El gran seguidor, capitulo 2.
El sol apenas comenzaba a despuntar en el horizonte cuando Toshiro, con el estómago vacío y las ropas raídas, se encontraba caminando por las calles en busca de limosna. Su cuerpo sentía el cansancio acumulado de la noche anterior, y el frío de la mañana penetraba su piel, dejándolo con un temblor constante. Las calles estaban llenas de actividad, con gente apresurada que apenas le prestaba atención.
Al llegar a un bullicioso mercado de alimentos, el aroma a pescado fresco, frutas y verduras invadió sus sentidos. El estómago de Toshiro gruñó con fuerza, recordándole cuánto necesitaba comer. Sin embargo, cada vez que extendía la mano, la gente se alejaba, evitando su mirada. Se sentía más pequeño con cada rechazo.
De repente, un hombre robusto, con el rostro surcado por años de trabajo duro, lo observó con una mezcla de curiosidad y desagrado. Era el dueño de una de las tiendas del mercado, y su voz grave resonó por encima del ruido de la multitud.
—Aquí no queremos limosneros —dijo el hombre, frunciendo el ceño—. Se ven mal para el negocio.
Toshiro sintió un nudo en la garganta. Estaba a punto de marcharse, pero el hombre continuó.
—Pero si realmente quieres dinero, te puedo ofrecer trabajo. Necesito ayuda descargando mercancía. Me faltan dos trabajadores, pero si te esfuerzas, podríamos arreglárnoslas con algo de mi ayuda.
Toshiro dudó por un instante. Sabía que no tenía muchas opciones. Finalmente, asintió.
—Acepto, señor —respondió con voz suave pero decidida.
El hombre lo guio hacia la parte trasera del mercado, donde un carro lleno de costales de arroz, verduras y otros productos estaba estacionado. El olor a polvo y tierra impregnaba el aire, mezclándose con el aroma a productos frescos. Toshiro tragó saliva al ver la cantidad de trabajo que le esperaba.
Comenzó a trabajar de inmediato, inclinándose para levantar el primer costal. Con gran esfuerzo, logró alzar el costal unos centímetros, pero al intentar ponerlo en su espalda, el saco resbaló de sus manos y cayó pesadamente al suelo.
—Pareces fuerte, muchacho —dijo uno de los trabajadores, que lo observaba desde un costado—. Pero esto no es solo cuestión de fuerza. Es habilidad.
El hombre se acercó y le mostró cómo hacer el trabajo correctamente. Con movimientos precisos y calculados, levantó un costal y lo apoyó contra su muslo, luego lo llevó hasta su espalda con un movimiento fluido.
—Hazlo así —le indicó con paciencia—. Apóyalo primero aquí, luego súbelo a la espalda. No luches contra el peso, úsalo a tu favor.
Toshiro imitó los movimientos del trabajador, siguiendo sus instrucciones al pie de la letra. Esta vez, al levantar el costal, sintió cómo su peso se distribuía de manera más uniforme por su cuerpo. A pesar del esfuerzo, notó que el trabajo se hacía un poco más fácil. Con la respiración entrecortada, continuó, decidido a no fallar.
Mientras el sol se elevaba más alto en el cielo, Toshiro perseveró, sintiendo cómo el sudor corría por su frente y su espalda, mezclándose con el polvo del mercado. Pero esta vez, el cansancio estaba acompañado de una leve satisfacción; estaba aprendiendo, adaptándose, y aunque el camino era difícil, se dio cuenta de que podía hacerlo.
Habían pasado dos años desde que Toshiro comenzó a trabajar en el mercado. Ahora, con quince años, se había convertido en una figura imponente. Su cuerpo, que había sido fuerte pero inexperto, ahora era un coloso de dos metros de altura, capaz de realizar el trabajo de dos hombres sin dificultad. Cada músculo estaba definido por el esfuerzo constante, y sus manos, grandes y callosas, mostraban las marcas de su arduo trabajo.
El mercado era su dominio, y los comerciantes lo conocían bien. Cuando Toshiro llegaba por la mañana, el sonido de los costales golpeando el suelo anunciaba su presencia. El aire estaba lleno de olores: pescado fresco, frutas maduras, especias exóticas, y el inconfundible aroma del sudor mezclado con la tierra. Toshiro, acostumbrado a este entorno, trabajaba con una eficiencia casi mecánica, sus movimientos eran fluidos y precisos.
Después de terminar su jornada, Toshiro decidió pasear por el mercado. Sentía en su bolsillo el peso reconfortante de las monedas que había ganado, lo suficiente para vivir modestamente. Pasó por los puestos, observando la vida cotidiana que lo rodeaba, pero algo lo impulsó a detenerse en un quiosco de periódicos.
El papel crujiente y el aroma a tinta fresca le llamaron la atención. Compró un periódico y comenzó a leerlo mientras caminaba. En la portada principal, un titular capturó su mirada: “Juan Sánchez, de la miseria a la victoria”. La foto mostraba a un hombre con piel oscura y ojos penetrantes, de pie con un trofeo en la mano. Era un indígena mexicano que había superado la pobreza tras convertirse en campeón mundial de un torneo llamado "Operación Medusa".
Toshiro sintió una punzada de admiración. El corazón le latía más rápido mientras leía sobre Juan Sánchez, un hombre que, a pesar de las adversidades, había alcanzado algo extraordinario. Las palabras resonaban en su mente: “campeón mundial”, “pobreza”, “superación”. Era como si una chispa se hubiera encendido dentro de él.
Desde ese momento, Toshiro no podía dejar de pensar en Juan Sánchez. Pronto, la historia de este hombre se convirtió en lo único de lo que hablaba. Compartía la noticia con cualquiera que quisiera escuchar, y hasta con aquellos que no. Los otros trabajadores del mercado, acostumbrados a sus silencios, se sorprendieron ante este nuevo interés.
Al día siguiente, mientras descargaba costales, uno de los trabajadores del mercado se le acercó con una sonrisa burlona.
—Oye, Toshiro —dijo, dándole una palmada en la espalda—, tu puedes lograr lo mismo que ese Juan.
Toshiro lo miró, intrigado, aunque sospechaba que algo andaba mal.
—en serio?, como? —preguntó con genuina curiosidad.
El trabajador se rió y, con un tono sarcástico, respondió:
—Podrías ser campeón de sumo, ¿no? Con ese tamaño, seguro.
Toshiro entendió el sarcasmo en sus palabras, pero algo en la idea se quedó con él. Mientras continuaba su trabajo, la imagen de un luchador de sumo comenzó a rondar su mente. Al principio lo desechó como una broma, pero cuanto más lo pensaba, más comenzaba a considerar la posibilidad. ¿Y si de verdad podría lograrlo? La idea de convertirse en su héroe empezó a echar raíces en su mente.
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