El cocinero, capitulo 4.
En la mañana, el elegante edificio se erguía imponente bajo la luz del sol naciente, su fachada de mármol reluciendo en el resplandor matutino. Cien personas esperaban en la fila de entrada, sus ropas y posturas mostrando un contraste notable con el entorno lujoso. Mientras los porteros abrían las puertas, un grupo de individuos desarrapados se mezclaba con la élite de la ciudad, creando un collage fascinante de mundos dispares. Entre ellos, un hombre de rostro cansado y ropa gastada, que había pasado el último mes en la indigencia, miraba el edificio con una mezcla de incredulidad y esperanza.
Una vez dentro, el ambiente era de opulencia inigualable. Cien mesas individuales estaban dispuestas con precisión, cada una cubierta con manteles de seda blanca y adornada con candelabros de cristal que destellaban con una luz cálida y dorada. Los meseros, vestidos con trajes de gala, se movían con elegancia, atendiendo a los comensales con una precisión y cortesía impecables. No se permitía otorgar propinas, y el trato era igualmente distinguido para todos, un principio que Lagringr había insistido en mantener para asegurar la equidad.
A medida que los invitados tomaban asiento, se les ofrecía una serie de refrigerios gourmet. Pequeñas delicias exquisitas, como bocados de foie gras en pan de brioche y tartaletas de caviar, eran presentadas en bandejas de plata, cada bocado un festín para los sentidos. Los aromas ricos y complejos llenaban el aire, mientras la textura suave y cremosa de los aperitivos contrastaba con el crujiente del pan. Simultáneamente, una gigantesca pantalla instalada en una pared proyectaba una serie de películas solicitadas por los invitados, ofreciendo una variedad de opciones que iban desde clásicos del cine hasta éxitos contemporáneos.
Diversos entretenimientos se desarrollaban por todo el lugar: músicos tocaban en vivo, artistas realizaban actos de ilusionismo y cómicos ofrecían actuaciones que mantenían a los asistentes inmersos en una atmósfera festiva. Las bebidas de gran calidad fluían sin cesar, desde champán espumoso hasta vinos finos, sus burbujas y matices realzando el esplendor de la experiencia.
Al caer la tarde, el menú se volvía más sustancial, aunque igualmente lujoso. Se servían platos elaborados, como filetes de ternera con trufas y foie gras, acompañados de guarniciones exquisitas que resaltaban la maestría culinaria de Lagringr. Cada plato era una obra de arte, su presentación impecable y sus sabores intensos y bien balanceados. Los comensales disfrutaban de cada bocado, saboreando la calidad y el cuidado que se había puesto en cada creación.
Cuando la noche finalmente se asentaba, el plato fuerte llegaba a la mesa, preparado especialmente por Lagringr. Era un manjar sin precedentes, con sabores tan profundos y complejos que parecían transcender el simple acto de comer. La combinación de ingredientes frescos y técnicas culinarias refinadas ofrecía una experiencia sublime que dejaba a los invitados maravillados.
Al final de la velada, el banquete culminaba con una infinidad de postres de sabores exquisitos. Mousse de chocolate con frutas exóticas, tartaletas de limón con merengue ligero y una selección de dulces finos deleitaban los paladares. Los postres, presentados con elegancia, ofrecían una gama de texturas y sabores que dejaban una nota final dulce y satisfactoria a una noche memorable.
Lagringr observaba cómo las notificaciones de Instagram se disparaban en su teléfono. Las imágenes del evento se esparcían rápidamente por la red, capturando la esencia del banquete lujoso que había organizado. Las fotos de las mesas elegantes, los refrigerios gourmet y los postres elaborados estaban acompañadas por hashtags que celebraban la justicia social y la equidad. En cuestión de horas, el evento se volvió viral, recibiendo tanto alabanzas entusiastas como críticas acerbas.
Mientras algunos elogiaban el gesto noble de Lagringr, otros, profundamente clasistas, criticaban la idea de mezclar a diferentes estratos sociales en un mismo evento. Comentarios despectivos se acumulaban en los posts, con detractores cuestionando la autenticidad de las intenciones de Lagringr y sugiriendo que el evento era una mera fachada de marketing.
Días después:
En medio de la tormenta mediática, Lagringr se encontraba en una sala de entrevistas, con luces brillantes y cámaras enfocadas en él. La habitación estaba decorada con tonos neutros y muebles modernos, un entorno profesional. Lagringr, con una expresión serena pero determinada, se sentaba frente a un micrófono, mientras el entrevistador, un hombre de voz grave y mirada inquisitiva, le hacía preguntas.
“Entonces, Lagringr,” comenzó el entrevistador, “¿cuál era el verdadero propósito detrás de este evento?
Lagringr inhaló profundamente antes de responder. “El propósito del evento era enviar un mensaje sobre la justicia social. No se trataba solo de ofrecer una comida gratuita, sino de demostrar que, en un mismo espacio, todos pueden ser tratados con igualdad y dignidad. Mi intención era crear una experiencia en la que el lujo no estuviera reservado solo para unos pocos.”
El entrevistador asintió, su rostro mostrando una mezcla de interés y escepticismo. “Tu esfuerzo ha sido comparado con el de Samuel Colt, sobre quién había un refrán que dictaba: ‘Dios hizo al hombre, Samuel Colt los hizo iguales.’ Algunas personas en las redes sociales te han apodado ‘el Todo Poderoso’ por tu intento de igualar el trato a todos. ¿Cómo te sientes con respecto a esto?”
Lagringr sonrió ligeramente, reconociendo la referencia. “Entiendo la comparación, aunque no me considero un salvador."
Las palabras de Lagringr resonaban con una sinceridad palpable, y a medida que la entrevista avanzaba, el ambiente en la sala se volvía más relajado. La luz de los focos creaba un halo alrededor de su figura, acentuando la determinación en su rostro.
A medida que el segmento de la entrevista se difundía, el apodo de “el Todo Poderoso” se afianzaba en las redes sociales. Lagringr, a pesar de la controversia y las críticas, seguía avanzando con su visión de justicia social.
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