El cocinero, capitulo 3.

 Lagringr estaba en su oficina, rodeado por un aire de silencio pesado que contrastaba con el bullicio de la ciudad más allá de las ventanas. El aroma a cuero envejecido de su silla de oficina y el suave crujido de las páginas del libro que sostenía eran los únicos sonidos en el espacio. El libro, una colección de biografías de grandes cocineros, estaba abierto en una página que detallaba el ascenso de un chef famoso. Lagringr pasó un dedo por la página, sintiendo la textura del papel bajo sus yemas. Sus ojos, cansados pero decididos, recorrían las palabras, buscando inspiración, una chispa que lo impulsara.


Mientras leía, el sol se filtraba a través de las cortinas, proyectando rayos dorados que daban un brillo cálido a la habitación. Lagringr se preguntaba cómo podía trascender en un mundo que parecía estar dividido entre los privilegiados y los desconocidos. No quería que su legado se limitara a ser conocido solo entre las élites adineradas. Quería que sus creaciones llegaran a todos, que el sabor de su cocina pudiera tocar vidas más allá de las paredes de un restaurante de lujo.


La idea empezó a formarse en su mente como una burbuja de esperanza y ambición. Su respiración se volvió más rápida, su corazón latía con un ritmo más intenso mientras planeaba cómo hacer realidad su visión. Decidió implementar una serie de pases gratuitos en sus restaurantes, una estrategia audaz para democratizar el acceso a sus creaciones culinarias. Imaginaba cómo la gente de todos los rincones de la ciudad, sin importar su estatus económico, tendría la oportunidad de experimentar su cocina. La promesa de ofrecer comida sin costo para quienes lo necesitaban parecía una manera noble y eficaz de alcanzar su objetivo.


Pronto, la idea se puso en marcha. La promoción se anunció con gran bombo y platillo, destacando en las redes sociales y en los periódicos locales. Sin embargo, lo que Lagringr había anticipado como un éxito rotundo pronto se desmoronó. La realidad se presentó en forma de sillas y mesas ocupadas únicamente por individuos privilegiados, A pesar del entusiasmo inicial, los pases gratuitos no atrajeron a la multitud que esperaba. Los locales, en lugar de estar llenos de nuevos clientes ansiosos por disfrutar de la cocina de Lagringr, estaban en calma, con la única interrupción del ocasional tintineo de platos y cubiertos.

Días después:

El sonido de la lluvia golpeando las ventanas y el frío del aire acondicionado que antes parecía reconfortante ahora solo acentuaban su decepción. Lagringr se sentó en su silla, sintiendo el peso de la derrota y el eco de su propia voz, preguntándose cómo podría realinear su visión y superar el obstáculo que acababa de enfrentar.

Lagringr se encontraba en su oficina, mirando el despliegue de la ciudad a través de los ventanales de cristal que se extendían de piso a techo. La lluvia había cesado, pero el cielo seguía cubierto de nubes grisáceas que filtraban una luz tenue, dándole a la sala un matiz apagado. La brisa fría del aire acondicionado susurraba en sus oídos mientras reflexionaba sobre el fiasco de los pases gratuitos. El intento de democratizar su cocina había fallado, no porque la idea fuera mala, sino porque no había tocado el corazón de las personas.


Sentado en su escritorio de madera pulida, rodeado de documentos y gráficos, Lagringr sintió una oleada de frustración. Sabía que necesitaba algo más personal, algo que hiciera que cada invitado se sintiera especial y valorado. Pensó en cómo podía combinar el lujo y la accesibilidad de una manera que llegara a todos sin perder la exclusividad.


Con una determinación renovada, comenzó a trazar un nuevo plan. Se levantó de su silla, el sonido del cuero crujiente resonando en la sala, y se dirigió a su ordenador. Con rápidos toques en el teclado, comenzó a investigar posibles ubicaciones para un evento de gran envergadura. La idea de un banquete que reuniera a ricos y pobres bajo un mismo techo empezó a tomar forma en su mente.


Poco después, Lagringr contrató un elegante edificio en el centro de la ciudad, un antiguo teatro renovado que se adaptaría perfectamente a su visión. Los pisos de mármol y los candelabros de cristal añadirían un aire de sofisticación, mientras que las amplias áreas permitirían que el evento se sintiera majestuoso y acogedor al mismo tiempo. La resonancia de sus decisiones se amplificó en la sala de juntas de la empresa, donde se reunió con su equipo de planificación.


El sonido de las conversaciones y el murmullo constante de las máquinas de café se mezclaban con el aroma a café recién hecho y a papel de oficina. En la sala de juntas, la atmósfera estaba cargada de anticipación y actividad frenética mientras Lagringr coordinaba los detalles del evento. Contrató a más de cien empleados para gestionar cada aspecto del banquete: desde chefs especializados hasta personal de servicio que se encargaría de atender a los invitados con una meticulosa atención al detalle.


El concepto del evento era claro: un sorteo gratuito que permitiera a cualquier persona tener la oportunidad de asistir. Se diseñó un sistema de inscripción en línea simple y accesible, donde las personas podían registrarse sin coste alguno. Lagringr quería que cada invitado sintiera que había ganado algo especial, que el evento era un regalo para ellos, sin importar su estatus social.


Mientras los preparativos avanzaban, Lagringr pasó horas revisando el menú, asegurándose de que cada plato reflejara su habilidad y pasión por la cocina. El olor de las especias y las preparaciones culinarias llenaba el aire en la cocina del teatro, un preludio del festín que se avecinaba.



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