El cocinero, capitulo 5.

 El sorteo para el banquete de Lagringr había captado la atención de toda el pais, convirtiéndose en el tema central de conversaciones en cafés, oficinas y hogares. El evento, que prometía reunir a personas de todas las clases sociales bajo un mismo techo, generaba tanto entusiasmo como controversia. Las críticas y los comentarios favorables se entrelazaban en redes sociales, y Lagringr, a pesar de la tormenta mediática, se encontraba enfocado en la preparación del próximo banquete.


Dentro de un edificio, Lagringr caminaba por un pasillo silencioso, escuchando el murmullo lejano de conversaciones y el zumbido bajo de los refrigeradores industriales. Se dirigía hacia la cocina de postres, donde se estaba ultimando cada detalle del menú. El aire estaba cargado del aroma dulce de vainilla, chocolate y frutas frescas, creando un ambiente acogedor y tentador. Las luces cálidas bañaban las superficies de acero inoxidable, resaltando la pulcritud y el orden del lugar.


Al acercarse a la cocina de postres, Lagringr escuchó el sonido de una puerta de refrigerador abriéndose. Dentro, un joven chino-descendiente, de delantal blanco y cabello negro cuidadosamente recogido, se acercaba al refrigerador con una expresión de orgullo anticipado. Había pasado horas perfeccionando un pastel especial, y ahora estaba dispuesto a sacarlo para los toques finales. Sin embargo, cuando abrió la puerta del refrigerador, su rostro se transformó en una máscara de sorpresa y furia contenida. Solo quedaba una rebanada del pastel que había preparado.


"¡Juro por todo lo sagrado que mataré a mi hermano!", exclamó, su voz temblando de indignación. Sus ojos se estrecharon mientras el aire en la cocina se tensaba.


En ese momento, su hermano, un joven con una expresión culpable, entró en la cocina. Al cruzar miradas, el temor se apoderó de él, y sin mediar palabra, dio media vuelta y comenzó a correr por el pasillo, sus pasos resonando en el suelo de baldosas. El ofendido pastelero no lo pensó dos veces; agarró un cuchillo de carnicero de la mesa más cercana y salió en su persecución, el filo del arma brillando bajo las luces fluorescentes.


Lagringr, quien estaba al tanto de todo, dio unos pasos rápidos y se interpuso en el camino de ambos. Sujetó al enfurecido joven por el brazo, deteniéndolo en seco. El aire alrededor de ellos estaba cargado de tensión, el sonido de la respiración agitada del pastelero llenaba el espacio.


"¿Qué está pasando aquí?", exigió Lagringr, con una voz calmada pero firme, mientras tomaba el cuchillo de la mano del pastelero.


El joven, con el rostro aún encendido de ira, explicó la situación entre dientes. "Mi hermano se comió casi todo el pastel que preparé...".


Lagringr levantó una ceja, dejando que el silencio pesara por un momento antes de hablar. "¿Era tan buen pastel?", preguntó con curiosidad.


El ofendido joven, todavía enfurecido, pero ahora más controlado, asintió rápidamente. "Pruebe usted mismo."


Con una expresión de consideración, Lagringr tomó un pequeño trozo de la rebanada restante. Saboreó el bocado, dejando que los sabores ricos y complejos se desplegaran en su paladar. Luego, asintió con aprobación. "Tienes razón, es un pastel excelente", dijo, con una leve sonrisa. "Pero si tienen algún problema que resolver, háganlo fuera de mi cocina. Aquí, solo hay lugar para la perfección, no para el caos."


Los hermanos, ligeramente avergonzados, asintieron en silencio. Mientras se retiraban, Lagringr les observó por un momento más, asegurándose de que el conflicto se había enfriado. 

El segundo evento de Lagringr finalmente llegó, superando todas las expectativas. Un total de doscientas personas se congregaron fuera del imponente edificio, esperando ansiosas para vivir el banquete de sus vidas. A diferencia del primer evento, esta vez la mayoría de los asistentes provenían de clases bajas y algunos de clase media, creando un ambiente de diversidad palpable.


Las puertas del edificio se abrieron y la multitud comenzó a entrar lentamente. El aire en el interior estaba impregnado con el aroma de comida deliciosa, un preludio de lo que vendría. La luz suave de los candelabros dorados se reflejaba en las caras expectantes de los asistentes, mientras el murmullo de conversaciones llenaba el espacio.


Entre los invitados, un único individuo adinerado, un hombre de mediana edad con un porte altivo, destacaba entre la multitud. Vestía un traje a medida que parecía fuera de lugar en comparación con la ropa modesta de la mayoría de los asistentes. Al adentrarse más en el salón principal, su expresión de desagrado se hizo evidente. Miró a su alrededor, observando con desdén las mesas dispuestas de manera uniforme y sin distinción.


El hombre, con ceño fruncido, se acercó a uno de los organizadores. "Exijo que me aparten una mesa", dijo, su voz cargada de una arrogancia que no admitía contradicción. "No puedo sentarme junto a esta gente".


El organizador, un joven con una expresión tranquila, le explicó cortésmente que las posiciones ya estaban determinadas y que no habría excepciones. El hombre, con un brillo de enfado en sus ojos, exigió hablar con el organizador principal.


Lagringr apareció momentos después, caminando con paso decidido y la frente ligeramente fruncida. El hombre adinerado, con tono imperioso, reiteró su demanda. "Estoy dispuesto a ofrecer miles de dólares si me apartan una mesa lejos de los demás."


Lagringr lo miró fijamente, sus ojos reflejando una mezcla de desaprobación y resolución. "Eso va en contra del alma del evento", dijo con voz firme pero controlada. "Aquí, todos somos iguales. No hay lugar para el dinero ni el estatus social en esta mesa".


El hombre insistió, pero Lagringr no cedió. "Lo siento, pero no puedo aceptar tu oferta. Si no puedes disfrutar del evento tal como es, entonces tal vez este no sea el lugar para ti".


La tensión en el aire era palpable, pero el hombre, viendo que Lagringr no cambiaría de opinión, se sentó con una mezcla de frustración y humillación. 

Más tarde, la anécdota se volvió viral en las redes sociales. Los comentarios se dividieron entre quienes elogiaban la integridad de Lagringr y aquellos que defendían la actitud del hombre adinerado. Algunos, impresionados por la calidad moral de Lagringr, comenzaron a proponerlo como un posible candidato para un cargo político.

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