El arca, capitulo 4.
Fatality estaba arrodado frente a una parrilla improvisada que había reciclado de fragmentos de metal, una tarea que le había llevado días de meticuloso trabajo. La parrilla, ahora repleta de brasas ardientes, tenía un brillo rojizo que contrastaba con la oscuridad del vertedero que lo rodeaba. La sombra de las montañas de desperdicios creaba un juego de luces y sombras que danzaba sobre su rostro, mientras el calor del fuego se reflejaba en su sudorosa frente.
El aroma de la carne de rata en la parrilla era intenso y penetrante, un olor que se mezclaba con el hedor habitual del vertedero. El crepitar de la grasa goteando sobre las brasas producía un sonido casi musical en medio del silencio nocturno, interrumpido solo por el zumbido lejano de las máquinas y el viento que arrastraba trozos de papel y plástico. La carne chisporroteaba, liberando vapores que se alzaban en el aire, envolviendo el espacio en una nube densa y cálida.
Fatality, con las manos cubiertas de grasa y tierra, manipulaba las piezas de carne con una paciencia que contrastaba con la crudeza de su entorno. Sus movimientos eran precisos, casi ceremoniales. Cada vuelta de la carne se hacía con cuidado, asegurando que se cocinara de manera uniforme. El olor a carne asada se mezclaba con el aroma a ceniza y tierra, creando una mezcla inconfundible que hacía que el estómago rugiera de anticipación.
A medida que el calor de las brasas subía, Fatality sentía el calor en su piel, una sensación abrasadora que se mezclaba con el cansancio en sus músculos. El sudor corría por su rostro, empapando su cabello y dejando rastros salados en sus mejillas. Se secaba el sudor con un movimiento áspero de la manga, sin dejar de atender la parrilla. El brillo del fuego reflejaba en sus ojos, intensificando la determinación en su mirada.
Los márgenes de la parrilla, ennegrecidos por el uso constante, estaban salpicados de restos de grasa y pequeños fragmentos de carbón. En la superficie de la parrilla, la carne se volvía dorada y crujiente, su superficie chisporroteante revelando un tono rojizo en el interior. El aroma, ahora más fuerte, se mezclaba con el aire viciado del vertedero, creando una fragancia que se erguía como un faro de esperanza en medio del desolado paisaje.
Los marginados se acercaban en silencio, sus rostros cansados iluminados por el resplandor de la parrilla. Cada uno de ellos estaba envuelto en capas de ropa desgastada, y sus miradas eran una mezcla de hambre y admiración. Se sentaban en el suelo alrededor de Fatality, observando el proceso de cocción con una mezcla de ansiosa expectación. El brillo de sus ojos reflejaba el calor de la parrilla, y el sonido de sus respiraciones entrecortadas se mezclaba con el crepitar del fuego.
Fatality, inmerso en su tarea, sentía una extraña satisfacción en la simplicidad del momento. Aunque la parrilla estaba hecha de desechos y la carne era un producto del mismo entorno miserable, el acto de cocinar y alimentar a los demás le daba un propósito renovado. La creciente importancia de su trabajo contrastaba con la disminución de la basura y la aparente disminución de su relevancia en el gran esquema de las cosas, pero en ese instante, la comida recién hecha era un símbolo de esperanza y comunidad para los marginados.
La pequeña habitación en los pisos medios del arca estaba sumida en una penumbra grisácea. Las luces tenues del techo parpadeaban ocasionalmente, iluminando los rostros abatidos de la familia obrera. El aire, pesado y cargado de humedad, apenas circulaba por los conductos que gemían débilmente en lo alto de las paredes metálicas. La mesa en el centro de la sala estaba vacía, salvo por un plato con restos de comida seca y una jarra de agua casi vacía. Las sombras de los muebles se alargaban por la escasa luz, creando un ambiente sofocante que reflejaba el estado emocional de sus ocupantes.
La hija, sentada en una de las sillas desvencijadas, tamborileaba con los dedos en el borde de la mesa, rompiendo el tenso silencio que dominaba la habitación. Sus ojos, oscuros y agotados, miraban hacia el suelo. Su rostro reflejaba una mezcla de resignación y desesperanza. Después de un largo suspiro, su voz quebró el silencio.
—He estado pensando en casarme —dijo, sin levantar la vista—. Y... embarazarme.
Las palabras flotaron en el aire, casi pesadas. La madre, que estaba sentada en el borde de la cama con una manta vieja sobre sus hombros, levantó la cabeza bruscamente. Su rostro, arrugado por los años de trabajo duro y las preocupaciones constantes, mostró una mezcla de sorpresa y dolor.
—¿Qué estás diciendo? —murmuró, casi sin aliento.
—Las mujeres embarazadas reciben comida asegurada —continuó la joven, su voz apenas un susurro, pero cargada de una determinación sombría—. Un mínimo, al menos, hasta el parto.
