El arca, capitulo 1.

 En una desolada isla azotada por el viento, se erguía un gigantesco edificio. Era una estructura monolítica, fría y gris, que dominaba el horizonte, su silueta cortada por la bruma del océano circundante. El edificio, autosuficiente y dividido en cinco pisos, era el último refugio de la humanidad, pero dentro de sus muros, el orden estaba definido por una rígida jerarquía social.


En el primer piso, vivían "los Veinte", la élite absoluta. Eran las familias que controlaban todo el edificio, descendientes de los fundadores y propietarios de la maquinaria que aseguraba la supervivencia. Vivían en un lujo inimaginable, aislados del resto, entre paredes cubiertas con cristal y jardines internos donde el aire era puro y las comidas, abundantes. 


El segundo piso estaba ocupado por los "Jefes", quienes administraban la producción. No poseían bienes, pero habían heredado una educación que les otorgaba poder. Eran los técnicos, ingenieros, y supervisores que mantenían las máquinas funcionando. No vivían en lujo, pero tenían acceso a una vida cómoda, con sus necesidades satisfechas y una relativa estabilidad.


El tercer piso, oscuro y abarrotado, pertenecía a los "Obreros", miles de personas que realizaban el trabajo físico y pesado para mantener el edificio en funcionamiento. Habitaban en condiciones casi miserables, en habitaciones pequeñas y frías, donde los suministros eran racionados con estricta precisión. Las familias obreras trabajaban largas horas y recibían apenas lo suficiente para sobrevivir.


El cuarto piso, el "Vertedero", era un lugar olvidado, lleno de los desechos del edificio. Oficialmente, no vivía nadie allí.


Fatality, un ingeniero que había ascendido a la posición de Jefe tras años de duro trabajo, estaba sentado en su austera oficina del segundo piso, rodeado de planos y datos. Sus manos ásperas sostenían una pluma mientras trazaba un nuevo diseño para mejorar la distribución de alimentos entre los obreros. Estaba convencido de que podía lograr un sistema más justo. Pero entonces, una hoja de papel fue depositada en su escritorio. Al leer el contenido, un escalofrío recorrió su espalda.


El documento, marcado con el sello del Consejo, ordenaba una "reducción de las raciones" para los obreros. El frío del metal en sus manos contrastaba con el fuego que crecía en su pecho. ¿Cómo se atreven a esto? Los obreros apenas comen lo minimo-dijo fatality.


Determinado a detener esta injusticia, Fatality subió al primer piso. Allí, la atmósfera era distinta: las paredes blancas, el aire perfumado, las luces suaves. Los suelos de mármol reflejaban su paso decidido hasta llegar a la oficina del "Máximo Heredero", el hombre que poseía la mitad del edificio. El anciano, sentado en un trono de cuero negro, lo miró con desdén mientras Fatality le presentaba su caso.


"Esto es insostenible", dijo Fatality, tratando de mantener la calma. "Los obreros ya están al límite. Si reducimos más las raciones, pondremos en riesgo la productividad y la vida de decenas".


El Heredero, imperturbable, lo observó como si Fatality fuera poco más que una máquina defectuosa. Tras una pausa que parecía eterna, habló con frialdad: "Tu insubordinación no será tolerada. Te declaro culpable de alterar el orden del arca".


En ese momento, Fatality comprendió que su destino estaba sellado.

Con una sola orden, la pequeña brigada de soldados que custodiaba la oficina del Máximo Heredero actuó. Antes de que Fatality pudiera procesar lo que ocurría, sintió el pinchazo agudo de una aguja perforando su piel. Un frío químico se esparció rápidamente por su cuerpo, y sus músculos, pesados y tensos, comenzaron a ceder. La habitación, con su aire perfumado y luces cálidas, se desdibujaba lentamente ante sus ojos.


El Heredero se acercó a Fatality, quien apenas podía mantenerse en pie. Su voz, suave pero llena de desprecio, cortó el aire con una frialdad que hizo temblar el pecho del ingeniero. 


"Siempre lo supe", dijo el Heredero, caminando en círculos a su alrededor, mientras los soldados se mantenían rígidos como estatuas. "Alguien nacido entre obreros no merece una posición como jefe. Esas manos jamás deberían haber tocado la maquinaria que sustenta nuestro mundo. Llevas la vulgaridad en las venas, Fatality. No puedes escapar de lo que eres". 


Fatality, medio consciente, quiso gritar, protestar, defenderse. Pero su cuerpo ya no le respondía. Las piernas se le doblaron, y antes de que cayera al suelo, sintió cómo unos brazos firmes lo alzaban sin esfuerzo. Su vista se tornaba borrosa, el mármol blanco del piso superior ahora era solo un vago resplandor bajo su mirada nublada.


