Chicho el rata, capitulo 1.
Joaquín Fernández trabajaba en silencio junto a Germán, su mejor amigo desde que ambos cruzaron la frontera. Las noches eran largas y el trabajo monótono, limpiando los pasillos estériles de "Industrias Ramson", una pequeña rama de un gigante corporativo que poco se preocupaba por la vida de sus empleados, especialmente si eran indocumentados como ellos. El sonido del trapeador deslizándose por el suelo de concreto y el zumbido lejano de las máquinas eran sus únicas compañías, mientras el frío del aire acondicionado les calaba los huesos.
Al caer la noche, Joaquín y Germán intercambiaron miradas furtivas. Sabían bien lo que estaban haciendo, lo habían hecho antes: pequeños robos. Llevaban meses trabajando allí, aprovechando el descuido de una seguridad diseñada para proteger grandes secretos, no pequeños bienes. Nadie se daría cuenta si tomaban algunas herramientas, tal vez un dispositivo electrónico de alta calidad, o dos. "Un poco de justicia", pensaba Joaquín, "algo para compensar todo lo que nos quitan cada día."
Las luces tenues del pasillo proyectaban sombras alargadas sobre las paredes metálicas, mientras sus respiraciones se entrecortaban con la adrenalina del robo. Germán se movía con rapidez, deslizándose entre las estanterías, buscando algo valioso entre los aparatos almacenados. Entonces, el silencio se rompió de golpe.
Un disparo cortó el aire con un silbido agudo. Joaquín se giró justo a tiempo para ver cómo un dron aparecía desde una esquina oscura, emitiendo un brillo azul eléctrico. Antes de que pudiera advertirle, un segundo disparo. Plasma. Germán cayó al suelo, su cuerpo convulsionando mientras el líquido azul chisporroteaba en su piel.
Joaquín sintió un nudo en la garganta, la adrenalina se disparó en su sistema. "Corre," fue todo lo que su instinto le gritaba. Con el corazón palpitándole en los oídos, echó a correr por los interminables pasillos de la instalación. A su alrededor, las luces parpadeaban como si la misma estructura estuviera viva, cada rincón emitiendo un eco metálico que lo hacía sentirse atrapado.
El zumbido del dron detrás de él se intensificaba, amenazante. Giró una esquina, resbaló en el suelo mojado por su propio sudor, se recuperó y siguió corriendo. Sentía el latido descontrolado en su pecho, las piernas ardiéndole, pero no se detenía. Podía oler el ozono en el aire, una mezcla metálica y quemada que lo hacía toser mientras luchaba por respirar. A lo lejos, divisó una puerta entreabierta, con luces intermitentes en su interior. Sin pensarlo, se lanzó hacia ella.
No vio el gigantesco balde de líquido hasta que fue demasiado tarde. Sus pies resbalaron en el borde, y su cuerpo cayó con un chapoteo sordo en la sustancia viscosa. Trató de gritar, pero solo sintió el peso del líquido tragándolo. Entonces, una succión violenta: el balde se vació en un instante, y lo que antes contenía ahora era solo vacío, como si Joaquín jamás hubiera estado allí.
Lo último que sintió fue el frío absoluto. Y luego, nada.
El agua sucia de las alcantarillas fluía lentamente, arrastrando consigo desechos y un hedor que se pegaba en el aire, denso y nauseabundo. De entre las sombras, un burbujeo extraño interrumpió el flujo constante. Algo emergía de lo profundo. Primero, una mano, de piel rosada y húmeda, cubierta de una película viscosa, apenas reconocible como humana. Luego, otra mano se asomó, aferrándose al borde de un canal de concreto. Las garras finas se clavaban con fuerza en el musgo resbaladizo mientras el resto de la criatura luchaba por salir.
El cuerpo, aunque humanoide, se torcía de una manera antinatural al intentar levantarse. Su torso era delgado y encorvado, con costillas marcadas que se movían al ritmo de una respiración agitada. Cuando finalmente logró ponerse de pie, el sonido del agua chorreando de su cuerpo era lo único que rompía el silencio sepulcral de las alcantarillas. Unas orejas grandes y puntiagudas, rosadas como sus manos, se agitaban nerviosamente, captando cada eco, cada gota que caía en las aguas oscuras.
Joaquín, o lo que quedaba de él, alzó las manos frente a su cara. Al principio, no reconocía lo que veía. Sus dedos eran largos y delgados, terminados en uñas puntiagudas que parecían afiladas como cuchillas. El líquido viscoso que lo cubría parecía pegajoso, y la textura era extrañamente desconocida, como si ya no sintiera su propia piel.