El joven de la familia, que había estado apoyado contra la pared, miró a su hermana con los ojos entrecerrados. Tenía el rostro marcado por el cansancio y la frustración. Su mandíbula se tensó, y apretó los puños antes de hablar.
—No es la solución —dijo en un tono áspero, su voz temblando con una rabia contenida—. Casarte, embarazarte solo para recibir un poco de comida... Nos están quitando todo, poco a poco. Nos han reducido las raciones otra vez. Y seguimos aquí, aceptando sus migajas.
El sonido distante de las máquinas del arca, el zumbido constante y metálico, parecía amplificar el vacío que había dejado la conversación. Las palabras del joven resonaban en el espacio como una acusación. Los ojos de la madre, cansados y endurecidos por años de lealtad ciega, se entrecerraron. A pesar de la evidente tristeza en su rostro, su postura permanecía rígida, como si se negara a ceder ante cualquier muestra de debilidad.
—El arca pertenece a los Veinte —dijo la madre con firmeza, su voz áspera y seca—. Ellos nos cuidan. Ellos nos mantienen vivos.
—¿Nos cuidan? —interrumpió el joven, dando un paso hacia el centro de la sala, con los ojos encendidos por la indignación—. Nos están matando de hambre, madre. Nos están matando lentamente, mientras ellos viven comen como emperadores.
La habitación se llenó de una tensión casi palpable. El sonido del zumbido mecánico del arca y el crujido ocasional de las tuberías acentuaban el silencio pesado que siguió a las palabras del joven. La madre apretó los labios, sus manos temblorosas agarrando la manta que tenía sobre los hombros.
—No puedes hablar así —dijo ella, casi en un susurro—. Los Veinte son nuestros protectores. Si no fuera por ellos...
—Si no fuera por ellos, estaríamos mejor —replicó el joven con furia contenida—. Tal vez es hora de unirnos y luchar contra ellos.
Las palabras de su hijo cayeron como piedras en la habitación. La madre bajó la cabeza, aferrándose a su convicción. Pero la semilla de la duda, aunque pequeña, comenzaba a germinar en el corazón de la familia.
En los pisos superiores del arca, donde la opulencia contrastaba marcadamente con la miseria de los niveles inferiores, el Canciller y los demás miembros de "los Veinte" se encontraban reunidos en un salón de banquetes. La sala estaba decorada con tapices dorados y candelabros de cristal que reflejaban una luz cálida y envolvente. La mesa, de mármol pulido, estaba repleta de una exuberante variedad de platos: filetes jugosos, mariscos brillantes y una selección de frutas exóticas que desprendían un aroma dulce y embriagador. La atmósfera estaba impregnada con el aroma de las especias y las salsas, creando un festín sensorial para los sentidos.
El Canciller, sentado en el centro de la mesa en una elegante silla de respaldo alto, se inclinaba hacia adelante con un apetito voraz. Su túnica azul profundo se arrugaba levemente mientras se servía de un gran plato de carne asada, cortada en generosas porciones. Las raciones eran exuberantes, y cada bocado parecía deleitarle más que el anterior. Sus compañeros, igualmente satisfechos, se reían y conversaban en un tono alegre, sus voces llenaban la sala con un murmullo animado.
Uno de los mayordomos, vestido con una túnica negra impecable y una expresión servil, se acercó al Canciller con una bandeja de plata en la mano, llevando una nueva porción de exquisito caviar. La plata relucía bajo la luz de las velas, y el caviar negro, dispuesto en pequeños montones sobre pan crujiente, parecía brillar con un brillo opaco. El mayordomo, con una actitud deferente, se inclinó ligeramente, ofreciendo el plato al Canciller con un gesto respetuoso.
—¿Desea usted este plato, Excelencia? —preguntó, su voz suave y temblorosa.
Sin previo aviso, el Canciller levantó la mano y, con un movimiento rápido y decisivo, le dio una fuerte cachetada al mayordomo. El sonido del impacto resonó en el salón, creando un silencio repentino que contrastaba con el bullicio anterior. La cachetada, fuerte y sonora, hizo que la cabeza del mayordomo se inclinara hacia un lado, mientras sus labios se entreabrían por la sorpresa y el dolor.
—¡No soy un puerco para comer lo mismo dos veces! —rugió el Canciller, su voz grave y cortante cortando el aire—.
El mayordomo, sus mejillas enrojecidas y su expresión descompuesta, se inclinó aún más, tratando de recomponerse mientras murmuraba disculpas atropelladamente.
—Lo siento, Excelencia. Lo siento mucho. No volverá a suceder.
Con una rápida y nerviosa reverencia, el mayordomo se alejó apresuradamente, sus pasos resonando en el suelo de mármol mientras se dirigía hacia la cocina. El sonido de su andar, acelerado y frenético, se mezclaba con el eco de los murmullos sorprendidos de los presentes. El Canciller, con una expresión de desdén, volvió a inclinarse sobre su comida, ignorando al mayordomo que se alejaba.
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