El angel de la muerte y el hijo prodigo, capitulo 4.

 Dentro de la casa, William y Ángel descansaban en una pequeña habitación. Ángel se levantó de su asiento con una agilidad felina. "Iré por splush," dijo de repente, su voz cortando el silencio cómodo que se había instalado.


William frunció el ceño, intrigado por el término desconocido. "¿Qué significa 'splush'?" preguntó, su curiosidad despertada.


"Es un líquido endulzante," respondió Ángel mientras se dirigía a una pequeña estantería donde guardaba sus provisiones. Sus movimientos eran precisos, casi ritualísticos, mientras tomaba una pequeña botella vacía y la colocaba en su bolsa de viaje.


William observó a Ángel prepararse y la pregunta surgió casi de manera automática. "¿A dónde vas para traerlo?"


"A las cavernas," contestó Ángel con una naturalidad que desconcertó a William. El joven levantó la mirada, capturando la expresión de sorpresa en el rostro de su compañero.


"Te acompañaré," decidió William, su tono firme.


Ángel dudó por un momento, sus ojos oscuros evaluando a William antes de asentir. "Está bien."

Una hora después:

nuestros protagonistas se hallaban en una serie de cavernas fuera del Valle Largo. La atmósfera en el interior era densa y sofocante, con un aire frío que se mezclaba con un olor terroso y metálico. 

"¿Dónde se encuentra el splush?" preguntó William, su voz resonando ligeramente en el eco de la caverna.


"Se está acercando," respondió Ángel, con una calma inquietante.


William exclamó, "¡Eso es absurdo!" La incredulidad era evidente en su voz. Antes de que pudiera decir más, Ángel levantó una mano para indicarle que guardara silencio. 


"Shh, guarda silencio," susurró Ángel, sus ojos oscuros escudriñando las sombras más profundas de la caverna.


De repente, el silencio fue roto por un zumbido agudo y amenazante. De la nada, una abeja gigante emergió de la oscuridad, lanzándose directamente hacia Ángel. Sus alas transparentes batían con una velocidad increíble, creando una ráfaga de aire que esparcía polvo y pequeñas piedras por toda la caverna.


Ángel, con la precisión de un guerrero experimentado, desenvainó su poderosa espada y se preparó para el combate. La hoja reflejaba la luz de la antorcha mientras trazaba arcos brillantes en el aire. El sonido del metal chocando contra el exoesqueleto de la abeja resonaba en el espacio cerrado, creando una cacofonía ensordecedora. Cada golpe era calculado, apuntando a los puntos débiles de la criatura. La abeja atacaba ferozmente, sus mandíbulas chasqueando y sus aguijones brillando con veneno mortal.


William observaba con asombro y un creciente sentido de urgencia. "Debí imaginarlo," murmuró, su mente procesando la situación de manera frenética. En ese mismo instante, otra abeja gigante apareció de la oscuridad y se lanzó directamente hacia él. El zumbido era ensordecedor, una señal clara de peligro inminente.


Antes de que pudiera reaccionar del todo, William sintió una oleada de energía recorrer su cuerpo. Contra todo pronóstico, comenzó a transformarse. Su piel se cubrió de un espeso pelaje oscuro, su rostro se alargó en un hocico largo y afilado, y sus manos se transformaron en garras poderosas. Un par de alas membranosas emergieron de su espalda, batiendo con fuerza mientras sus ojos se volvían de un rojo intenso y su espalda se recubría de escamas duras y brillantes.


El proceso fue rápido y doloroso, pero también liberador. William soltó un rugido profundo y resonante, su voz ahora más animal que humana. Se lanzó hacia la abeja con una ferocidad renovada, sus garras cortando el aire con una precisión letal. La abeja intentó clavar su aguijón, pero William, ahora un ser de fuerza y agilidad sobrehumanas, esquivó el ataque y contraatacó con una furia implacable.


El sonido de la lucha llenaba la caverna, el choque de garras contra exoesqueleto, los gruñidos y zumbidos.

Ángel, aún enfrascado en su propia batalla, no pudo evitar lanzar una mirada de asombro hacia William. La transformación había sido inesperada, pero claramente estaba a su favor. Ambos luchaban codo a codo contra las abejas gigantes, cada uno con sus propias habilidades únicas y letales.


Finalmente, con un esfuerzo conjunto, lograron abatir a las criaturas. El eco de la batalla se desvaneció lentamente, dejando solo el sonido de sus respiraciones pesadas y el goteo constante del agua en la caverna. William, aún en su forma bestial, se volvió hacia Ángel, sus ojos rojos brillando con una inteligencia feroz.

Con un brillo peligroso en los ojos, Ángel levantó su espada, apuntando directamente hacia William, quien seguía en su forma transformada. “Voy a matarte, criatura,” dijo Ángel, asumiendo que era otro insecto gigante.


“No, espera, soy yo,” exclamó William, su voz aún ronca y más grave de lo habitual, pero inconfundiblemente humana.


Ángel frunció el ceño, confusión y desconfianza en su rostro. “Te has comido a mi amigo,” declaró, su voz firme y fría. “Voy a sacarlo desde adentro.”


“No, Ángel, yo me transformé en esto,” explicó William rápidamente, sus ojos rojos brillando con urgencia.


Ángel lo miró fijamente, su expresión indecisa. “Eres un monstruo,” insistió, su voz teñida de repulsión. “Mira quién lo dice, el chico cavernícola que mata insectos gigantes,” replicó William, tratando de razonar con él mientras mantenía una postura defensiva.


Hubo un momento de tensa quietud. William miró a su alrededor, observando el caos que los rodeaba: las abejas gigantes muertas, las paredes manchadas de sangre y el aire pesado con el olor metálico de la batalla. “No está tan mal esta transformación,” comentó, intentando aliviar la tensión. Sentía el poder aún fluyendo en su cuerpo, sus músculos tensos y llenos de energía.


“Horrible, horrible,” murmuró Ángel, sin apartar la vista de William. Sus ojos reflejaban asco y miedo, una mezcla que William no había visto antes en el joven guerrero.


Poco a poco, William comenzó a sentir cómo la energía se disipaba. Sus garras se encogieron, las escamas en su espalda desaparecieron, y su hocico se acortó. El dolor de la transformación inversa era intenso, como si cada célula de su cuerpo se estuviera reajustando. Emitió un gruñido ahogado, sus rodillas cediendo ante la presión mientras volvía a su forma humana.

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