Los ojos, antes humanos, se movían rápidamente de un lado a otro. Finalmente, bajó la mirada hacia el agua estancada, su único reflejo. Fue entonces cuando vio su rostro. Lo que le devolvió la mirada no era humano. Era el rostro de un roedor, con hocico alargado, bigotes que temblaban con cada respiración entrecortada, y unos ojos negros y brillantes, llenos de pánico.
—¿Qué…? —su voz salió débil al principio, casi ahogada por la confusión. Su mente intentaba procesar la monstruosidad que tenía frente a sí. Abrió la boca, mostrando pequeños colmillos afilados. Sentía un hormigueo extraño en la mandíbula, como si su boca no le perteneciera. Trató de gritar, pero solo salió un sonido ronco y agudo, mitad humano, mitad animal. Entonces lo dijo, más claro esta vez—: ¿Qué me pasó?
La desesperación en su voz reverberó por las paredes de las alcantarillas. Su respiración se aceleraba mientras miraba con incredulidad sus nuevas extremidades. Cada movimiento de sus manos —o más bien, sus garras— era torpe y tembloroso. Podía sentir la frialdad del aire en su pelaje corto y húmedo, y el olor acre de la basura flotante le inundaba los sentidos. Su olfato, ahora agudo como el de una bestia, percibía con dolorosa intensidad los rastros de putrefacción, óxido y desperdicios.
Intentó moverse, pero su cuerpo se sentía diferente, torpe en su nueva forma. Caminó dando tumbos, chocando con las paredes de ladrillo húmedo, resbalando en los charcos inmundos. Con cada paso, el eco de su propia respiración parecía más animal que humana. Sentía una mezcla de horror y extraña energía recorriendo su cuerpo.
Joaquín miró al túnel interminable que tenía por delante, el mundo oscuro y sofocante de las alcantarillas. Su corazón, o lo que ahora era, latía furioso en su pecho. No sabía qué había pasado, pero una cosa estaba clara: ya no era el mismo.
En una elegante sala de estar, una gran televisión de pantalla plana dominaba la pared, rodeada por sofás de cuero oscuro y decoraciones minimalistas. Las luces cálidas iluminaban el espacio, reflejándose en los pisos de madera pulida y los cuadros de arte moderno colgados meticulosamente. Frente a la pantalla, una familia blanca de clase alta estaba reunida, todos con expresiones de anticipación, atentos al noticiero que transmitía el resultado de las recientes elecciones presidenciales.
—¡Ahí está! —gritó el padre, un hombre de mediana edad, vestido con un suéter de cachemira y pantalones impecablemente planchados. Alzó su copa de vino con una sonrisa ancha. Los números en la pantalla confirmaban la victoria de "Ronald Romper", el candidato republicano. "Kyle Harrison" había sido derrotado. La barra roja que simbolizaba la ventaja de Rumper se expandía lentamente mientras los últimos votos eran contados.
—¡Lo logramos! —exclamó la madre, una mujer rubia de aspecto elegante, mientras se levantaba de su asiento, abrazando a su esposo. Su collar de perlas brillaba bajo las luces del salón mientras levantaba su copa en un brindis. El tintineo de las copas de cristal resonó en el aire.
Los hijos, dos adolescentes, también sonrieron, aunque con menos entusiasmo que sus padres. El mayor, un joven alto y atlético con una sudadera de una prestigiosa universidad, se unió al festejo levantando su teléfono para tomar fotos y subirlas a sus redes sociales. La hermana menor, sentada con las piernas cruzadas sobre el sofá, observaba la pantalla sin apartar la vista.
—Esto significa grandes cambios —dijo el padre, mientras tomaba un sorbo de vino—. Este país volverá a ser lo que era.
La televisión cambió de plano, mostrando imágenes de la multitud celebrando en las calles de varias ciudades, ondeando banderas estadounidenses y carteles con el rostro de Ronald Rumper y su eslogan: "América fuerte otra vez". Las imágenes iban acompañadas de una música patriótica que llenaba la sala, dándole un aire casi solemne al momento. Los fuegos artificiales estallaban en el cielo nocturno, y los comentaristas hablaban emocionados sobre el cambio de rumbo que esto implicaba para el país.
Horas más tarde, ya con la noche completamente asentada, la televisión mostró el tan esperado discurso de apertura de Rumper. La familia se acomodó en sus asientos, expectantes.
