Monterius, capitulo 4.

 Las primeras sombras de la tarde comenzaban a alargarse sobre el sendero que serpenteaba hacia las montañas. La nieve, que antes caía en suaves copos, ahora se arremolinaba en ráfagas más intensas, envolviendo el paisaje en un manto blanco que brillaba tenuemente bajo la luz grisácea del cielo. Los aldeanos, exhaustos y empapados, avanzaban lentamente hacia el castillo, sus pasos resonando en el silencio opresivo del invierno.


Los caballos, pesadamente cargados con camillas arrastrables, avanzaban con dificultad, sus cascos hundiéndose en la nieve profunda y crujiente. Los arneses de las camillas chirriaban con cada movimiento, y el aire estaba cargado del sonido de los suspiros de los animales y el ruido del viento que barría el terreno.


El frío era penetrante, calando hasta los huesos. Las bocas de los aldeanos exhalaban nubes de vapor que se disipaban rápidamente en el aire helado. Los rostros, enrojecidos y congelados, mostraban señales de fatiga y desesperación. Las mantas y capas que envolvían a los aldeanos estaban empapadas, pegadas a sus cuerpos por la nieve y el sudor.


“¡Estamos acabados!” gritó una mujer, su voz quebrada por el cansancio. “El invierno nos ha alcanzado. No podemos seguir avanzando así.”


Monterius, montado en su caballo, se giró hacia ella, sintiendo el peso de la responsabilidad en sus hombros. A pesar del frío que le calaba hasta los huesos, su determinación brillaba en sus ojos. Sus manos, envueltas en gruesos guantes de lana, sostenían las riendas con firmeza. 


“No importa,” respondió con voz firme, tratando de elevar el ánimo de los aldeanos. “Estamos cerca. Solo unas pocas horas más, y llegaremos al castillo.”


Las palabras de Monterius parecían ahogadas por el viento, pero su tono decidido logró atravesar el murmullo de desánimo que se extendía entre la multitud. Se acercó a los caballos, inspeccionando las camillas y asegurándose de que todo estuviera en orden. Cada paso que daba estaba marcado por el sonido sordo de la nieve bajo sus botas.

Monterius se detuvo, sintiendo el peso de la duda en el aire. Miró hacia el horizonte, donde las sombras de las montañas se alzaban imponentes y difusas. “El castillo está cerca,” dijo, tratando de infundir confianza en sus palabras. “Ya hemos recorrido la mayor parte del camino."

La nieve caía con más intensidad ahora, cubriendo las huellas dejadas por los viajeros y transformando el sendero en una serie de ondulaciones blancas. Los caballos, cada vez más cansados, seguían adelante con la perseverancia que les daba el esfuerzo colectivo de la comunidad.


A medida que Monterius hablaba, sus palabras se mezclaban con el viento helado, pero el tono de su voz parecía mantener una chispa de esperanza. Los aldeanos comenzaron a murmurar entre ellos, algunos asintiendo con la cabeza, otros aún dudando pero movidos por la determinación de su líder.


Finalmente, el castillo comenzó a hacerse visible en la distancia, un oscuro perfil contra el cielo invernal. Las torres se alzaban majestuosamente, prometiendo refugio y alivio. Monterius miró a su alrededor, viendo la mezcla de agotamiento y esperanza en los rostros de los aldeanos.


“Ahí está,” dijo, señalando hacia el horizonte. “No queda mucho tiempo. Sigamos adelante. Estamos casi allí.”

La noche había caído con una pesadez fría y envolvente sobre el castillo, mientras la comunidad se refugiaba en el salón principal, un vasto espacio de piedra con altos techos abovedados. Las antorchas que parpadeaban en las paredes proyectaban sombras danzantes sobre los muros y el suelo cubierto de polvo. El eco de los pasos de los aldeanos resonaba en el vacío del gran salón, que estaba aún más frío que el exterior.


Los aldeanos se agrupaban alrededor de una gran mesa de madera, sus ropas aún empapadas y sus rostros pálidos por el agotamiento. El aire estaba impregnado del aroma a humedad de la piedra y el leve toque metálico del frío que se filtraba desde las rendijas de las ventanas. Susurraban entre sí, sus conversaciones llenas de preocupación y desesperanza.


