Monterius, capitulo 5.

 Mientras el frío invernal envolvía el castillo, una escena de actividad y esfuerzo se desplegaba en el interior de sus muros. Mujeres y niños, con el rostro enrojecido por el esfuerzo y el frío, trabajaban afanosamente para limpiar y preparar el gran salón y las habitaciones. Sus manos estaban ásperas y frías al tocar la piedra fría, y el eco de sus pasos en el suelo de piedra se mezclaba con el murmullo de sus conversaciones, creando un ambiente de labor y esperanza.


Fuera, el viento ululaba a través de las rendijas de las ventanas y el aire estaba cargado del aroma fresco de la nieve caída. Los hombres, con el rostro marcado por el cansancio y la determinación, montaban los caballos que habían logrado salvar. El sonido de los cascos de los caballos resonaba en el silencio helado mientras se aventuraban en busca de alimento.


La visión de tres ciervos, apareciendo majestuosos entre los hielos, cubiertos de escarcha, hizo que los cazadores se detuvieran en seco. Sus ojos se iluminaron con esperanza. Cada hombre tensó su arco, las flechas apuntando con precisión. La tensión en el aire era palpable, y el crujido de las flechas al ser lanzadas rompió el silencio. Sin embargo, todas las flechas fallaron, y los ciervos, asustados, comenzaron a moverse rápidamente, sus pezuñas golpeando el suelo nevado con un ritmo frenético.


Monterius, observando desde un costado, sintió una ola de urgencia y determinación. Se adelantó y tomó su arco con manos firmes y decididas. El frío mordía su piel, pero su concentración era absoluta. El silencio se hizo aún más profundo, como si la misma naturaleza contuviera el aliento. Con una precisión que parecía sobrehumana, Monterius tensó su arco, las flechas resplandeciendo en la luz grisácea del día.


El primer ciervo, alzando la cabeza en un intento de detectar el peligro, fue abatido con una flecha certera que atravesó su cuello. El segundo, asustado y tambaleándose, cayó al suelo con una elegancia inesperada mientras una segunda flecha lo alcanzaba en el corazón. El tercero, intentando escapar, fue alcanzado por la tercera flecha de Monterius, que se hundió en su pecho con una precisión mortal.


El silencio volvió a dominar el área, roto solo por el sonido del viento y el crujido de la nieve bajo las patas de los caballos. Los cazadores quedaron estupefactos, sus bocas abiertas en un asombro silencioso mientras miraban a Monterius. 


Los hombres comenzaron a acercarse, examinando los ciervos con una mezcla de incredulidad y respeto. Sus miradas estaban llenas de admiración y una sensación de misterio, como si hubieran sido testigos de algo más allá de lo humano. 


"¿Cómo lo hizo?" murmuró uno de los cazadores, el eco de su voz perdiéndose en el vasto silencio del entorno.


Algunos comenzaron a hablar en voz baja, insinuando que podría haber un espíritu protector guiando las manos de Monterius. Mientras tanto.

Monterius y los cazadores regresaron al castillo con los ciervos cargados en camillas, sus pasos resonando en la nieve mientras avanzaban por el sendero cubierto. La fría brisa invernal arrastraba copos de nieve que chisporroteaban al tocar el suelo, y el aire estaba impregnado del aroma a tierra helada y a sangre fresca de los animales cazados. el resplandor de la luz difusa del atardecer acentuaba la imagen de su noble caza.


Mientras regresaban, un grupo de hombres apareció en la distancia, sus siluetas delineadas contra el fondo blanco del paisaje nevado. Vestían ropas de viaje gastadas y sus rostros estaban marcados por la fatiga y el frío. Al notar a Monterius y su grupo, los hombres comenzaron a acercarse, sus pasos hundiéndose en la nieve con un suave crujido.


Monterius detuvo su caballo y se bajó con un gesto firme. La piel de su rostro estaba roja y helada, y sus manos temblaban levemente mientras se acercaba a los recién llegados. “¿Quiénes son ustedes?” preguntó, su voz cortante y autoritaria, aún marcada por la pesadez del frío.


Uno de los hombres, con una barba espesa y un semblante cansado, se adelantó. “Somos de una aldea cercana,” respondió, su voz áspera y rasposa. “Hemos oído hablar del castillo y hemos venido a ver qué sucede. ¿De dónde vienen ustedes?”


Monterius explicó brevemente que se habían asentado en el castillo tras haber sido atacados por los soldados del rey Gorgon. “Hemos estado buscando comida,” agregó, “¿han tenido éxito en su búsqueda?”


El hombre negó con la cabeza. “No, no hemos encontrado nada. El invierno nos ha golpeado fuerte, y las provisiones escasean.”


Monterius, sintiendo una mezcla de compasión y determinación, tomó una decisión rápida. “Llévense uno de los ciervos,” ofreció, señalando uno de los animales colgantes. “Lo menos que podemos hacer es compartir lo que hemos conseguido.”


Los hombres, sorprendidos y agradecidos, aceptaron el ofrecimiento con una mezcla de asombro y gratitud. Los ciervos fueron repartidos con rapidez, y el grupo se despidió con agradecimientos y palabras de alivio.


Cuando los hombres se alejaron, Aric se acercó con una expresión de desdén en su rostro. “¿Qué has hecho?” preguntó, su voz llena de irritación. “No tenemos comida para estar regalando.”


Monterius, aún con las manos frías y temblorosas, se giró hacia él. “Fue lo correcto,” respondió con firmeza. “Ellos también están luchando por sobrevivir en este invierno implacable.”


Los otros aldeanos, que habían observado la escena, comenzaron a murmurar en apoyo a Monterius. “Es su derecho,” dijo uno de ellos, con una voz cargada de respeto. “Monterius ha cazado estos ciervos."

Aric, al ver la reacción de la mayoría, frunció el ceño pero no pudo contradecir la lógica de los argumentos. El murmullo de apoyo continuó creciendo, y la tensión en el aire se disipó lentamente. Monterius, con el rostro aún pálido por el frío y el cansancio, sintió una ligera sensación de alivio al ver que su decisión era aceptada por su gente.

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