Monterius, capitulo 2.

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En las gélidas montañas, Monterius cabalgaba con determinación, en busca de animales que sirvieran para alimentar a la aldea. La cacería había sido escasa, y el invierno se acercaba implacable. La nieve crujía bajo los cascos de su caballo, y el aire frío mordía su piel, filtrándose a través de su capa de lana gruesa. El paisaje era un vasto manto blanco, salpicado de pinos cubiertos de escarcha y riscos escarpados.


De repente, un poderoso rugido resonó en la distancia, rompiendo el silencio helado. Monterius detuvo su caballo, aguzando el oído. El sonido reverberó en su pecho, llenándolo de una mezcla de curiosidad y temor. Decidido, comenzó a seguir el origen de los rugidos, guiado por una extraña intuición. A medida que avanzaba, el aire se volvía más denso y el cielo, cubierto de nubes grises, amenazaba con una tormenta inminente.


Los rugidos se hicieron más intensos, acompañados de un eco profundo que retumbaba entre las montañas. Finalmente, Monterius llegó a un claro oculto entre dos picos. Allí, en el centro del claro nevado, yacía una criatura que él creía imposible: un dragón agonizante. La bestia, de escamas azul oscuro y ojos dorados apagados, exhalaba con dificultad. Vapor caliente salía de sus fauces abiertas, condensándose en el aire frío.


El olor a azufre y sangre impregnaba la atmósfera, mezclándose con el aroma penetrante de la resina de pino. Monterius se acercó cautelosamente, sus botas hundiéndose en la nieve profunda con un ruido sordo. El dragón levantó la cabeza con esfuerzo, sus ojos encontrando los de Monterius. En esa mirada, el joven príncipe vio un sufrimiento indescriptible, pero también una sabiduría antigua y profunda.


"Por favor, ayúdame," murmuró el dragón con una voz que resonó en la mente de Monterius, más que en sus oídos.


Monterius, asombrado por escuchar al dragón hablar, preguntó, "¿De qué modo puedo ayudarte?"


"Necesito que entierres mi corazón," respondió el dragón. "Soy el último de mi especie."


Monterius sintió un nudo en la garganta, pero asintió. "Lo haré," prometió.


"Estira tu mano," dijo el dragón. Monterius obedeció, extendiendo su mano temblorosa. El dragón se hizo un ligero corte con su garra y luego, con la misma garra, cortó ligeramente la mano de Monterius. La sangre de ambos se mezcló en el aire frío.


"Debes llevar mi corazón allí," dijo el dragón, señalando una dirección. En el horizonte, los picos de hielo del acantilado eran lo único visible. "Allí yace la parte superior del antiguo castillo de piedra, enclavado junto a los hielos."


Monterius siguió la dirección con la mirada, sintiendo una extraña sensación de destino.


El dragón exhaló profundamente y, con un esfuerzo final, escupió su corazón. La criatura emitió un último suspiro y murió, dejando un objeto en forma de huevo rojo en la nieve.


Monterius se inclinó y recogió el corazón, que era caliente al tacto y brillaba con una luz interna. "Parece un rubí," murmuró, sorprendido por su belleza.


Con el corazón del dragón en sus manos, Monterius se sintió invadido por una mezcla de tristeza y propósito. Miró una vez más al dragón caído, agradecido por la confianza depositada en él, y luego montó su caballo, dirigiéndose hacia los picos helados. La nieve crujía bajo los cascos de su caballo mientras avanzaba, y el viento ululaba alrededor.

Después de siete días de arduo viaje, Monterius regresó a la aldea, esperando encontrar la paz y la seguridad que había dejado atrás. Sin embargo, lo que encontró lo llenó de horror. La aldea, normalmente vibrante y llena de vida, estaba ahora sumida en una atmósfera pesada y opresiva. No menos de cincuenta cuerpos yacían muertos, esparcidos por el terreno nevado. 

Monterius desmontó de su caballo, sintiendo el peso de la tragedia en cada paso que daba. Los aldeanos, sucios y exhaustos, se alegraron al verlo regresar. Sus rostros mostraban una mezcla de alivio y tristeza. 


"¿Qué ha pasado?" preguntó Monterius, con la voz temblorosa y llena de miedo. Observó los rostros cansados de los sobrevivientes, buscando desesperadamente a Elara y a su padre adoptivo entre la multitud.


El padre de Elara, con su rostro marcado por la batalla reciente y su ropa empapada en sangre, se acercó a Monterius. Sus ojos, normalmente llenos de calidez, estaban ahora oscuros y serios. "Una tropa del rey Gorgon nos atacó," dijo con un tono grave y cansado. "Aunque logramos ganar, perdimos a muchos hombres."


Elara apareció detrás de su padre, con el rostro pálido pero ileso. Corrió hacia Monterius y lo abrazó con fuerza. "Temía no vivir para verte de nuevo" murmuró contra su pecho, su voz quebrada por el llanto contenido.


Monterius sintió una oleada de alivio al saber que ella estaba a salvo, pero la visión de los cuerpos caídos seguía grabada en su mente. El frío del invierno parecía aún más intenso, y el viento ululaba alrededor, llevando consigo el eco de la reciente batalla. Miró a su alrededor, viendo las caras de aquellos que habían sobrevivido, sus miradas llenas de una mezcla de dolor y determinación.

"Debemos hacer algo," dijo Monterius, tomando un respiro profundo para calmarse. "No podemos permitir que esto vuelva a ocurrir.

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