Rumper apareció en el escenario, con su característico peinado rubio, su traje oscuro perfectamente ajustado y una sonrisa confiada. El estruendo de los aplausos lo recibió con entusiasmo. Sus primeros palabras fueron saludos patrióticos y promesas vagas de unidad, pero entonces su tono cambió, volviéndose más severo.
—América ha sido saqueada por delincuentes que no deberían estar aquí —dijo Rumper, y las palabras parecieron resonar con una fuerza especial en la sala. La madre asintió, sus ojos brillaban con satisfacción. El padre cruzó los brazos, atento—. Vamos a acabar con la delincuencia inmigrante. Ya no seremos una nación que se deja pisotear.
La voz de Rumper sonaba firme, cada palabra cargada con una promesa de acción. "Terminar con la delincuencia inmigrante". Esa frase colgó en el aire. Los aplausos retumbaron desde la televisión, y la familia lo celebró como una victoria personal.
—Era hora de que alguien pusiera orden —murmuró el padre, satisfecho, mientras la transmisión mostraba a la multitud vitoreando.
La madre sonrió, una sonrisa fría y complaciente, mientras los fuegos artificiales seguían iluminando la noche. Para ellos, el futuro se veía prometedor, aunque para muchos otros, la realidad pronto se tornaría oscura.
El sol abrasaba el tejado de láminas oxidadas de la pequeña casa en el margen de un pueblo polvoriento, apenas visible en el mapa. Dentro, el aire denso y caliente era sofocante, y el ventilador que giraba lentamente no hacía más que mover la humedad de un lado a otro. La radio vieja, con la carcasa amarillenta por el tiempo, emitía un zumbido intermitente antes de que las palabras del presidente "Peni Natas" se hicieran audibles entre el estático. La transmisión se escuchaba con claridad a pesar de las interferencias ocasionales.
—...recortes al presupuesto de programas alimentarios… —la voz del presidente sonaba distante y fría, como si hablara de cifras y no de personas. El crujido de la estática llenaba los silencios entre sus palabras—. Es un sacrificio necesario para la estabilidad económica del país.
Sentada junto a la mesa, con las manos arrugadas por los años de trabajo duro y el rostro surcado por las arrugas de la preocupación, la madre de Joaquín movió la cabeza en silencio. Sus dedos, callosos y manchados por el tiempo, acariciaban el borde de una taza de barro vacía. Un suspiro apenas audible salió de sus labios, mientras la voz de Natas continuaba, implacable.
—…y con ello, también vamos a reducir los impuestos a quienes generan empleo —añadió el presidente, su tono casi triunfal, como si estuviera anunciando una victoria. Pero en la pequeña casa, esa declaración solo pesaba como una sentencia más.
Joaquín, sentado en una silla de madera rota, escuchaba con el ceño fruncido, apretando los dientes. Sus manos grandes y ásperas descansaban sobre sus rodillas, tensas por la frustración. Afuera, el viento levantaba pequeñas nubes de polvo que entraban por las grietas de la puerta, mezclándose con el aire sofocante. El calor del día se sentía más opresivo en ese momento, como si el peso de las palabras del presidente hubiera caído sobre sus hombros, añadiendo una carga más a la ya difícil vida que llevaba.
—¿Cómo esperan que vivamos así? —murmuró Joaquín, con la mirada fija en la radio, aunque parecía que hablaba para sí mismo. Sabía que su madre compartía su preocupación, pero las palabras entre ellos eran pocas.
Su madre lo miró de reojo, sin decir nada. Sabía que Joaquín estaba considerando lo impensable. Lo había notado en su mirada perdida, en el modo en que se quedaba callado durante las comidas escasas, masticando despacio, como si su mente estuviera en otro lugar.
—No podemos seguir así —dijo finalmente, rompiendo el silencio. Su voz sonaba más firme de lo que se sentía por dentro—. Yo... yo voy a irme al otro lado, mamá.
El anuncio cayó como un golpe en la pequeña habitación. Su madre lo miró, con los ojos llenos de una mezcla de miedo y resignación. Sabía que no había otra opción, pero eso no lo hacía más fácil de aceptar. El corazón le pesaba como una piedra en el pecho.
—No es fácil allá, hijo —dijo finalmente, su voz apenas un susurro—. La gente piensa que es mejor, pero... no todo lo que brilla es oro.
—Aquí tampoco lo es —respondió Joaquín con amargura, levantándose de la silla. Afuera, el sonido del viento seco soplaba entre los arbustos, arrastrando más polvo. La tierra, agrietada por la sequía.
El radio seguía sonando, pero las palabras del presidente ya no importaban. Lo único que resonaba en el pequeño hogar eran las inevitables consecuencias de una vida de pobreza.
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