El angel de la muerte y el hijo prodigo.

 Nuestros protagonistas se hallaban en un valle absolutamente oscuro, donde la luz del día no lograba penetrar la densa negrura que lo envolvía. A pesar de carecer de largas montañas o inclinaciones evidentes, la oscuridad parecía devorar cualquier rastro de luminosidad. El suelo era una mezcla de tierra húmeda y rocas que crujían bajo sus pies con cada paso, mientras un aire pesado y denso les envolvía, impregnado de un olor acre.


"William, ¿por qué está tan oscuro aquí?" preguntó Ángel, su voz reverberando en el silencio opresivo del valle.


William, observando el entorno con ojos entrecerrados, respondió: "Debe ser algún tipo de gas cuyas partículas acumulan la luz solar."

En medio de la oscuridad opresiva del valle, William y Ángel escucharon un terrorífico aleteo, seguido de unos ojos rojos y gigantes que los observaban desde las sombras. Antes de que cualquiera de los dos pudiera reaccionar o prepararse, fueron atacados por una horda de polillas gigantes que emergieron con ferocidad de la oscuridad circundante.


Ángel desenvainó su espada con rapidez, pero la criatura era ágil y sus movimientos erráticos dificultaban el golpe certero. Cada aleteo de la polilla resonaba como un trueno en el valle, enviando ráfagas de aire caliente y polvo por todas partes. William, en su forma monstruosa, luchaba con la misma desesperación, sus garras y dientes apenas lograban mantener a raya a las criaturas que los superaban en número.

Mientras la batalla se intensificaba, más polillas se unieron al ataque, rodeándolos con sus enormes cuerpos y alas polvorientas. Ángel luchaba con valentía, pero cada embestida de las polillas era un recordatorio cruel de lo vulnerables que estaban en aquel oscuro valle. William, viendo que la situación se volvía insostenible, tomó una decisión desesperada: agarró a Ángel con sus patas y se elevó en el aire con todas sus fuerzas, tratando de escapar de la vorágine de insectos que los perseguían implacablemente.


El viento silbaba en sus oídos mientras volaban a toda velocidad, pero las polillas, con su vuelo rápido y agresivo, no tardaron en cerrar la distancia entre ellos. William forzó sus alas escamosas al límite, buscando una salida, pero las criaturas aladas seguían ganando terreno. Cuando estaban a punto de alcanzar la seguridad del cielo abierto, las polillas se lanzaron con renovada furia, rozando las alas de William con sus patas peludas y amenazando con capturarlos.


Con el corazón latiendo con fuerza, William no tuvo más opción que cambiar de dirección abruptamente. En un movimiento arriesgado, descendió rápidamente y se adentró en una pequeña montaña cercana, buscando refugio en una cueva que apenas vislumbraba en la oscuridad.


El aire dentro de la cueva era fresco y húmedo, una bienvenida diferencia del ambiente sofocante y cargado del valle. El eco de las alas de las polillas se desvanecía lentamente a medida que se adentraban más en la oscuridad de la cueva. Ángel, recuperándose del frenético escape, miró a su alrededor con ojos todavía llenos de adrenalina, tratando de orientarse en la penumbra mientras sus sentidos se ajustaban a la nueva realidad.


William se posó con cuidado en el suelo de la cueva, asegurándose de que Ángel estuviera a salvo antes de tomar un respiro profundo. El silencio en la cueva era casi palpable, interrumpido solo por el leve goteo de agua desde alguna parte más profunda. Las sombras danzaban en las paredes de piedra, creando formas fantasmales que parecían moverse con vida propia.


"Estamos a salvo por ahora," dijo William, su voz resonando en el espacio cerrado de la cueva.


Ángel asintió, su mirada aún alerta mientras escuchaba cualquier indicio de las polillas fuera de la cueva. Ambos se quedaron allí por un momento, recuperando el aliento y planeando su siguiente movimiento en aquel valle oscuro y peligroso que habían decidido explorar.

En el interior oscuro y opresivo de la cueva, William y Ángel evaluaban rápidamente su situación. El eco de las alas de las polillas resonaba débilmente desde la entrada, pero ambos sabían que no tenían mucho tiempo antes de que las criaturas se recuperaran y los siguieran nuevamente. William miró a Ángel con seriedad.


"Las criaturas están demasiado cerca. Necesitamos aligerar la carga," dijo William, su voz grave resonando en la caverna.


Ángel asintió, sus ojos buscando una solución rápida. "Solo llevamos lo básico," respondió, preocupado.


"Aún así, tenemos que reducir más la carga," insistió William. "¿Todavía tienes algo de ese líquido para encender fuego?"


Ángel sacudió una bolsa y sacó una pequeña botella. "Sí, todavía tengo un poco."


Sin perder tiempo, Ángel envolvió rápidamente todo lo que pudo: comida, sacos con zorgon y otros suministros esenciales. Sin intenciones de recuperar sus espadas. William se preparó, listo para volar con la carga reducida, mientras Ángel trepaba a su espalda con habilidad.


Con un poderoso batir de alas, William se elevó desde el suelo de la cueva, sintiendo el peso aligerado. Las polillas, detectando la presencia de movimiento, comenzaron a moverse frenéticamente, sus alas zumbando en la oscuridad. Ángel, sosteniendo la botella de líquido inflamable, esperó el momento adecuado.


Cuando las criaturas estuvieron lo suficientemente cerca, Ángel dejó caer un poco del líquido y lo encendió rápidamente. Una llama brillante brotó en el suelo de la cueva, ardiendo con intensidad y emitiendo un calor que atrajo la atención inmediata de las polillas. Con un zumbido furioso, las criaturas volaron hacia la llama, envueltas en el resplandor naranja y las sombras danzantes que proyectaban en las paredes de la cueva.


William aprovechó la distracción, elevándose más rápido hacia la salida. Las polillas, hipnotizadas por el fuego y el calor repentino, se alejaron lo suficiente como para permitirles escapar. El aire fresco del valle se filtró gradualmente a través de la entrada de la cueva, ofreciendo un respiro bienvenido después de la claustrofobia de las profundidades.


Con un último esfuerzo, William y Ángel emergieron finalmente a la luz del día, el sol brillante y reconfortante sobre sus rostros. El valle, aunque todavía peligroso y misterioso, ofrecía al menos la promesa de libertad y seguridad relativa. Ambos respiraron profundamente, sintiendo el alivio de haber escapado de las garras de las polillas gigantes y la oscuridad implacable del interior de la montaña.


"Estamos fuera," murmuró Ángel, su voz mezclándose con el susurro del viento.


William asintió, compartiendo su alivio. "Sí, estamos fuera. Ahora, necesitamos seguir adelante."


Con esa determinación renovada, se dirigieron hacia adelante, listos para enfrentar los desafíos que el valle aún tenía reservados para ellos.

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