El arca, capitulo 2.
Fatality se encontraba rodeado de un grupo de marginados, todos con miradas vacías y cuerpos desgastados por el hambre y la miseria. El hedor del vertedero se mezclaba con el olor acre del sudor y la suciedad, pero él, ajeno a todo, hablaba con convicción.
—Necesitamos producir nuestra propia comida —les decía, su voz grave resonando entre las estructuras oxidadas que se erguían como esqueletos a su alrededor.
Al principio, solo obtuvo silencio. Después, algunos comenzaron a murmurar, sus voces rasposas llenas de escepticismo.
—Es imposible—dijo un hombre con su piel curtida por la desnutrición y el polvo.
—No tenemos nada —añadió una mujer con los ojos hundidos y el cabello enredado.
Fatality sonrió de lado, su expresión dura pero llena de una determinación inquebrantable. Se agachó para recoger un trozo de chatarra oxidada y lo sostuvo frente a ellos.
—La basura de unos es el tesoro de otros —dijo, observando el pedazo de metal que reflejaba un leve destello bajo la tenue luz del atardecer que se filtraba por las montañas de desperdicios.
Al principio, nadie lo entendió, pero unas horas después, cuatro hombres, que hasta hacía poco habían estado apáticos, se prepararon para sacar todo lo que pudieran del próximo contenedor de basura. Los sonidos metálicos y el crujir de plásticos al ser movidos llenaban el aire mientras rebuscaban frenéticamente. Lo comestible iba a un lado, lo que no, al otro. El olor a podredumbre invadía el ambiente, pero ninguno se quejaba. Se habían acostumbrado al hedor, tanto como a la desesperanza.
Al terminar, los hombres se acercaron a Fatality con los objetos reunidos. Uno de ellos traía un pequeño saco con un polvo grisáceo, que sostenía con indiferencia.
—Esto es inútil —dijo, lanzando el saco al suelo.
—No tan rápido —respondió Fatality, inclinándose para recogerlo—. Este polvo contiene potasio. ¿Saben para qué sirve?
El grupo lo miró, confundido. Uno de los más jóvenes frunció el ceño y, después de un breve silencio, preguntó:
—¿Para qué?
Fatality dejó que el polvo se deslizara entre sus dedos, esparciéndose como ceniza sobre el suelo.
—Con los tomates podridos que encontraron, podemos empezar a sembrar. El potasio es un excelente nutriente. El vertedero nos dará todo lo que necesitamos, si aprendemos a aprovecharlo.
Uno de los marginados, un hombre delgado y encorvado, se volvió hacia su compañero con una sonrisa torcida.
—Este tipo es muy listo —murmuró, con un destello de admiración en su tono.
El otro, más joven y menos impresionado, lanzó una mirada escéptica hacia Fatality.
—Si es tan listo —dijo en voz baja, ladeando la cabeza con incredulidad—, ¿por qué lo arrojaron aquí con nosotros?
Las palabras flotaron en el aire por un momento, mezclándose con el eco lejano de las máquinas y el constante zumbido de moscas. Fatality no respondió.
Con el paso del tiempo, las plantas que los marginados habían sembrado comenzaron a florecer. Pequeños brotes verdes emergían del suelo polvoriento, entre los escombros y la basura, como una promesa de vida en medio del caos. Las hojas de las verduras crecían robustas, y por primera vez en mucho tiempo, los marginados se reunieron alrededor de lo que parecía un festín. En un cuenco rudimentario, compartieron una porción de verduras frescas, tiernas al morder, algo que no habían sentido en sus bocas resecas durante semanas.
El aroma de las verduras recién cocidas se elevaba en el aire, una mezcla de tierra húmeda y frescura vegetal. Era modesto, pero para ellos, aquello sabía a esperanza. Los rostros antes demacrados mostraban algo parecido a la felicidad, aunque efímera. Comían lentamente, saboreando cada bocado, como si temieran que esa sensación de saciedad nunca volviera.
Mientras su situación parecía mejorar, afuera, en la ciudad que los había olvidado, las cosas iban en otra dirección. El "heredero máximo", conocido también como "el Canciller", había decretado una nueva reducción en las raciones de alimentos. Su palabra era inquebrantable, y la medida golpeó con fuerza a los que todavía dependían de las granjas del régimen para sobrevivir.
