Capitulo 9.

 Elder caminaba por el pasillo superior del edificio, su presencia era un desfile triunfante sobre los escombros de la resistencia aplastada. La luz del sol, que se filtraba a través de las grandes ventanas, bañaba su figura en un resplandor dorado que acentuaba la sensación de victoria. Los muros, aún adornados con los emblemas de la revolución, parecían desvanecerse bajo el peso de la historia reescrita. A cada paso que daba, sus botas resonaban en el mármol frío del piso, como un eco de un futuro consolidado a través del derramamiento de sangre.


Fatality apareció en el pasillo, su presencia era un contraste marcante con el brillo de Elder. Había pasado tiempo desde su última aparición en ese lugar, y su figura, enigmática y digna, se erguía en un silencio tenso. Sus ojos, que se habían acostumbrado a la penumbra de los vertederos y a las sombras de los desechos humanos, ahora encontraban en el brillo del ambiente una incomodidad que no era física, sino espiritual.


Cuando se encontraron, el aire pareció cargarse de una energía electrizante. Elder lo observó con una mezcla de curiosidad y temor, el gesto de triunfo aún presente en su rostro. Su mirada, fría y calculadora, buscaba medir al hombre que había enfrentado al poder a su manera.

“Eres el famoso Fatality,” dijo Elder, su tono era un desafío disfrazado de cordialidad, como si buscara en sus palabras un eco de reconocimiento en la voz de su interlocutor.


Fatality, con una expresión de calma que contrastaba con el fervor victorioso de Elder, respondió: “Eres el famoso Elder.” La simple mención de su nombre parecía ser suficiente para encapsular la distancia entre los dos.


Elder, sin perder su aire de superioridad, se acercó y le puso una mano en el hombro. El contacto era firme, casi como si tratara de marcar su territorio, de apropiarse de aquel sujeto. Los dedos de Elder se apretaron un poco, como si esperaran una reacción que nunca llegó. Fatality mantuvo su compostura, sus ojos reflejaban una determinación tranquila.


“Dime, ¿qué opinas de los fundadores?” preguntó Elder, su voz contenía una curiosidad inquieta.


Fatality miró al hombre que le tenía frente a él y, en un tono que no admitía titubeos, contestó: “Estoy firmemente convencido de que, tal como se los plantea, nunca existieron. La historia es un proceso colectivo, no individual.”


Las palabras de Fatality flotaron en el aire, llenando el espacio con una verdad que parecía desafiar la concepción de Elder sobre el triunfo. La habitación, con sus ventanas abiertas a la luz del día, parecía ser testigo de un diálogo que iba más allá de la política y la revolución. 

En la sala principal del edificio, el bullicio de la conversación se desvanecía, dando paso a una atmósfera de intensa concentración. Las paredes de concreto, que solían resonar con los ecos de la lucha, ahora estaban adornadas con mapas y bocetos de la nueva sociedad que se gestaba. Bajo la luz dura de los focos que colgaban del techo, un grupo de figuras prominentes de la rebelión, entre ellos Elder, se había congregado en torno a una mesa de conferencias. A su alrededor, varios obreros observaban con expectación, algunos se recargaban contra las paredes mientras otros se sentaban en bancos rudimentarios, el ambiente estaba cargado de una tensión eléctrica.


Elder, con su postura erguida y autoritaria, guiaba la conversación con un gesto firme y un tono decidido. Sus palabras, que fluían con la seguridad de quien ha derrotado a sus rivales, estaban cargadas de conceptos abstractos: igualdad, propiedad común, justicia. Cada término que pronunciaba parecía adquirir un peso tangible en el aire. Los demás miembros de la rebelión, sentados alrededor de la mesa, asintieron con entusiasmo, contribuyendo con ideas y ajustes a las propuestas de Elder. Su entusiasmo era palpable, sus rostros iluminados por el fervor de la posibilidad de un nuevo orden.


Fatality, con su mirada atenta y una concentración meticulosa, tomaba nota de cada sugerencia. Su pluma, al deslizarse sobre el pergamino desgastado que tenía frente a él, emitía un sonido de rasgueo suave pero constante. Las palabras que escribía no eran solo texto; eran la encarnación de las esperanzas y los temores de una nueva era. El ritmo de su escritura era metódico, cada trazo cuidadosamente considerado, cada frase revisada para captar la esencia de las ideas discutidas.


Las horas avanzaron mientras la discusión se profundizaba. Los obreros, a pesar de su cansancio, seguían atentos a cada nuevo concepto que surgía. La sala estaba impregnada de un aroma a tinta y papel, mezclado con el leve olor a sudor de los cuerpos que habían estado en movimiento durante tanto tiempo. A través de las ventanas altas, la luz del atardecer comenzaba a filtrarse, tiñendo el ambiente con un tono cálido y dorado.


Finalmente, después de horas de debates intensos y colaboración incesante, Fatality se levantó y examinó el documento frente a él. La primera parte de la constitución estaba lista: un conjunto de principios y leyes que reflejaban las ideas de igualdad y justicia que se habían discutido. Las páginas estaban llenas de textos densos y meticulosamente redactados, cada sección cuidadosamente delineada para abordar las demandas de una sociedad justa y equitativa.


Elder y los demás líderes de la rebelión se acercaron a la mesa, sus miradas se posaron en el documento con una mezcla de orgullo y expectativa. El brillo de los ojos de Elder reflejaba una satisfacción contenida, un reconocimiento tácito de que el trabajo arduo había dado sus frutos. La atmósfera en la sala, cargada de aire fresco y esperanzador, estaba lista para recibir la nueva etapa de la revolución.


Fatality, agotado pero satisfecho, dejó caer la pluma y se apartó ligeramente del documento. En el silencio que siguió, los murmullos de aprobación comenzaron a llenar el espacio, marcando el comienzo de una nueva era y el cierre de una etapa de incertidumbre. La primera parte de la constitución, una promesa de cambio, estaba ahora lista para ser presentada al mundo.

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