El arca, capitulo 3.

 Los marginados se reunían alrededor de lo que, para ellos, era casi un milagro: un modesto huerto que habían logrado cultivar en medio del vertedero. Las hojas verdes de las verduras asomaban entre la tierra polvorienta y los escombros, creciendo con una vitalidad inesperada. El aire, cargado del hedor de la basura circundante, tenía una frescura insólita cerca del huerto. El aroma terroso de las plantas crecía con fuerza, y algunos de los hombres y mujeres se inclinaban para sentir la textura suave y fresca de las hojas entre sus dedos callosos.


—Míralo, no puedo creer que esto haya salido de aquí —dijo una mujer con voz rasposa, acariciando una lechuga con delicadeza, como si temiera dañarla.


Un murmullo de aprobación recorrió el grupo. Sus rostros, antes endurecidos por la desesperanza, mostraban ahora sonrisas débiles pero genuinas. Fatality observaba a los hombres y mujeres que lo rodeaban. Sus ojos, una mezcla de cansancio y agradecimiento, se posaban en él como si fuera el artífice de todo.


—No me agradezcan a mí —dijo, su voz grave rompiendo el silencio con suavidad—. Este huerto es producto del esfuerzo de todos, no de uno solo.


Las palabras resonaron entre ellos, provocando asentimientos lentos y tímidos. Aunque algunos todavía sentían que le debían su nueva esperanza, el tono de Fatality dejaba claro que no quería asumir la gloria. 

—Pero esto no será suficiente —añadió Fatality, señalando el huerto con un gesto amplio—. Necesitamos más para sobrevivir a largo plazo. Necesitamos carne.


Los murmullos se detuvieron de golpe. Las miradas se cruzaron, incrédulas y confusas. Un hombre flaco, con la piel curtida por el sol y la suciedad, fue el primero en hablar.


—¿Carne? ¿Cómo se supone que vamos a hacer eso? No hay nada aquí para criar.


Fatality sonrió de lado, mirando las caras llenas de dudas. Se agachó y levantó un pequeño trozo de madera podrida del suelo. Lo sostuvo entre sus manos mientras hablaba, como si ese simple gesto le diera fuerza a sus palabras.


—Podemos criar ratas —dijo con firmeza.

—¿Y con qué las alimentamos? No tenemos nada para ellas.


—Primero —respondió Fatality, mirando al grupo—, crearemos una granja de insectos. Las ratas comerán los insectos, y nosotros comeremos las ratas.


Un estremecimiento recorrió a los presentes. El susurro del viento que agitaba la basura a su alrededor se mezclaba con las respiraciones contenidas de los marginados. 


—Es un ciclo —continuó Fatality, su mirada seria pero cargada de esperanza—. La vida alimenta la vida.

En lo alto de una plataforma metálica, los jefes se encontraban reunidos alrededor de una consola parpadeante. El aire en el interior del arca era frío, casi estéril, y el zumbido constante de los sistemas de soporte vital llenaba el ambiente con un eco distante. Bajo sus pies, los paneles vibraban levemente mientras las máquinas trabajaban incesantemente para mantener el arca en funcionamiento. Sin embargo, algo estaba fallando, y la tensión era palpable.


—El sistema sigue fallando en los mismos puntos —dijo uno de los ingenieros, golpeando con frustración el panel de control. Su rostro, pálido bajo la luz fluorescente, reflejaba el cansancio acumulado tras horas de intentos infructuosos. Las luces rojas parpadeaban, emitiendo un débil destello que se reflejaba en sus pupilas dilatadas.


Otro hombre, con el cabello gris y bien peinado, observaba las lecturas en una pantalla cercana. Frunció el ceño, sus ojos oscuros recorriendo los datos sin encontrar ninguna respuesta clara.


—Fatality casi lo había resuelto antes de ser condenado —dijo en voz baja, como si las palabras pesaran en su lengua. Hubo un silencio breve, incómodo, mientras todos procesaban esa afirmación.


El zumbido de las máquinas se intensificaba con el pasar de los minutos, marcando el tiempo que les quedaba para encontrar una solución. Los jefes intercambiaron miradas tensas, algunos con signos de duda en sus rostros, otros con preocupación cada vez más evidente.


—No podemos seguir así —murmuró el primer hombre, su voz teñida de desesperación. Dio un paso atrás, restregándose el rostro con las manos sudorosas—. Hemos tenido que empezar desde cero, y no estamos ni cerca de resolver el fallo.


