato de avaricia y crueldad.
El mayordomo, de aspecto impecable en su uniforme negro, se apresuraba por los pasillos opulentos de los pisos superiores del arca, su rostro pálido y sudoroso bajo la luz dorada de los candelabros. La noticia de la insurrección había llegado a los altos mandos y estaba a punto de ser tratada con la seriedad que requería. La opulencia del salón del Canciller contrastaba marcadamente con el caos creciente que se extendía por los niveles inferiores.
El Canciller, en su elegante silla de respaldo alto, se encontraba rodeado por los otros miembros de "los Veinte", todos vestidos en túnicas lujosas y con expresiones de despreocupación. El mayordomo entró apresuradamente, sus pasos resonando en el mármol pulido, y se inclinó respetuosamente.
—Excelencia —dijo, su voz temblorosa—, hay una grave situación. Hemos encontrado carteles de rebelión por todo el arca.
El Canciller, con su imponente figura y la túnica azul profundo que acentuaba su autoridad, frunció el ceño. Su mirada fría y calculadora se posó en el mayordomo, su interés avivado por la noticia.
—¿Qué tipo de rebeldes estamos tratando? —preguntó con un tono firme y exigente.
El mayordomo, su rostro aún pálido, ajustó su postura y respondió con una voz llena de preocupación.
—Buscan acabar con la jerarquía, su excelencia.
Los miembros de "los Veinte" intercambiaron miradas alarmadas. El aire en la sala parecía volverse denso, cargado de una tensión palpable. Los tapices dorados y candelabros que adornaban el salón no podían ocultar la creciente inquietud en sus rostros.
—Eso es ilegal —dijo uno de los miembros, su voz dura—.
El mayordomo, con la cabeza aún inclinada, respondió con una calma tensa.
—Por eso son rebeldes.
El Canciller se levantó lentamente de su silla, su rostro endurecido por la furia y la determinación. El movimiento de su túnica creaba una estela de lujo a su alrededor, que contrastaba con la gravedad de la situación.
—Ordenen al ejército que capture a estos sujetos de inmediato —dijo con un tono autoritario—. No podemos permitir que esto continúe.
El mayordomo, con un leve titubeo, agregó un detalle crucial.
—Excelencia, los rebeldes son anónimos. No hemos logrado identificar a los responsables. Simplemente han colocado los carteles sin dejar rastro.
El salón se sumió en un silencio pesado. Los miembros de "los Veinte" se miraron confundidos, sus expresiones reflejaban una mezcla de alarma e incertidumbre. La opulencia de su entorno, una burbuja de seguridad y privilegio, parecía de repente frágil ante la amenaza invisible de la rebelión.
El Canciller, con una mirada de frustración creciente, se quedó de pie, rodeado por sus consejeros, mientras el eco de la noticia reverberaba en el lujoso salón. Las luces doradas del candelabro parecían parpadear con cada pensamiento inquieto, acentuando el desconcierto en sus rostros.
Fatality estaba sentado en el suelo de su improvisada tienda en el vertedero, rodeado de montañas de desechos y fragmentos metálicos. La penumbra de la noche envolvía el lugar, interrumpida solo por el resplandor de una pequeña fogata que crepitaba en el centro de la tienda. El calor de las llamas iluminaba el rostro cansado de Fatality mientras él examinaba un panfleto arrugado que había encontrado entre la basura. El papel, desgastado y manchado, tenía un borde rasgado y presentaba una serie de mensajes audaces sobre revolución y cambio.
El panfleto, en colores llamativos que una vez pudieron haber sido vibrantes, ahora se desvanecían en una mezcla de tonos deslucidos. Las palabras "Revolución" y "Igualdad" estaban escritas en un rojo intenso que aún lograba destacar sobre el fondo sucio. Fatality lo sostenía entre sus manos con una mezcla de curiosidad y esperanza. Cada palabra parecía resonar con una promesa de cambio, de un futuro diferente a la opresión que él y los demás habían soportado durante tanto tiempo.
El aroma a tierra húmeda y la fragancia metálica del vertedero se entremezclaban con el olor a carne asada que emanaba de la parrilla improvisada cercana. La cena de esta noche era un festín modesto comparado con las sobras habituales. Carne y verduras, obtenidas del huerto que los marginados habían logrado cultivar con ingenio, se cocinaban sobre las brasas. El crepitar de la carne y el sonido de las verduras chisporroteando en el fuego se mezclaban con el murmullo del viento que arrastraba trozos de papel y plástico.
Los marginados se agrupaban alrededor de la parrilla, disfrutando de la comida con una mezcla de gratitud y alivio. Sus rostros, iluminados por el resplandor del fuego, reflejaban una satisfacción que hacía tiempo no conocían. Los ojos de Fatality observaban la escena, notando las sonrisas y las miradas de alivio entre sus compañeros. La mezcla de aromas, el calor del fuego y el sonido de las conversaciones animadas creaban una atmósfera de camaradería que era nueva y alentadora.
Mientras miraba el panfleto, Fatality sintió un peso en el pecho, un impulso creciente de involucrarse en el movimiento que parecía estar tomando forma. La idea de un cambio real, de una revolución que pudiera acabar con el yugo de los Veinte y ofrecer una vida mejor, comenzó a solidificarse en su mente.
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