En una de estas granjas, el ambiente era tenso. El polvo levantado por los pies cansados de los obreros creaba una nube constante de suciedad, que se pegaba a sus pieles sudorosas. el zumbido de las moscas era omnipresente. Un grupo de trabajadores se había reunido, murmurando entre ellos, la desesperación evidente en sus voces roncas y sus miradas inquietas.
—Nos están matando de hambre —dijo uno, con la mandíbula apretada—. Cada vez nos quitan más, y pronto no quedará nada.
—¿Cómo se supone que trabajemos así? —añadió otro, sus manos callosas temblando de furia contenida.
Los murmullos crecían, hasta que el "jefe", un hombre alto y corpulento, con la piel curtida por años bajo el sol implacable, alzó la voz para hacerse escuchar. Su tono era severo, y el silencio se hizo de inmediato.
—Dejen de quejarse. Hay una forma de sobrevivir —dijo, cruzando los brazos—. Si se organizan en tandas de varias familias, pueden preparar sopa para una familia un día, y para otra al día siguiente. Así todos tendrán algo, mediante un sorteo.
El desconcierto fue inmediato. Las palabras del jefe resonaron como un eco absurdo en el aire cargado de polvo y calor. Algunos trabajadores intercambiaron miradas de incredulidad, incapaces de procesar lo que acababan de escuchar. Los ojos de un joven obrero, rojos por la fatiga y la rabia, se entrecerraron en una mezcla de enfado y desesperación.
En el piso superior de la torre, una niña, de no más de ocho años, soltó un pastel de chocolate que estaba casi entero. Cayó al suelo con un ruido sordo, esparciendo migajas y trozos en todas direcciones. El suave olor del chocolate se mezcló con el aire estéril de la habitación, pero la niña no pareció notarlo. Miraba a su madre con ojos grandes y brillantes, impasibles ante el desperdicio.
—No te preocupes por eso, querida —le dijo la madre con una sonrisa dulce y despreocupada mientras un mayordomo limpiaba—. Tenemos más.
La niña apenas asintió, sus rizos dorados rebotando levemente con el movimiento. Su atención ya estaba en otro lugar.
—Cuéntame la historia otra vez —pidió, arrastrando las palabras con la impaciencia de quien ya conoce la respuesta, pero disfruta escuchándola una y otra vez.
La madre se enderezó, limpiándose las manos en su vestido impecable, antes de acercarse a la niña. Con una voz suave, como si estuviera revelando un secreto milenario, comenzó a narrar:
—Hace muchos, muchos años, hubo una guerra. No una guerra pequeña, sino la más grande que la humanidad haya visto. Los cielos se llenaron de fuego y las ciudades fueron reducidas a escombros. El exterior se volvió inhabitable, lleno de muerte y desolación. El aire mismo se convirtió en veneno, y todo lo que conocíamos, todo lo que amábamos, desapareció.
Los ojos de la niña brillaron de emoción. Ya conocía esta parte, pero siempre le fascinaba.
—Pero, justo cuando todo parecía perdido —continuó la madre, acercándose a la ventana que dominaba el cuarto—, los fundadores originales, nuestros antepasados, lograron salvar a la humanidad. Construyeron este lugar, nuestro hogar, y mantuvieron a salvo a los más valiosos. Por eso, querida, todos están en deuda con nosotros.
La niña frunció el ceño ligeramente, intentando comprender completamente el peso de aquellas palabras.
—¿Con nosotros? —preguntó, y su madre asintió con solemnidad.
—Con nosotros —repitió la mujer, con un aire de superioridad que la niña aún no comprendía del todo, pero que pronto aprendería a adoptar.
Con un gesto suave pero firme, la madre tomó la mano de su hija y la guió hacia la gran ventana que dominaba la pared. Era una ventana de cristal grueso, que distorsionaba ligeramente la vista exterior, pero aún permitía contemplar lo que quedaba más allá.
—Mira —dijo la madre, señalando hacia el horizonte—. Esto es lo que queda del mundo exterior.
La niña se asomó, sus pequeños dedos tocando el frío cristal mientras observaba el paisaje que se extendía ante ella. Lo que vio la dejó sin palabras. Más allá de los muros de la torre, se extendía un valle sombrío, una vasta extensión de tierra yerma y gris. El suelo parecía cuarteado, como si hubiera estado seco durante siglos. No había árboles, ni agua, ni señales de vida. Solo un desolado silencio, roto ocasionalmente por el aullido lejano del viento que azotaba la nada.
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