El técnico de cabello gris dejó caer sus manos sobre la consola, emitiendo un leve sonido metálico. Su expresión se endureció, y sus ojos se dirigieron al horizonte de metal y cables que se extendía ante ellos, como si pudiera encontrar la respuesta perdida en alguna parte de la vasta estructura.


—El problema —dijo otro hombre, un jefe de piel pálida y cabello corto, que había permanecido en silencio hasta ese momento— es que Fatality nunca debió estar en ese puesto. Su origen lo volvía incompetente desde el principio.


El comentario fue recibido con una mezcla de miradas de aprobación y desconcierto. Algunos de los presentes asintieron, como si aquellas palabras confirmaran una sospecha latente. Otros, sin embargo, parecían incómodos con el giro de la conversación. El zumbido de las máquinas pareció intensificarse, acompañando el creciente malestar en la sala.

En la parte más alta del arca, donde el aire era más fresco y puro que en cualquier otro lugar, el Canciller caminaba despacio por sus jardines privados, conocidos como los "oliceos". Las plantas que lo rodeaban eran exóticas, con hojas de un verde intenso y flores que exudaban una fragancia delicada, casi dulce. Las fuentes de mármol, adornadas con grabados antiguos, dejaban caer un suave murmullo de agua que contrastaba con el mundo artificial y mecánico que se extendía más allá de los muros del jardín. La luz del sol artificial, diseñada para imitar los ciclos del día, caía en suaves rayos sobre las flores, acariciando sus pétalos con un brillo dorado.


Cerca de él, un niño de no más de diez años caminaba con curiosidad en los ojos. Vestía una túnica blanca impecable, que contrastaba con sus rizos oscuros. Sus pequeños dedos rozaban las hojas de los arbustos mientras seguía los pasos del Canciller, fascinado por la belleza del lugar. 


—Canciller —preguntó el niño, alzando la vista hacia la imponente figura de su líder—, ¿cómo es que los fundadores pudieron construir algo tan hermoso como este lugar? 


El Canciller, un hombre alto y delgado con una expresión serena, giró suavemente su rostro hacia el niño. Llevaba una túnica larga, de un tono azul profundo, bordada con hilos dorados que brillaban bajo la luz del sol artificial. Sus ojos grises se suavizaron por un momento, como si recordara historias de antaño, pero su postura seguía siendo imponente, irradiando autoridad.


—Eran hombres únicos, niño —respondió, su voz profunda resonando como el eco en una catedral vacía. El viento suave movió las hojas de los árboles que los rodeaban, creando un susurro natural que acompañaba sus palabras—. Hombres de una sabiduría que hoy en día es difícil de imaginar. Visionarios capaces de ver más allá de lo que otros podían, de construir un nuevo mundo cuando todo parecía perdido.


El niño lo miraba con admiración, casi reverencia, mientras el Canciller continuaba su lento paseo por el sendero de piedra, sus pasos firmes pero silenciosos. Las aves, mecánicas pero increíblemente realistas, revoloteaban por los oliceos, su canto mezclándose con el sonido del agua. El aroma a flores recién abiertas impregnaba el aire, envolviendo a ambos en una sensación de calma y orden.


—¿Y nosotros? —preguntó el niño con una mezcla de curiosidad e inocencia—. ¿Somos como ellos?


El Canciller se detuvo ante una fuente, observando el agua cristalina que caía en cascada con una precisión perfecta. Tomó aire lentamente, como si quisiera dar peso a lo que estaba a punto de decir. Luego, giró hacia el niño, con una leve sonrisa en los labios, que no llegaba a sus ojos.


—Nosotros —dijo con solemnidad— heredamos todas sus cualidades. Su inteligencia, su visión, su determinación. Y, en consecuencia, heredamos también el derecho natural de dirigir el arca. Es nuestro destino, y nuestro deber, mantener lo que ellos construyeron. Este lugar, estos jardines, todo esto es un reflejo de su grandeza. Y nosotros somos los herederos de esa grandeza.


El niño asintió, impresionado. Las palabras del Canciller resonaban en su mente, como si acabara de recibir una lección sagrada. Los oliceos, con su armonía artificial, representaban el orden que el Canciller y su linaje preservaban. Un lugar donde el caos del exterior no podía penetrar, una fortaleza de belleza, poder y control.


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