El gran cocinero, capitulo 1.
En el corazón de la vasta sabana africana, un sol abrasador descendía lentamente en el horizonte, bañando el paisaje en tonos dorados y rojizos. Los altos pastizales susurraban al viento, mientras una tribu de rostros oscuros y ojos penetrantes se reunía en círculo alrededor de un hombre de tez blanca. Su piel pálida contrastaba fuertemente con el entorno, haciéndolo parecer un espectro extraño en medio de aquel lugar que exudaba vida y tradición.
El hombre, vestido con ropa sencilla pero resistente, se inclinó sobre una mesa improvisada, donde habían dispuesto varios recipientes. El aroma de una sopa deliciosa llenaba el aire, una mezcla de especias locales que embriagaba los sentidos. Podía percibir la frescura de las hierbas, el toque ahumado del pimiento y la suavidad de los tubérculos, que se fusionaban en una combinación exquisita.
Con manos firmes, el hombre comenzó a repartir los recipientes entre los miembros de la tribu. El sonido del líquido al caer en los cuencos de madera resonaba suavemente, acompañado por las risas y murmullos de los africanos que lo rodeaban. Mientras llenaba cada recipiente, el vapor de la sopa ascendía en delgadas espirales, envolviendo sus narices en una calidez reconfortante.
Al recibir la comida, los miembros de la tribu agradecieron al hombre con una inclinación de cabeza, sus ojos brillando con gratitud y curiosidad. Era un acto simple, pero cargado de significado. Todos comieron en silencio al principio, deleitándose con cada cucharada, el sabor robusto y nutritivo llenando sus bocas y calentando sus cuerpos. El hombre observaba con una leve sonrisa, viendo cómo los rostros se iluminaban con satisfacción y cómo, poco a poco, las conversaciones volvían a fluir, creando un coro de voces que se mezclaba con los sonidos naturales de la sabana.
Días después, el hombre se encontraba en la ciudad. El bullicio y la actividad vibrante contrastaban con la serenidad de la sabana. Los olores eran distintos; en lugar de hierba y tierra, había una mezcla de humo, comida callejera y el inconfundible aroma metálico de los vehículos. Caminó entre la multitud, sintiendo el empuje y la presión de la gente, mientras se dirigía al área de correos, un edificio de paredes de acero y grandes ventanales que parecía un vestigio colonial en medio del ajetreo moderno.
Al llegar, entró y esperó su turno con paciencia, escuchando el ruido sordo del matasellos golpeando el papel y los murmullos de los otros clientes. Cuando finalmente recibió las cartas, notó una en particular que destacaba: un sobre elegante con el sello de las empresas de su padre. Su corazón latió con fuerza mientras lo abría, y el papel crujió bajo sus dedos.
Leyó las palabras que informaban de la muerte de su padre, sintiendo cómo una ola de emociones lo envolvía. Los recuerdos lo golpearon con fuerza, llevándolo diez años atrás, a una discusión acalorada que fue lo último que compartió con él. La ira se mezclaba en su mente.
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