Lo arrojaron con brusquedad dentro de un carrito de basura, el metal frío y oxidado rozando su piel. El olor a desechos y a químicos lo envolvía, un hedor ácido que quemaba sus fosas nasales. Las ruedas del carrito chirriaban al ser empujadas por los soldados, el eco resonando en los pasillos vacíos mientras descendían por el edificio. La opulencia del primer piso se desvanecía, dejando lugar a corredores oscuros, sin adornos, fríos como el acero. A medida que bajaban, los sonidos del edificio, el zumbido constante de la maquinaria y el murmullo lejano de los obreros, quedaban atrás, reemplazados por un silencio sepulcral.


Finalmente, el carrito se detuvo. Las puertas metálicas que lo separaban del "Vertedero" se abrieron con un chirrido áspero, revelando un mundo de oscuridad y desolación. El aire aquí era sofocante, cargado de polvo y humo. El suelo estaba cubierto de restos y escombros, y un calor abrasador emanaba desde las enormes incineradoras al fondo del cuarto, que brillaban con una luz naranja tenue pero amenazante.


De un empujón brusco, Fatality fue arrojado del carrito, cayendo entre los residuos como un pedazo más de basura desechada. El impacto lo lastimó un poco, y mientras su cuerpo inerte y entumecido rodaba por el suelo, el hedor a carne quemada y plástico derretido inundó sus sentidos, mezclándose con el dolor de su caída.


El destino de Fatality parecía claro: una de esas incineradoras lo esperaba. Los soldados cerraron las puertas sin decir palabra, dejando a Fatality en la oscuridad del vertedero, un hombre abandonado entre las ruinas, condenado a ser reducido a cenizas junto con los restos de una sociedad que lo había traicionado.

Antes de caer en la inconsciencia total, Fatality sintió un tirón en su brazo. Alguien lo estaba jalando, aunque su cuerpo se negaba a responder. Unos murmullos, amortiguados por la niebla que cubría su mente, flotaban a su alrededor, pero no pudo distinguir palabras. Su visión se desvaneció, y la oscuridad finalmente lo envolvió por completo.


Horas después, Fatality despertó. Lo primero que sintió fue el frío penetrante del suelo bajo su cuerpo. Era áspero y helado, y la humedad le calaba hasta los huesos. Al abrir los ojos, fue recibido por una oscuridad casi absoluta, rota únicamente por leves destellos de luz que parpadeaban de vez en cuando, como si una maquinaria distante funcionara de manera errática. El aire estaba cargado de polvo, y cada respiración era pesada y rancia, llena de un hedor agrio.


Se irguió lentamente, el dolor en sus extremidades recordándole el brutal trayecto que había vivido. Su visión comenzó a aclararse, y lo que vio lo dejó perplejo: alrededor de él, en las sombras, se movían figuras humanas. Estaban agachadas, casi reptando en la penumbra, sus cuerpos apenas cubiertos por harapos. Se notaban semidesnudos, y el brillo tenue de la luz ocasional revelaba sus costillas marcadas bajo la piel pálida y sucia. Los signos de desnutrición eran inconfundibles: sus rostros estaban hundidos, sus ojos apagados y llenos de un cansancio perpetuo.


El corazón de Fatality se aceleró. Intentó hablar, pero su garganta estaba seca, y al principio solo emitió un rasguido. Finalmente, reunió la fuerza suficiente para preguntar, su voz apenas un susurro: “¿Quiénes… quiénes son ustedes?”


Las figuras lo rodeaban ahora, observándolo con una mezcla de curiosidad y cautela. De entre ellos, una mujer se acercó. A pesar de estar visiblemente escuálida, con la piel pegada a sus huesos, había algo en su porte que la hacía destacar. Su cabello oscuro, aunque sucio, caía desordenado alrededor de su rostro, enmarcando unos ojos que, aunque apagados, aún conservaban un vestigio de belleza. Se inclinó hacia Fatality, su respiración entrecortada, y habló con una voz rasposa pero suave.


“Somos los habitantes de la profundidad", dijo ella, sus palabras cargadas de resignación. "Los que el resto del edificio olvidó.”


Fatality la miró, desconcertado. Sus ojos recorrieron los rostros de los demás, todos ellos con expresiones de profunda desesperanza. Marginados, pensó. Nunca había oído de ellos; oficialmente, el vertedero era solo para basura. 

Fatality se sentó, aún debilitado por la sedación, pero su mente ya empezaba a calcular. Miró a la mujer y a los demás seres demacrados que lo rodeaban, y con voz grave, hizo la pregunta que lo atormentaba desde que había despertado.


“¿Cómo han sobrevivido en este lugar?”


La mujer lo observó por un momento, sus ojos hundidos mostrando una mezcla de incredulidad y resignación. "No es vida", murmuró. "Pero… algunas veces, pequeñas gotas de agua se escapan por las paredes. Nos mantenemos atentos, y cuando las encontramos, las recogemos con lo que podemos. El agua es vida".


