Monterius, capitulo 3.
La asamblea de la aldea se desarrollaba en el centro del pueblo, bajo la fría luz de las antorchas que parpadeaban a lo largo de las casas. El aire estaba cargado de la mezcla de aromas del humo del fuego y la tierra helada. Los aldeanos, acurrucados en sus mantas y capas, se reunían en un círculo apretado alrededor del padre adoptivo de Monterius, quien se alzaba sobre una plataforma improvisada de madera.
El padre adoptivo, con el rostro surcado de arrugas por años de trabajo duro, miraba a los aldeanos con una expresión de grave preocupación. "Debemos tomar una decisión pronto," dijo, su voz resonando con la autoridad que había ganado durante años de liderazgo. "El invierno se está acercando, y nuestra situación es desesperada."
Un hombre robusto, con la piel curtida por el sol y el frío, se adelantó. "Podríamos ir a las montañas."
El murmullo de desacuerdo recorrió el grupo. Una mujer mayor, con el rostro endurecido por el tiempo, habló con preocupación. "El invierno en las montañas será demasiado crudo. No tenemos suficiente comida ni ropa adecuada para soportar ese frío."
Monterius, con su presencia firme y el corazón aún latiendo con la reciente tragedia, levantó la mano. "Hay otro lugar al que podemos ir," dijo con voz clara y decidida.
Los aldeanos giraron sus miradas hacia él, llenas de expectativa. "¿Cuál es ese lugar?" preguntó el padre adoptivo de Monterius, su tono lleno de curiosidad.
Monterius se enderezó, su aliento formando nubes blancas en el aire frío. "En la cima de la montaña hay un castillo de piedra. He estado allí. El castillo tiene aguas termales en la parte baja que contrarrestan el frío."
Las reacciones fueron mixtas; algunos murmuraron en incredulidad. "Eso es solo un mito," dijo un anciano con una voz áspera.
"Yo he estado allí," insistió Monterius, su mirada llena de la convicción de quien ha visto lo que otros solo pueden soñar. "Las aguas termales ofrecen calor, y el castillo puede proporcionarnos refugio."
El padre adoptivo de Monterius miró a los aldeanos, buscando una respuesta. "¿Quién vota a favor de ir al castillo?"
El silencio fue abrumador. Apenas unas pocas manos se alzaron, reflejando la resistencia y el escepticismo generalizado.
Monterius dio un paso adelante, su voz resonando con una urgencia que no podía ser ignorada. "Es nuestra única opción. Los soldados del rey Gorgon volverán, y necesitamos un lugar seguro. Sin el castillo, estamos condenados."
El padre adoptivo frunció el ceño. "¿Qué haremos con las cosas que necesitamos transportar? No tenemos medios para hacerlo."
Monterius frunció el ceño, pensativo. "¿Dónde están los caballos de los soldados?" preguntó.
"Escaparon cuando el combate comenzó," respondió un aldeano, su tono lleno de desánimo.
"No pueden estar demasiado lejos," dijo Monterius. "Un grupo de hombres debe ir a buscarlos."
Los aldeanos se miraron entre sí, la preocupación en sus ojos. "¿Y qué comeremos en el camino?" preguntó una mujer, su voz temblando con ansiedad.
Monterius tomó un profundo respiro, sintiendo el peso de la decisión. "Si la situación lo requiere, nos veremos obligados a comer los caballos," dijo, su voz dura pero decidida.
El grupo quedó en silencio por un momento, asimilando la crudeza de sus palabras. Finalmente, sin cuestionamientos, por algún extraño motivo, todos los aldeanos levantaron la mano, votando unánimemente a favor del plan propuesto por Monterius.
Cuando la asamblea terminó, Elara se acercó a Monterius, su rostro iluminado por una mezcla de admiración y alivio. "Eres un gran líder," le dijo, su voz suave y sincera. El calor de sus palabras contrastaba con el frío que envolvía la aldea, y Monterius sintió un destello de esperanza en medio de la adversidad.
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