El gran seguidor.

 En una casa diminuta y deteriorada de un suburbio japonés, el ambiente era de una pobreza palpable. Las paredes de papel de arroz estaban manchadas y desgarradas, y el suelo de tatami estaba desgastado por el paso del tiempo. Un grupo de niños menores de cinco años jugaba en el rincón más despejado de la habitación, rodeados de juguetes viejos y deteriorados que intentaban distraerlos de la realidad que los envolvía.


En el centro de la sala, dos figuras contrastaban con la imagen de los niños. Toshiro Toshihara, un adolescente de trece años, era notablemente alto para su edad, midiendo un metro con ochenta centímetros. Su cuerpo robusto estaba acentuado por la ropa gastada que llevaba puesta: una camisa descolorida y pantalones rotos que apenas lo cubrían. En el borde de la mesa de madera tambaleante, Toshiro se inclinaba hacia adelante, su rostro expresando una mezcla de frustración y resignación.


Frente a él estaba Yamato Toshihara, su padre, un hombre de un metro setenta, pero con una presencia que parecía ocupar el doble de espacio por la energía agresiva que emanaba. Yamato sostenía un tazón de sake, cuyo olor fuerte y punzante impregnaba la habitación. Su mirada dura y cansada se mantenía fija en Toshiro, mientras bebía con la rapidez de quien busca ahogar sus penas en alcohol. El tazón, con su borde irregular, resonaba en cada sorbo que Yamato tomaba, y el líquido dorado se derramaba a veces sobre el suelo.


—Ya eres un hombre —dijo Yamato con voz áspera, su aliento a alcohol mezclándose con la humareda de la habitación—. Debes ganarte el pan con el sudor de tu frente. No hay tiempo para juegos ni estudios ahora.


Toshiro, su cabello oscuro desordenado y sus ojos cansados, se retorcía en la silla. —Aún estoy estudiando —respondió, tratando de mantener la calma, aunque su voz temblaba ligeramente—. Necesito terminar mi educación.


—¡No más! —exclamó Yamato, golpeando la mesa con el puño, haciendo que el sake se derramara un poco—. Ya no puedo seguir alimentándote, comes demasiado.


Toshiro miró a su madre, una figura en la penumbra del rincón, cuya presencia era apenas perceptible. Ella estaba sentada en una esquina de la habitación, con los ojos bajos y la espalda encorvada, envuelta en un kimono raído que parecía absorber su tristeza. No pronunció palabra alguna, su silencio era un eco de su sumisión.


—Está bien —dijo Toshiro con voz resignada—. Conseguiré un trabajo. Pero, por favor, déjame quedarme en casa por ahora.


—¡No! —respondió Yamato con firmeza, su rostro enrojecido por la rabia y el sake—. Necesitas salir de aquí. No puedo seguir sosteniéndote.


Toshiro se levantó lentamente, sintiendo el peso de la realidad en sus hombros. Miró a su madre una última vez, buscando algún signo de apoyo que nunca llegó. Con un suspiro, salió de la casa con lo que llevaba puesto, su ropa desgarrada ondeando en el viento frío que soplaba fuera. La puerta se cerró detrás de él con un crujido, marcando el final de una conversación y el comienzo de una nueva incertidumbre en la vida de un joven obligado a enfrentarse al mundo.

La noche se cernía sobre el paisaje gris de la ciudad japonesa, donde las sombras y el frío comenzaban a extenderse. Toshiro Toshihara, con su cuerpo robusto y su ropa raída, avanzaba lentamente por las calles desiertas. La oscuridad lo envolvía, y el ruido lejano de la ciudad se convertía en un murmullo constante, interrumpido solo por el ocasional canto de algún ave nocturna.


Las luces de los faroles parpadeaban con una intensidad débil, proyectando sombras largas que parecían moverse a su alrededor. El viento, que a veces se levantaba en ráfagas cortas, traía consigo un frío penetrante que calaba hasta los huesos. Toshiro se abrazaba a sí mismo para intentar mantener el calor, pero el contacto de sus manos con la piel fría no hacía más que recordar la falta de abrigo adecuado.


Al pasar por un parque, Toshiro observó un pequeño rincón protegido por una valla oxidada y un par de bancos rotos. El suelo estaba cubierto de hojas secas y tierra suelta, y el aroma a humedad y moho llenaba el aire. Sin otra opción a la vista, se dirigió hacia allí, buscando un lugar donde pasar la noche.


Con dificultad, Toshiro comenzó a recoger algunas hojas secas y trozos de cartón que encontró cerca, tratando de crear una superficie más cómoda en el suelo de tierra. La textura áspera del cartón raspaba sus manos mientras lo arrugaba y acomodaba bajo su cuerpo. La ligera humedad de las hojas se sentía fría y resbaladiza contra su piel.


Se sentó con cuidado en el improvisado refugio, sintiendo el peso del cansancio y el frío acumulado en sus músculos. La luna llena, brillante y fría, bañaba el parque con una luz pálida que apenas ofrecía consuelo. Los árboles desnudados por el invierno se alzaban como siluetas oscuras, y el crujido ocasional de ramas caídas contribuía al ambiente inquietante.


Toshiro se estiró sobre el suelo irregular, tratando de acomodarse en una posición lo más cómoda posible. La dureza del suelo se hacía sentir a través del cartón y las hojas, y cada movimiento parecía provocar un nuevo dolor en su espalda y sus caderas. El cielo estrellado, en contraste con el frío y la incomodidad, ofrecía una vista deslumbrante pero distante, casi como una burla a su situación.

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