Fatality tragó saliva, sintiendo la amargura de sus propias palabras mientras la mujer continuaba. "Los desechos que caen desde los pisos superiores a veces traen algo de comida. No es mucho, y está contaminado, pero es lo único que tenemos."


Un nudo se formó en el estómago de Fatality. No era solo por la desesperación de estas personas, sino por la frialdad con la que el sistema las había desechado, dejándolas depender de migajas y gotas para sobrevivir. Durante unos minutos, simplemente observó las sombras a su alrededor, mientras el eco lejano de las máquinas llenaba el espacio. Se dio cuenta de que estos habitantes del vertedero no eran diferentes a los obreros que había defendido. Eran, en esencia, residuos humanos, personas a las que el sistema había decidido que ya no valía la pena mantener con vida.


Sin embargo, algo comenzó a moverse en su mente. Fatality levantó la cabeza, sus ojos escudriñando las paredes. Algo sobre esas fugas de agua le parecía… familiar. Sabía que no era casualidad.


"Yo sé por qué se filtra el agua", dijo de repente, rompiendo el silencio. Su tono era firme, pero también cauteloso. Se levantó lentamente, sintiendo el peso de las miradas desconfiadas sobre él. La mujer entrecerró los ojos, como si intentara descifrar si Fatality hablaba en serio o si la desesperación lo había vuelto loco.


No obstante, él ignoró las dudas, se acercó a la pared más cercana y pegó su oreja contra ella, sintiendo la fría superficie metálica. Cerró los ojos, concentrándose. Durante largos segundos, el silencio fue absoluto, excepto por el leve murmullo de las entrañas del Edificio. Escuchaba. Sabía que había algo, una diferencia, un sonido sutil que sólo un ingeniero podría detectar.


De repente, lo oyó. Un ligero silbido, un susurro apenas perceptible, pero constante. 


"El agua."


Se giró hacia los Marginados que lo rodeaban, su rostro iluminado por una mezcla de certeza y urgencia. Apuntó con su mano hacia un punto específico en la pared, sin titubear.


"El piso inferior tiene una toma de agua independiente", declaró, su voz más fuerte ahora, con una convicción que captó la atención de todos los presentes. "He estudiado los planos del edificio muchas veces. El agua que se filtra viene de un sistema secundario que se diseñó para emergencias."

Fatality la miró a los ojos, su mente ya procesando el siguiente paso. "no sabían dónde buscar. Pero yo sí. Podemos usar esa toma. Con algo de trabajo, podríamos desviar el agua para abastecerlos a todos."


El ambiente se tensó. Por primera vez, los Marginados veían una posibilidad real de cambio, algo que superaba la mera supervivencia a la que habían estado condenados.

El ambiente en el vertedero cambió repentinamente. Las palabras de Fatality parecieron encender una chispa en los ojos apagados de los Marginados, una pequeña esperanza que había estado ausente por mucho tiempo. 


Sin más demora, comenzaron a seguir las instrucciones de Fatality. Con movimientos torpes pero decididos, buscaron herramientas improvisadas entre los escombros del vertedero. Pedazos de metal retorcido, varillas oxidadas y viejas piezas de maquinaria descartada se convirtieron en sus instrumentos de trabajo. El sonido de golpes sordos y rasguños llenaba el aire mientras trabajaban para abrir el punto exacto que Fatality había señalado en la pared secundaria del piso.


El sudor comenzaba a cubrir los cuerpos esqueléticos de los Marginados, pero ninguno se detenía. El hambre y el agotamiento se habían vuelto su estado natural, pero ahora el deseo de sobrevivir con dignidad los mantenía en pie. Las manos temblorosas, algunas con llagas abiertas, no dejaron de golpear la pared con una ferocidad silenciosa.


Finalmente, después de lo que parecieron horas de esfuerzo, el metal cede con un crujido estridente. La pared se abre, revelando una inmensa tubería que cruzaba las entrañas del edificio. La visión de esa tubería, sólida y robusta, parecía casi un milagro para los Marginados, una promesa tangible de agua limpia.


Fatality no perdió tiempo. Con el ingenio que lo había hecho destacar como ingeniero, comenzó a buscar entre los escombros hasta encontrar un viejo tubo lo suficientemente largo y flexible como para conectarlo a la toma. La sensación del metal frío bajo sus manos le recordó los días en que trabajaba con maquinaria en los pisos superiores, pero esta vez no estaba construyendo para el sistema, sino para la supervivencia de aquellos que el sistema había olvidado.


Con la ayuda de algunos de los Marginados, Fatality ajustó el tubo a la toma de agua. El sonido del metal encajando fue acompañado por una pausa colectiva; todos esperaban, conteniendo la respiración, como si el mundo se hubiera detenido en ese instante.


