El angel de la muerte y el hijo prodigo, final.
Nuestros protagonistas se hallaban exhaustos por el devastador desierto. El sol implacable golpeaba sus cuerpos, y el calor ondulaba en el aire, distorsionando el horizonte. El suelo bajo sus pies estaba cubierto de arena ardiente que crujía con cada paso. Sus gargantas estaban secas y sus cuerpos empapados de sudor.
Ángel miraba a un agotado William. Con solo una bolsa de agua compartida entre ambos, cada sorbo era una lucha por la supervivencia.
“William, ¿por qué no regresamos?” preguntó Ángel, su voz apenas audible por el cansancio.
William, jadeando, aterrizó con dificultad y miró a Ángel con ojos cansados pero determinados. “Llevamos más de la mitad del viaje, Ángel,” dijo entre respiros, “no tiene sentido regresar ahora.”
Ángel frunció el ceño, la desesperación visible en su rostro. “No importa. Tenemos que regresar antes de que sea demasiado tarde.”
William negó con la cabeza, su expresión firme. “Nos tomaría más tiempo regresar que terminar el viaje. Estamos más cerca de nuestro destino.”
“Si regresamos, el Valle Largo nos proveerá,” insistió Ángel.
“Es mejor terminar el viaje,” replicó. “Si seguimos, llegaremos pronto al valle largo”
Ángel, confundido y frustrado, exclamó: “No entiendo. ¿Cómo es posible que al terminar un recorrido acabemos donde empezamos?”
William, sacando fuerzas de flaqueza, dibujó un círculo en la arena con un palo. Marcó un punto en el círculo y lo llamó Valle Largo. “Mira,” dijo, señalando el dibujo. “Estamos aquí,” marcó un punto en el lado opuesto del círculo. “Si continuamos, daremos la vuelta completa y regresaremos al Valle Largo. Pero si volvemos por donde vinimos, será un trayecto mucho más largo.”
Ángel miró el dibujo, sus cejas fruncidas en concentración. “¿Estás diciendo que el mundo es esférico?”
William asintió lentamente. “Sí, Ángel. El mundo es esférico. Por eso, seguir adelante nos llevará de vuelta al inicio más rápido que regresar sobre nuestros pasos.”
Meses después, William y Ángel volaban exhaustos sobre el vasto Valle Largo. El viaje había sido una odisea de desafíos y peligros que había dejado sus cuerpos marcados por el cansancio y la debilidad. El sol del atardecer teñía el cielo con tonos dorados y rosados mientras se adentraban más y más en el corazón del valle.
Los músculos de William temblaban con cada batir de sus alas, y su respiración era pesada y irregular. Ángel, agarrado con firmeza a su espalda, sentía el peso del viaje en cada fibra de su ser. El silencio del valle se extendía a su alrededor, solo interrumpido por el suave susurro del viento entre los árboles y el murmullo distante del río que serpenteba a través del valle.
Al divisar finalmente el río, un destello de esperanza iluminó sus rostros fatigados. Descendieron lentamente hacia el agua cristalina que fluía con una serenidad reconfortante. Sin embargo, la debilidad los abrumaba tanto que cuando William intentó aterrizar con cuidado cerca del río, sus piernas apenas sostuvieron su peso. Con un último esfuerzo, logró frenar lo suficiente para no lastimarse al caer.
Ambos se dejaron caer al agua con un suspiro de alivio. El río fresco y claro los recibió con una caricia suave, como si el agua comprendiera su agotamiento y los envolviera en una sensación de renovación. William perdió su forma transformada, volviendo a su apariencia humana con un susurro de escamas que se desvanecían en el agua.
Ángel se sumergió completamente, dejando que el agua fresca aliviara sus músculos doloridos y lavara el sudor y el polvo del viaje. Cerró los ojos, sintiendo la corriente acariciar su piel y llevarse consigo el peso de los meses de travesía.
William se recostó en la orilla, dejando que el río limpiara las heridas y las marcas del tiempo en su cuerpo. El sonido del agua fluía suavemente a su alrededor, como una melodía reconfortante que calmaba su mente agotada.
Horas después, Ángel se encontraba frente a un festín extraordinario: un pez de veinte metros de largo y treinta centímetros de grosor yacía asándose sobre una fogata improvisada. El aroma delicioso de la criatura acuática comenzaba a llenar el aire, mezclándose con el humo fragante que se elevaba en espirales hacia el cielo estrellado del Valle Largo.
Las llamas crepitaban con intensidad, iluminando la noche con tonos anaranjados y dorados que danzaban sobre las piedras circundantes. Ángel, con destreza aprendida durante sus meses de viaje, había encontrado y capturado al enorme pez en las aguas del río donde habían descansado anteriormente.
William observaba con admiración mientras Ángel manejaba la cocción del pez con habilidad. El pez, con su piel escamosa brillando bajo el calor del fuego, parecía casi un monumento a la abundancia del valle. El aroma a pescado ahumado se mezclaba con hierbas silvestres que Ángel había encontrado cerca del río, agregando capas de sabor y fragancia a la comida.
Cuando el pez estuvo completamente cocido, Ángel lo retiró del fuego con cuidado. Las brasas crepitaban y lanzaban chispas al ser movidas por su vara improvisada. El pez se veía perfectamente dorado y jugoso, la carne tierna y lista para ser disfrutada.
Ambos se sentaron alrededor de la fogata, el resplandor del fuego pintando sus rostros con tonos cálidos y reconfortantes. Ángel dividió el pez hábilmente con una afilada piedra que había encontrado entre las rocas. El interior de la criatura revelaba carne blanca y suculenta que hacía agua la boca incluso antes del primer bocado.
El primer trozo de pez que Ángel ofreció a William fue recibido con gratitud y apetito voraz. La carne era delicadamente ahumada, con un sabor fresco que recordaba al río y a la naturaleza circundante. Cada mordisco era una explosión de sabores, desde las hierbas aromáticas hasta el ahumado sutil del fuego de leña.
Los sonidos de la noche se mezclaban con sus murmuros de satisfacción mientras devoraban golosamente el festín. El viento susurraba entre los árboles, llevando consigo el aroma del río cercano y el crepitar del fuego que los mantenía cálidos y confortables en la fresca noche del valle.
Después de compartir la comida, ambos se recostaron frente a la fogata, satisfechos y llenos de energía renovada. Las estrellas brillaban sobre ellos en el cielo despejado, creando un paisaje celestial que parecía celebrar su logro de sobrevivir y prosperar.
"Angel" comenzó William, su voz llevando un tono de determinación. "He estado pensando en algo. La nave con la que tu abuelo llegó aquí está casi intacta. Creo que podría repararla."
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