El gran seguidor, capitulo 3.

 Toshiro se hallaba de pie frente a un dojo de sumo, observando con atención lo que ocurría en su interior. Las paredes de madera oscura estaban decoradas con antiguos pergaminos que mostraban caligrafía japonesa y dibujos de antiguos campeones. El ambiente era solemne, impregnado por el sonido de los tambores de taiko que marcaban el ritmo de los entrenamientos. 


Dentro, dos rikishi, luchadores de sumo, se enfrentaban en un combate de práctica. Sus cuerpos enormes y musculosos chocaban con una fuerza descomunal, haciendo temblar el suelo bajo sus pies. El sudor brillaba en sus pieles bronceadas mientras se empujaban y forcejeaban, buscando el equilibrio perfecto para derribar al oponente. El crujido de la arena bajo sus pies y los jadeos pesados de los luchadores llenaban el aire, creando una sinfonía de poder y disciplina.


Toshiro, que había estado contemplando la escena con los ojos muy abiertos, se sintió impresionado por la destreza y la agilidad que aquellos hombres demostraban a pesar de su gran tamaño. La fuerza y la técnica que empleaban eran la culminación de años de duro entrenamiento, y cada movimiento era un reflejo de la tradición y el respeto por el arte del sumo. 


El aire estaba cargado con un olor terroso y metálico, una mezcla de la arena húmeda y el sudor que impregnaba el lugar. Toshiro inhaló profundamente, como si intentara absorber algo de la fortaleza que veía en los luchadores. Sus músculos, grandes y bien formados, aunque aún sin la destreza técnica, se tensaron con la idea de que, algún día, él podría estar en ese círculo, enfrentándose como uno de ellos.


Decidido, cruzó el umbral del dojo y se dirigió al dueño, un hombre de mediana edad con un semblante severo, que observaba a sus discípulos con ojos calculadores. Sus ropas eran simples, pero su porte reflejaba autoridad y conocimiento. Toshiro sintió un nudo en el estómago al acercarse, pero no dejó que el miedo lo detuviera.


—Quiero una oportunidad para entrenar aquí —dijo Toshiro, su voz firme pero con un matiz de súplica que no pudo evitar.


El dueño del dojo lo miró de arriba abajo, evaluando la solicitud. Había visto muchos como Toshiro antes, jóvenes fuertes con grandes sueños pero sin medios para alcanzarlos.


—Entrenar aquí no es gratis, chico. Necesitas pagar una membresía, y no parece que tengas cómo hacerlo —respondió el hombre, su tono era más directo que cruel.


Toshiro asintió lentamente, consciente de la verdad en esas palabras. Pero en lugar de retirarse, dio un paso adelante.


—Sé que no puedo pagar, pero estoy dispuesto a trabajar. Haré lo que sea necesario… a cambio de comida. No pido nada más.


El dueño del dojo levantó una ceja, sorprendido por la determinación en la voz de Toshiro. Lo miró fijamente durante unos momentos, midiendo su determinación y su desesperación.


—Está bien, chico. Si estás dispuesto a trabajar duro, puedes quedarte. Pero aquí no hay espacio para los débiles —dijo finalmente, esbozando una leve sonrisa. Toshiro inclinó la cabeza en señal de respeto, sintiendo una chispa de esperanza encenderse en su pecho. Había dado el primer paso hacia su sueño.

La noche había caído sobre la ciudad, y las luces del mercado que solían guiar a Toshiro en sus jornadas diarias ahora estaban apagadas. Había renunciado a su trabajo en el mercado, dejando atrás la seguridad de un sueldo. Sin embargo, mientras caminaba hacia el dojo en la penumbra, con la luna brillando débilmente entre las nubes, no sintió miedo ni arrepentimiento. La idea de parecerse a su héroe, Juan Sánchez, lo llenaba de una energía inusual, como una chispa interna que lo mantenía firme en su decisión.


El dojo, en contraste con el bullicio del mercado, estaba en silencio, envuelto en la serenidad de la noche. La madera crujía bajo sus pies cuando entró, y el aire, impregnado del olor a incienso y sudor, se sentía denso y casi sagrado. Toshiro tenía una tarea simple pero ardua: limpiar y velar el dojo durante la noche. Armado con una escoba y una lámpara de aceite, comenzó su trabajo. El sonido suave de la escoba rasgando el tatami resonaba en el silencio, y cada golpe contra el suelo levantaba pequeñas nubes de polvo que danzaban en la tenue luz.


Mientras trabajaba, no dejaba de pensar en las técnicas de los luchadores de sumo que observaba durante el día. Recordaba cada movimiento con precisión, desde cómo se posicionaban hasta cómo usaban el peso de sus cuerpos para desequilibrar al oponente. Después de terminar con la limpieza, se dirigía al área de práctica, donde replicaba los movimientos en la oscuridad, su sombra moviéndose en sincronía con sus esfuerzos. Golpeaba el aire, imaginando que tenía un oponente frente a él, sintiendo la tensión en sus músculos con cada esfuerzo.


Las semanas pasaron, y la rutina se volvió parte de su ser. Cada noche, mientras otros dormían, Toshiro perfeccionaba sus movimientos en la soledad del dojo. Su cuerpo, aunque ya fuerte, comenzó a transformarse aún más, sus músculos se definían y su resistencia aumentaba. Sentía que, aunque invisible para los demás, estaba dando pasos firmes hacia su sueño.


Un día, la calma habitual del dojo se rompió cuando se supo que el oponente del campeón más representativo del lugar, un hombre con una reputación temida, se había negado a aparecer. La noticia corrió rápidamente, y el ambiente se llenó de murmullos de preocupación y desconcierto.


Toshiro, al escuchar la noticia, sintió una especie de llamado. Sin pensarlo demasiado, se acercó al dueño del dojo y, con la misma firmeza que lo había llevado hasta allí, dijo:


—Yo puedo enfrentar al campeón del dojo.


Hubo un silencio momentáneo, seguido de risas y expresiones de incredulidad por parte de algunos. Intentaron desincentivarlo, le dijeron que no estaba listo, que era una locura. Pero Toshiro no se dejó intimidar. Insistió, su mirada fija y determinada.


Finalmente, se le concedió la oportunidad. El día del combate, Toshiro sintió la tensión en el aire mientras entraba al dohyo, el círculo de lucha. El tatami bajo sus pies estaba frío, pero el calor de los espectadores lo rodeaba, llenándolo de una mezcla de nerviosismo y emoción.


El combate fue rápido pero intenso. El campeón se lanzó contra Toshiro con una fuerza arrolladora, pero Toshiro, que había pasado semanas replicando técnicas, usó lo que había aprendido. Esquivó y contraatacó con precisión, su cuerpo moviéndose con una fluidez que sorprendió a todos. Finalmente, con un último empujón, logró derribar al campeón, quien cayó fuera del círculo.


El dojo quedó en silencio por un segundo antes de que estallaran en gritos de asombro. Toshiro, respirando con dificultad, se dio cuenta de que había logrado lo imposible. Aunque el sudor corría por su frente y su cuerpo dolía por el esfuerzo, sintió una profunda satisfacción. Había dado un gran paso hacia convertirse en alguien digno de su héroe.

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