Monterius, capitulo 1.
En un pequeño y modesto castillo, en una tarde en la que el sol pintaba de dorado las piedras viejas y robustas de las murallas, un rey y su esposa conversaban en un salón iluminado por la cálida luz del fuego. Los tapices, que representaban glorias pasadas, se mecían suavemente con la brisa que entraba por las ventanas abiertas, trayendo consigo el aroma fresco del campo.
El rey, un hombre de porte imponente con arrugas profundas marcadas por años de decisiones difíciles, observaba a su hijo de siete años jugar en un rincón. Monterius, con sus cabellos rubios y su mirada brillante, estaba absorto en un juego de figuras de madera que él mismo había tallado.
"Es un desastre," murmuró el rey con un tono de frustración, sin apartar la mirada de su hijo. "Parece más un plebeyo que un príncipe. No aprende nada de lo que le enseño."
La reina, una mujer de semblante sereno y ojos llenos de comprensión, colocó una mano suavemente sobre el brazo de su esposo. "Dale tiempo, cariño. Es solo un niño."
El rey bufó, retirando su brazo bruscamente. "Paciencia... La paciencia no nos servirá cuando la nación de Thunerman esté llamando a nuestras puertas. Se están acercando poco a poco, y podrían estar aquí en medio año."
El nombre de Thunerman resonó en el salón como un presagio oscuro. La reina apretó sus labios, intentando esconder su preocupación. "Están demasiado lejos," respondió con una voz firme pero suave, intentando infundir calma tanto en su esposo como en sí misma. "Tenemos tiempo."
"Estoy de acuerdo" replicó el rey. "Pero de cualquier forma no sé qué será de este reino si nuestro hijo está al frente del trono. Es incapaz de empuñar una espada correctamente
Las llamas de la chimenea crepitaban, llenando el silencio tenso que siguió a sus palabras. Monterius, ajeno a la conversación, seguía concentrado en su juego, moviendo sus figuritas con una delicadeza que denotaba su naturaleza amable y sensible. El suave roce de la madera contra la piedra del suelo era el único sonido en la estancia, además del crujido ocasional del fuego.
Tres meses después, Monterius se encontraba en una aldea de las montañas, un lugar alejado del castillo y de las turbulencias del palacio. La aldea era un refugio de paz y tranquilidad. Los días aquí eran largos y soleados, con el aire fresco y limpio de las alturas.
Monterius jugaba alegremente con una niña campesina llamada Elara. Los dos corrían por la estéril tierra, libertad que solo los niños pueden conocer. Monterius, con sus ropas sencillas y su cabello despeinado, se mezclaba perfectamente con los demás niños de la aldea. No había títulos ni formalidades aquí, solo la simplicidad de la amistad y el juego.
El padre de Elara, un hombre robusto y de rostro amable, observaba a los niños desde la puerta de su cabaña. Conocía bien la identidad de Monterius, pero mientras el joven príncipe estuviera seguro y lejos de peligros, no tenía motivos para preocuparse por la ira del rey. El padre de Elara veía en los ojos del chico una bondad y una esperanza que pocos otros tenían,
Un día, mientras Monterius y Elara corrían por la tierra, una nube de polvo apareció en el horizonte. La aldea entera se detuvo, los aldeanos intercambiaban miradas preocupadas mientras el ruido se hacía cada vez más fuerte. Un mensajero llegó apresurado, su cabello cubierto de sudor y su rostro marcado por la urgencia.
"¡El reino ha sido invadido! ¡Thunerman ha atacado!" gritó el mensajero de la aldea, sus palabras cortando el aire como un cuchillo. "El rey y la reina... han sido ejecutados."
Elara dejó caer las piedras que había recogido, sus ojos grandes llenos de confusión y miedo. Monterius sintió que el mundo se desmoronaba a su alrededor. El sonido de la risa y el canto de los pájaros se desvaneció, reemplazado por un silencio pesado y opresivo.
Diez años habían pasado desde aquella fatídica tarde en que Monterius huyó del castillo. Ahora, a sus 17 años, descendía majestuoso de las montañas montado en un caballo blanco. La brisa fresca acariciaba su rostro mientras su cabello dorado brillaba bajo el sol de la tarde. A su lado, yacía el ciervo más grande que la aldea de no más de cincuenta familias había visto jamás. Los aldeanos detenían sus labores para observar con admiración al joven que se había convertido en parte esencial de su comunidad.
El padre de Elara, su rostro curtido por los años de trabajo duro y las preocupaciones, salió al encuentro de Monterius con una amplia sonrisa. Sus ojos brillaban con orgullo al ver a su hijo adoptivo, ahora un joven fuerte y hábil cazador. Monterius desmontó con agilidad y se dirigió hacia él, llevando el ciervo con esfuerzo pero con una expresión de satisfacción en su rostro.
"Estoy orgulloso de ti, hijo," dijo el padre de Elara, colocando una mano firme y afectuosa sobre el hombro de Monterius. "Has traído una excelente comida para todos. Hoy celebraremos un festín."
El aroma del ciervo asado comenzó a llenar la aldea mientras el sol se ponía, tiñendo el cielo de un anaranjado cálido. Las mujeres se encargaron de preparar la carne. El sonido de risas y conversaciones llenaba el aire, creando una atmósfera de alegría y camaradería que contrastaba con los días más oscuros que habían quedado atrás.
Elara, ahora una joven de cabellos oscuros y ojos vivaces, ayudaba a preparar la mesa. Sus manos trabajaban con destreza, colocando platos de madera. mientras su risa resonaba como música para los oídos de Monterius. Cada gesto y mirada entre ellos mostraba una profunda conexión y un entendimiento mutuo, forjado a lo largo de los años.
Cuando la noche cayó completamente, la aldea se reunió alrededor de una gran mesa al aire libre, iluminada por la luz tenue de las antorchas y el parpadeo de las estrellas. El aroma del ciervo asado se mezclaba con el olor a tierra y hierba fresca, creando un ambiente acogedor y hogareño. Los aldeanos alzaron sus copas de vino y jugo de frutas, brindando por la prosperidad y la unidad que habían encontrado a pesar de las adversidades.
Monterius se sentó junto a Elara y su padre adoptivo, sintiendo una calidez en su pecho al ser parte de esta comunidad que lo había acogido como uno de los suyos. Mientras mordía un pedazo de la suculenta carne, su mente viajaba brevemente a recuerdos del pasado, de su vida anterior en el castillo y de sus padres. Pero en lugar de tristeza, sentía una profunda gratitud por el amor y el apoyo que había encontrado aquí.
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