Monterius, capitulo 6.
El sol de la primavera apenas comenzaba a calentar el aire frío de la montaña cuando Aric se encontraba en lo profundo de un bosque, alejado de la aldea y con el corazón palpitante de emoción y temor. El suave murmullo de los arroyos y el canto de las aves eran un contraste inquietante con la traición que estaba a punto de consumarse. Aric, con el rostro sombrío y el pecho agitado, conversaba en voz baja con un allegado del rey, un hombre de porte imponente y ojos calculadores. La recompensa que Aric recibió por la información que proporcionó estaba cuidadosamente guardada en una bolsa de cuero, que el allegado del rey entregó con una sonrisa fría.
El viento primaveral acariciaba las ramas y esparcía el aroma fresco de los brotes verdes, pero para Aric, el sentido del olfato estaba embargado por el temor de ser descubierto. Con un último vistazo a su contacto, se volvió y se dirigió a la salida, escondiendo su rostro bajo la capucha de su capa y moviéndose rápidamente hacia la frontera del reino, desapareciendo en la distancia.
Poco después, la tranquilidad del castillo en la montaña se vio interrumpida por el rugido distante de un ejército. Un millar de soldados avanzaba por el terreno escarpado, sus pasos resonando con un eco metálico que se mezclaba con el crujido de la nieve y el sonido incesante de las piedras que se desprendían bajo el peso de las armaduras. El viento arrastraba el olor penetrante del sudor y del metal caliente, mientras las filas de soldados avanzaban con determinación, su respiración creando nubes blancas en el aire frío.
El avance de los soldados era lento y laborioso, con muchos de ellos cayendo por el agotamiento y las duras condiciones del terreno montañoso. Los gritos de dolor y la cacofonía de metal chocando con metal se mezclaban con el silbido del viento y el lamento de los heridos. Los cuerpos se amontonaban, y el paisaje se convertía en un escenario sombrío de batalla y desesperación.
Al llegar a las puertas del castillo, los soldados, exhaustos y desmoralizados, enfrentaron una resistencia inesperada. Monterius, de pie en lo alto de una colina, observaba el panorama con una mezcla de determinación y frialdad. La aldea, ahora bien organizada y reforzada, estaba lista para el enfrentamiento. La estrategia de Monterius se desplegó con precisión, aprovechando el cansancio y la desorganización de los invasores. Con una sincronización meticulosa, los aldeanos lanzaron una serie de ataques coordinados que desgastaron aún más a los soldados, aprovechando cada oportunidad para infligir daño.
La batalla fue dura y caótica, pero la resistencia de Monterius y su gente finalmente prevaleció. En el crepúsculo del día, el campo de batalla se llenó de los cuerpos caídos de los soldados, y la aldea tomó el control. Con rapidez y eficiencia, los aldeanos comenzaron a recoger las armas y los caballos abandonados, asegurando cada recurso con la urgencia de quienes habían luchado por su supervivencia. El sonido de los cascos de los caballos y el tintinear de las armas se mezclaban con el resplandor anaranjado del atardecer que iluminaba el campo de batalla, marcando una victoria en medio del caos de la primavera.
El sol de la tarde se filtraba a través de las ventanas del gran salón del castillo, proyectando un cálido resplandor dorado sobre las paredes de piedra. El aire estaba impregnado del aroma a madera quemada y a cera de las velas, que parpadeaban suavemente en los candelabros altos. Monterius y Elara se encontraban junto a la chimenea.
Elara, con su cabello oscuro cayendo en ondas sueltas, miró a su hermano con una mezcla de preocupación y esperanza. “¿No has pensado en reclamar el trono?” preguntó, su voz llena de sinceridad mientras se acercaba, el cálido resplandor del fuego iluminando su rostro.
Monterius, sentado en un banco cercano con el cuerpo agotado y el rostro enmarcado por el sudor y la suciedad de la batalla, alzó la vista. Su expresión era seria, sus ojos reflejaban la fatiga y el peso de las decisiones recientes. “No,” respondió con firmeza, sus palabras saliendo en una voz cansada. “No me interesa.”
Elara frunció el ceño, su preocupación evidentemente visible. “Pero serías un gran líder,” insistió. “Has demostrado valor y compasión. La gente te sigue. Sería una oportunidad para restaurar el reino.”
Un silencio momentáneo se apoderó de la sala, roto solo por el crepitar del fuego. Monterius miró el suelo, el resplandor de las llamas danzando en sus ojos. “Lo último que recuerdo de mi padre,” dijo finalmente, su voz cargada de nostalgia y dolor, “es cuando me dijo que sería un pésimo rey.”
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