Monterius, Capitulo 7.

 Monterius, de pie en el centro del bullicio, se enfrentaba a un grupo de líderes de aldeas. Las sombras proyectadas por el crepúsculo creaban un contraste dramático en sus rostros endurecidos. Los líderes de varias aldeas, con sus voces cargadas de urgencia, afirmaban que solo Monterius podía unir a los pueblos contra el rey Gorgon. Sus palabras eran firmes, casi suplicantes, y sus miradas reflejaban una mezcla de esperanza y desesperación.


Monterius, a pesar de la creciente presión, se mantenía erguido, con su capa arrastrando por el suelo y su expresión marcada por el conflicto interno. "No puedo," respondió con voz grave, su tono resonando con una firmeza que no ocultaba su propia lucha emocional. "Estaría arriesgando demasiadas vidas."


Elara, con el cabello oscuro enmarañado por el viento, se acercó a su hermano, sus ojos llenos de un resuelto brillo. A su lado, el padre adoptivo de Monterius, con su rostro surcado de arrugas y ojos cansados, lo observaba con una mezcla de tristeza y determinación. La conversación se desarrollaba en medio de la creciente oscuridad, el crepitar de las llamas en las fogatas creando un ambiente de intensa intimidad y urgencia.


Elara tomó la mano de Monterius, su toque cálido contrastando con el frío que les rodeaba. "Tienes que hacerlo," dijo con voz suave pero insistente. "La gente te necesita. Es tu destino, tu linaje lo exige."


Monterius miró a su hermana, su corazón dividido entre el deber y el miedo. La visión de los aldeanos reunidos, confiando en él para liderarlos, le pesaba enormemente. Los líderes de las aldeas, que lo observaban en silencio, parecían aguardar la resolución de la escena, sus miradas llenas de expectación.


El padre adoptivo de Monterius se adelantó, colocando una mano en su hombro con una firmeza paterna. "Lo que tu hermana dice es verdad," afirmó, su voz grave resonando con una sinceridad inquebrantable. "Hijo, El destino del reino está en tus manos."


El viento soplaba, arrastrando el aroma a humo y a tierra mojada, mientras Monterius se sumía en una profunda reflexión. La presión de la responsabilidad y el peso de las expectativas se mezclaban con la frescura de la brisa primaveral. Finalmente, con un suspiro pesado, Monterius alzó la vista hacia los líderes que aguardaban con esperanza.


"Está bien," dijo, su voz llena de resignación y resolución."


Un murmullo de alivio y gratitud se esparció entre los líderes y los aldeanos, y la luz de las fogatas pareció brillar con más intensidad. El sonido de los vítores y el clamor de apoyo se mezclaron con el crepitar de las llamas, marcando el inicio de una nueva era de esperanza y lucha bajo la guía de Monterius.

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