“El frío nos va a devastar,” murmuró una mujer, su voz temblando mientras envolvía una manta aún más alrededor de sus hombros. “No sabemos cómo sobreviviremos aquí.”


Monterius, con su capa de lana colgando pesadamente sobre sus hombros, se acercó al grupo con determinación en su rostro. “No se preocupen,” dijo, su voz firme a pesar del cansancio. “En el nivel inferior del castillo hay unas aguas termales. Pueden bañarse y beber allí. El calor nos ayudará a recuperarnos y a mantenernos a salvo del frío, sobre todo a los niños.”


El alivio momentáneo se reflejó en los rostros de algunos aldeanos, pero la tranquilidad se vio interrumpida por un murmullo inquieto que creció hasta convertirse en un clamor. Monterius, al seguir la dirección de las miradas, vio que en el trono del salón se hallaba un joven aldeano, Aric, que con un gesto desafiante estaba sentado allí con una actitud de evidente autoridad.


Elara, con su cabello oscuro caído desordenadamente sobre su frente, se adelantó con una mezcla de confusión y enojo. “¿Qué haces ahí?” preguntó, su voz llena de incredulidad. “No tienes por qué estar en el trono.”


Aric se volvió lentamente hacia ella, su expresión una mezcla de orgullo y desafío. "Es mi lugar,” respondió con tono firme. “Alguien competente tiene que tomar decisiones, y este lugar es tan bueno como cualquier otro para comenzar.”


El padre adoptivo de Monterius, con su rostro surcado de arrugas y sus ojos cansados pero determinados, se adelantó. “Necesitamos una asamblea,” dijo con voz autoritaria, buscando ganarse la atención de todos. “Debemos discutir cómo manejaremos esta situación.”



La asamblea comenzó en medio del murmullo constante, con los aldeanos discutiendo sobre quién merecía el trono.

El padre adoptivo de Monterius, con el rostro serio y sus ojos brillando con una determinación inusual, se levantó para hablar. Su voz resonó en el silencio expectante del salón. “Hay algo que debo revelarles,” dijo, su tono grave y lleno de peso. “Monterius es, de hecho, hijo del rey Thunerman.”


Un murmullo de sorpresa y escepticismo recorrió la sala. Los aldeanos intercambiaron miradas incrédulas, algunos con la boca abierta y otros con expresiones de asombro y confusión. Monterius, de pie junto a la mesa, sintió el peso de todas las miradas sobre él, y su corazón palpitaba con una mezcla de ansiedad y incertidumbre.


El padre adoptivo continuó, su voz atravesando el murmullo creciente. “El difunto rey Thunerman lo envió aquí para protegerlo, lejos de la guerra que devastó nuestro hogar."

Un viejo soldado de Thunerman, con una barba canosa y ojos endurecidos por años de batalla, se adelantó desde el fondo de la sala. Su voz grave cortó el aire. “Monterius debe tomar el trono. No solo porque es el príncipe, sino porque ha demostrado su valor y nos ha guiado hasta aquí.”


Monterius se preparaba para rechazar la propuesta, su mente girando con la idea de la responsabilidad que implicaba. “No, no puedo…” comenzó a decir, su voz llena de resistencia.


Sin embargo, el padre adoptivo alzó la mano para pedir silencio y se dirigió a la multitud. “Vamos a votar,” propuso con firmeza. “¿Quién está a favor de que Monterius ocupe el trono?”


Las manos comenzaron a levantarse lentamente entre los aldeanos, reflejando una mezcla de apoyo y duda. Elara, de pie al lado de Monterius, se acercó y le dio una palmada en el hombro, sus ojos llenos de determinación y cariño. “Hermano,” dijo con voz suave pero firme, “piensa en que es una forma de ayudar a nuestro pueblo. Ellos te necesitan.”


Monterius miró a Elara. Sus palabras resonaron en su mente, llenándolo de una sensación de deber hacia su gente. Tomó una respiración profunda, mirando a los aldeanos que esperaban su decisión.


“Está bien,” dijo finalmente, su voz cargada de resignación y aceptación. “Estoy de acuerdo, pero solo mientras encontramos una mejor opción."

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