El gran seguidor, capitulo 6.
Después de tres años, Toshiro Toshihara había transformado su vida de manera radical. De un adolescente asustado y desamparado, había evolucionado en un luchador de sumo formidable, invicto tras doscientos combates. Sin embargo, a pesar de sus logros, decidió seguir los pasos de su ídolo, Juan Sánchez, quien, después de alcanzar la fama y el éxito en el ring, se había retirado al tercer torneo para disfrutar de la vida con sus inversiones. Toshiro, aunque seguía participando en combates amistosos y manteniéndose en forma, optó por un estilo de vida más sereno y menos competitivo.
Era una tarde en la que el sol se filtraba débilmente a través de las rendijas de la ventana, lanzando rayos dorados y polvorientos sobre el suelo del tatami. El silencio predominaba en la casa, roto solo por el suave zumbido de un ventilador de pie que luchaba contra el calor persistente. Toshiro se despertó en su habitación, una pequeña habitación tradicional de estilo japonés, adornada con una alfombra de tatami y futones apilados en una esquina. Se incorporó lentamente, sintiendo una debilidad inusual en sus piernas, como si las fuerzas se le hubieran escapado durante la noche. La luz que se filtraba era tenue, creando sombras difusas en las paredes.
Toshiro trató de levantarse, pero sus movimientos eran torpes y vacilantes. Se preguntó por qué las luces estaban apagadas, algo que no era habitual en su casa durante el día. Se dirigió tambaleándose hacia la puerta corrediza que daba a la sala de estar. Al abrirla, la vista que le recibió fue la de una penumbra casi total, con las sombras proyectadas por los muebles y los cuadros en las paredes acentuadas por la falta de iluminación.
—Teruho —llamó con voz cansada—, ¿por qué están apagadas las luces?
Desde la cocina, Teruho, la empleada que había sido una constante en su vida, respondió con voz serena. Ella estaba agachada, moviéndose ágilmente en la oscuridad mientras limpiaba el suelo. Su presencia era casi etérea, una figura oscura y silenciosa que se movía con una destreza que parecía desafiar la falta de luz.
—Si estás dormido, no es necesario encenderlas —dijo ella, sin levantar la vista.
Toshiro, todavía medio adormilado, se acercó con cuidado. El frío del suelo de tatami bajo sus pies le hizo despertar un poco más. El aire estaba cargado con un aroma sutil a cera de madera y detergente, mezclado con el frescor del aire acondicionado que luchaba por mantener el ambiente soportable. La luz de la tarde era apenas suficiente para iluminar las partículas de polvo en el aire, dando a la escena una cualidad casi mística.
—¿Estás limpiando a oscuras? —preguntó Toshiro, tratando de comprender la situación.
Teruho levantó la cabeza brevemente para mirarlo. Sus ojos se ajustaron rápidamente a la penumbra, reflejando una paciencia tranquila. Sonrió levemente antes de responder.
—Estoy acostumbrada. He aprendido a hacer muchas cosas sin depender de la luz. Además, el ambiente más oscuro es más fresco y permite una limpieza más precisa sin distracciones.
El sol se alzaba sobre la mansión de Toshiro Toshihara, bañando el gran comedor con su luz cálida. Toshiro estaba sentado a la mesa de desayuno, disfrutando de un festín de arroz, pescado y miso. La cocina, de diseño tradicional pero con lujosos acabados, estaba decorada con dos fotos prominentes: una enorme de Juan Sánchez, su ídolo y mentor, y una pequeña de Toshiro, capturada en un momento de triunfo en el ring. La luz del sol reflejaba suavemente en las superficies de mármol y las elegantes vajillas.
De repente, el sonido agudo del timbre rompió el tranquilo murmullo de la mañana. Teruho, quien había estado organizando el área de la cocina, dejó su tarea y se dirigió hacia la puerta principal. El timbre se repitió, una vez y otra vez, con una insistencia que desentonaba con el entorno sereno.
Al abrir la puerta, Teruho se encontró con un grupo heterogéneo de personas. Un hombre de mediana edad, con la apariencia de alguien que había visto días mejores, estaba al frente. Llevaba una botella de sake en una mano y vestía ropa claramente desgastada. A su lado, había una mujer con ropas igualmente deslucidas y un grupo de adolescentes y adultos jóvenes, sus rostros reflejaban una mezcla de esperanza y ansiedad.
—¿Quiénes son ustedes? —preguntó Teruho con una voz que intentaba mantener la cortesía pero que transmitía una clara desconfianza.
El hombre se adelantó, el aroma a sake y sudor se mezclaba en el aire. Miró a Teruho con una mezcla de orgullo y desesperación. Su rostro, surcado por líneas de preocupación, intentaba parecer digno mientras hablaba.
—Soy el padre de Toshiro —dijo con una voz rasposa—. Traje sake para celebrar su éxito.
Teruho lo miró con desprecio. Su mente recordó las historias de los días oscuros de Toshiro, el abuso y la negligencia que había sufrido. No podía evitar sentir una profunda indignación ante la cara de un hombre que, en su opinión, no merecía estar en la presencia de alguien como Toshiro.
Con una mezcla de desaprobación y profesionalismo, Teruho cerró la puerta y se dirigió hacia la cocina, donde Toshiro aún estaba sentado, ajeno a la llegada inesperada. El ambiente de la cocina se mantenía sereno y ordenado, en marcado contraste con la situación que se desarrollaba en la entrada.
—Toshiro —anunció Teruho, su voz firme—, hay una visita para ti. Un hombre, que se dice ser tu padre, ha venido con algunas personas. Están en la entrada.
Toshiro levantó la vista de su desayuno, sus ojos reflejando una mezcla de sorpresa y confusión. El silencio en la habitación se volvió pesado mientras él procesaba la información. Teruho, al ver su reacción, comprendió la dificultad de la situación y esperó mientras Toshiro se preparaba para enfrentar a sus visitantes.
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