De repente, un gorgoteo profundo resonó dentro de la tubería. Un instante después, el agua comenzó a fluir. Al principio, era un pequeño chorro, que poco a poco fue aumentando hasta convertirse en una corriente constante. El agua salía a borbotones, clara y fresca, chocando contra el suelo con fuerza, formando un charco que se expandía rápidamente. El sonido del líquido llenaba la habitación, un eco de vida que reverberaba en las paredes del vertedero.


Los Marginados se abalanzaron hacia el agua, algunos con las manos extendidas, otros cayendo de rodillas para beber directamente del suelo, sin preocuparse por la suciedad o los residuos. El líquido frío contra sus lenguas secas y sus gargantas quemadas por la sed era como una bendición. Los ojos de todos se llenaron de lágrimas, algunos incapaces de contener la emoción de haber encontrado una fuente de vida en un lugar donde solo conocían la muerte lenta.

La mujer se acercó a Fatality, el brillo de la esperanza en sus ojos opacándose mientras miraba el agua que continuaba fluyendo sin control. La alegría inicial comenzaba a transformarse en preocupación, mientras el charco en el suelo crecía rápidamente, amenazando con inundar el lugar.


"Nos vamos a inundar", murmuró con una mezcla de urgencia y temor. Su voz, aunque apagada, cortó el bullicio de los Marginados que seguían celebrando. "Si no detenemos esto… nos ahogaremos."


Fatality, que había estado observando la marea creciente, asintió con una serenidad que contrastaba con el pánico incipiente. Miró a la mujer y luego a los demás. “Vamos a construir una válvula”, dijo con determinación. Su mente ya estaba trabajando en un nuevo plan, uno que pudiera canalizar y controlar el agua en lugar de dejarla correr libremente.


El tono de confianza en su voz fue suficiente para calmar los temores de los Marginados. Esta vez, no había dudas. Habían visto lo que Fatality era capaz de hacer, y su confianza en él había crecido enormemente. A pesar de sus cuerpos debilitados, estaban dispuestos a seguir sus instrucciones sin vacilar. El ambiente en la sala se había transformado: ya no eran esclavos de la desesperación, sino un equipo dispuesto a luchar por su supervivencia.


De inmediato, comenzaron el segundo esfuerzo, con más energía y enfoque que antes. Fatality, liderando con precisión, les indicó qué partes de los escombros podían ser reutilizadas para construir una válvula rudimentaria. Viejas piezas de metal, cables oxidados y restos de maquinaria se convirtieron en los materiales básicos para la nueva tarea.


Los Marginados, ahora llenos de una nueva confianza en sí mismos, trabajaban con más eficacia. Los sonidos de martilleos, cortes y ajustes llenaban el ambiente, mezclándose con el incesante gorgoteo del agua. Fatality, con sus manos hábiles y mente rápida, supervisaba cada paso, asegurándose de que todo encajara perfectamente.


Con cada ajuste que hacían, el peligro de inundación parecía alejarse más y más. El suelo aún estaba húmedo, pero el agua ya no amenazaba con desbordarse. Finalmente, después de lo que parecieron interminables minutos de trabajo intenso, lograron instalar la válvula en el tubo improvisado. Un giro firme, y el flujo de agua se ralentizó hasta un goteo controlado.


Los Marginados soltaron un suspiro colectivo de alivio, mientras la tensión en el aire disminuía. 


Uno a uno, comenzaron a acercarse al flujo de agua que ahora caía en una corriente suave y constante. Sin decir nada, comenzaron a quitarse los harapos que les cubrían, dejando sus cuerpos expuestos al agua por primera vez en años. El aire se llenó del sonido del agua chocando contra la piel, una especie de risa ahogada escapando de algunos mientras sentían el contacto refrescante del líquido sobre sus cuerpos sucios.


Las lágrimas caían mezcladas con el agua. Las manos temblorosas frotaban la suciedad acumulada, como si con cada gota se estuvieran liberando de los años de abandono y desesperanza. El agua, fría pero vivificante, recorría sus cuerpos esqueléticos, lavando no solo la suciedad, sino también una parte de la miseria que los había consumido durante tanto tiempo.


Fatality los observaba, sintiendo una mezcla de satisfacción y humildad. Había traído más que agua; había devuelto una parte de su dignidad. La mujer, que primero le había advertido del peligro de inundación, se acercó nuevamente a él, su cabello mojado pegándosele a la frente, una sonrisa tenue pero sincera en sus labios.


“Gracias,” dijo en voz baja, su rostro iluminado no solo por la luz, sino por la gratitud que nunca había esperado sentir. 


El grupo, que había estado sumido en la oscuridad durante tanto tiempo, se bañaba ahora, no solo con agua, sino con una sensación de renovación. Era solo el principio.

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